La niña mimada

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Fotografía: Sergio Rosales Medina

«Por aquel entonces la muerte sólo se llevaba a los viejos.

Había tanta tranquilidad que los jóvenes alcanzaban la sabiduría a una edad muy temprana, pues desde muy pequeños se iniciaban en el arte de descubrir el mundo, ajenos a cualquier tipo de temor.

Las madres dejaban que sus bebés gateasen por las calles, que se sumergiesen en los lagos y en los ríos, e incluso que danzasen dentro de las hogueras.

Cada vez que algún niño o algún joven era atropellado por una carretilla, o tropezaba y caía por un despeñadero, o se tiraba por una ventana para experimentar el roce de la piedra contra su cuerpo, simplemente se levantaba, guardaba algo de reposo y continuaba su vida como si nada.

Eso sí, en aquel entonces, cuando la muerte sólo se llevaba a los viejos, el dolor que padecían los vivos, que no significaba un aviso de enfermedad ni de peligro, sino una experiencia más que gozar con plenitud, llegaba a límites insufribles. Los ancianos decían que por eso y no por otra cosa existían jóvenes sabios.

Algunos, los más débiles, se perdían entre una marabunta de hombres y mujeres que deambulaban por las calles sumidos en su propio mundo. Escupían improperios, gritaban de madrugada, o giraban en círculos sin parar hasta que caían rendidos.

Algunos se lanzaban una y otra vez desde acantilados, barrancos y puentes, en vanos intentos de suicidio que se desvanecían en el mismo momento en que los huesos estallaban contra el suelo, dejando en el alma sólo una ración más de dolor.

La muerte, solitaria y aburrida, pasaba una vez al mes por las aldeas a recoger a los que se iban haciendo abuelos —éste era el requisito para acompañarla, haber visto crecer a dos generaciones— y como la elección se echaba a suertes y nadie podía padecer ningún tipo de enfermedad, ocurrían cosas realmente curiosas. Algunas familias de padres prematuros veían morir a hombres de cuarenta años, mientras que otras convivían con abuelos de ciento cuarenta. Había incluso quienes renunciaban a tener hijos sólo para vivir eternamente, y muchos de ellos terminaban formando parte de la masa de dementes que inundaba las calles.

Había quien afirmaba que la muerte sentía predilección por los progenitores de familia numerosa, pues seguía guardándole rencor al nacimiento, con el que convivió algunos años, mucho tiempo atrás, cuando aún el mundo no estaba construido.

Había quien aseguraba que, después de que la muerte y el nacimiento se separasen, cada uno le hacía la existencia imposible al otro. Así que la muerte, para vengarse, se ensañaba con quienes habían traído muchos niños al mundo y amañaba los resultados de sus rifas para que todas las semanas al menos un progenitor de las doce o trece grandes familias que poblaban cada comunidad cayese entre sus brazos.

Cuando no tocaba rifa, la muerte pasaba los días sentada en su trono de calaveras, meditando, encerrada en el castillo de osamentas que mandó levantar cuando se divorció del nacimiento.

Así de apacible seguiría viviendo hoy la muerte si no llega a interponerse en todo este asunto ese temible sentimiento que siempre echa por tierra cualquier proyecto de prosperidad: el amor.

Concretamente el amor que le profesaba Zoila, la madre biológica de nuestra protagonista, a su abuelo Marno.

Los padres de Zoila habían caído en la demencia cuando la pequeña apenas tenía cuatro años de edad, desde entonces sus abuelos se encargaron de cuidarla y enseñarle.

La muerte, por rifa, esta vez limpia como una patena, se llevó a Nara, la abuela de Zoila, dos años después de que los padres se entregasen a la locura, y desde entonces la niña, que ahora estaba a punto de cumplir los catorce años, dependía de su abuelo, al que amaba y veneraba por encima de todas las cosas.

Una noche de luna rabiosa e incandescente, la muerte irrumpió en la casa de Zoila y se puso a pasear frente a la mecedora del abuelo.

—Ven conmigo, viejo —susurró—, ha llegado tu hora.

Marno entreabrió los ojos y se incorporó muy lentamente.

—Mañana es el cumpleaños de mi nieta —arguyó—, no tiene a nadie más en el mundo y no quiero que lo celebre sola, ¿no puedes esperar un día más?

—¡Vamos a ver, viejo! —exclamó la muerte. Y antes de que siguiese hablando, Marno le hizo una señal para que bajase el volumen de la voz, pues Zoila se encontraba durmiendo—. Esto no es una democracia y ya ves lo que me importa que cumpla años tu nieta.

—Únicamente te estaba haciendo una sugerencia —repuso el anciano— pero si no queda otro remedio hoy mismo me voy contigo. Déjame quince minutos que piense un poco en mi vida… y en paz.

—Pensar… pensar… pensar, estos humanos… siempre lo tienen que dejar todo para el último momento.

Marno cruzó los brazos y suspiró. Luego puso una mano sobre la barbilla y se quedó mirando a la muerte, fijamente, con unos ojos serenos y azules como el primer océano que se formó en la tierra.

—¿Qué miras?— inquirió la dama de negro.

—Estaba pensando… —comenzó a decir el viejo acariciándose la barbilla—, ¿has visto los locos que abarrotan las calles? Ellos no cuidan de nadie y nadie les echará en falta, y la mayoría desea que te los lleves. Todos están tan acostumbrados al dolor, que ni se detienen a reposar las heridas que se infligen a sí mismos.

La muerte esbozó una sonrisa sarcástica.

—¿Tengo yo pinta de ser justa? Además, no he venido aquí a charlar contigo.

—Sólo te estaba dando una idea.

—Ideas… sugerencias… Si quisiese algo de eso habría puesto un buzón. ¡Venga! ¡Andando! ¡No hay más que hablar!

—Espera, ya te he dicho que necesito unos momentos para pensar en mi vida.

—¡Pues, hala! Calladito y a lo tuyo, y no me vengas con más chorradas, si no, te mando a pensar al infierno.

Zoila, alertada por las voces que venían del salón, abrió los ojos y se levantó de la cama.

Anduvo en siliencio por el pasillo. Se preguntaba con quién podría estar charlando su abuelo a las tres de la mañana.

Por fin, asomó la cabeza por la puerta del salón y descubrió a Marno cabizbajo, meditabundo, y a un ser desconocido que, vestido de negro y sosteniendo una guadaña con la mano izquierda, lo observaba en silencio.

—¿Qué ocurre aquí? —preguntó desde la puerta.

—¡Lo que faltaba! —exclamó la muerte.

El abuelo y la dama de negro se sentaron en el sillón. Explicaron a Zoila, con toda la paciencia que permitía el momento, que la vida era incertidumbre y que tarde o temprano, por una cuestión más física que metafísica, debía llegar a su fin, y que en aquel caso, después de un sorteo honesto, era su abuelo uno de los elegidos para abandonar el mundo.

Zoila lloró.

—No es justo —le reprochó a la muerte—, mi abuelo es lo único que me queda.

La muerte, cansada ya de los lamentos humanos, se tapó los oídos y se levantó del sillón.

—¡Arreglen ustedes sus miserias! —exclamó—. ¡Yo ya no puedo hacer más! ¡Madre mía! ¡Van a conseguir sacarme de quicio!

Zoila se arrastró hasta los pies de la casi impasible señora de la guadaña. Besó sus sandalias y tiró con ternura de su toga lúgubre.

—No te lleves a mi abuelo —suplicó—. Por favor, no te lo lleves. Si eres misericordiosa y lo dejas a mi lado, haré lo que quieras, te lo juro.

Era la primera vez que la muerte vivía una situación semejante. Nunca antes había tenido tantos problemas a la hora de arrastrar a un viejo a la tumba, y sobre todo, nunca antes había escudriñado, con tanta determinación, la inocencia y la avidez que se entremezclan en las pupilas de una niña. Nunca. Y aquella experiencia, fabulosa, casi mágica, la volvió eufórica.

—¡Dios Santo! ¡Es terrible! —exclamó—. ¿Cómo puedes pensar que quiero algo de ti? ¿Cómo osas imaginar que eres capaz que ofrecerme algo que yo no tenga?

—No tienes compañía —espetó Zoila con voz fría y pausada—. Y si me devuelves a mi abuelo yo podré dártela.

—¿Compañía? —inquirió la muerte rabiosa—. ¿Qué es eso?

—Es lo que sientes mientras me miras —dijo la muchacha—; es saberte importante porque alguien te admira, te necesita, te siente. Es saberte única, es morar por el mundo con la certeza de que hagas lo que hagas, seas lo que seas, mientras la otra persona exista, siempre tendrás un hueco imprescindible en el mundo.

La muerte, inexplicablemente y por primera y única vez, se quedó sin palabras.

—Está bien —dijo por fin—. ¿Qué pretendes con todo esto? Todo cuanto toco deja de existir, todos los que me acompañan se convierten en polvo, ¿quién me va a dar esa compañía de la que hablas, tú? No me hagas reír.

Zoila sonrió con timidez.

—Yo no. Mi hija, la niña que conciba en mi vientre será tu compañera.

—Estamos en las mismas, niña del demonio —repuso la muerte.

Zoila negó con la cabeza.

—Troya, la hechicera, hará que esa niña pueda acompañarte, la convertirá en inmortal a tus abrazos. Te lo juro.

—¿Quién es esa hechicera?

La muerte jamás había oído hablar de Troya.

Troya fue una joven ambiciosa que se negó a bailar sobre las cuerdas de la incertidumbre.

Hija de un hortelano y una costurera, un buen día hizo uso de las herramientas de sus padres para arrancar de su vientre todo aquello que pudiese engendrar vida. Después naufragó en la locura, como la mayoría de los hombres que amañaron sus destinos para ser inmortales, y vagó por los bosques a lo largo de cientos de años.

Nadie sabe qué ocurrió durante aquel tiempo y ningún cuerdo puede dar testimonio directo de ello, pero lo cierto es que se dice que Troya regresó de los bosques con un ojo vacío, toda la sabiduría del mundo de los locos, la capacidad de comunicar del de los cuerdos y un halcón negro sobre el hombro que jamás la abandonaría.

—La única manera de que esta niña sea tuya y viva por toda la eternidad es engañar al nacimiento —afirmó la hechicera.

Zoila y la muerte se miraron recelosas.

La hechicera rebuscó entre sus sucias estanterías y extrajo por fin un frasco de cristal de gran tamaño, otro frasco más pequeño y un paquete de yerbas.

Luego desplegó una camilla e invitó a Zoila a que se tumbase en ella.

—Ahora te sacaré el vientre y lo meteré en este frasco —sentenció.

Zoila lanzó sus ojos hacia la mirada fría y comatosa de la muerte, como si ésta no fuese tristeza y olvido, sino un lugar donde perderse para ignorar el ardor de la incertidumbre.

—No la mires a ella —adujo la hechicera—, mírame a mí. Si quieres que tu abuelo siga estando en este mundo tienes que acometer todas las instrucciones que yo te diga, ¿entendido?

Zoila asintió en silencio.

—Andarás sin estómago por el pueblo y buscarás un hombre sano, fuerte y honrado. Después de tres lunas lo amarás, como si deseases amarlo por encima de todas las cosas, y guardarás en este frasco pequeño los restos de sus ansias. Luego añade un puñado de yerbas. Tráelo todo aquí cuando termines.

Zoila volvió a asentir en silencio.

Miró a la muerte, como esperando una aprobación o algún tipo de consuelo.

—A mí no me mires así —contestó la muerte—. Yo estaré vigilando a tu abuelo de cerca, no vaya a ser que al final tenga que llevármelo.

Los días siguientes, mientras la muerte caminaba pegada a las espaldas del viejo, Zoila recorrió sin descanso y sin estómago las calles del pueblo que la vio crecer y venderse después, con catorce años de edad, a la muerte, a cambio de un trozo más de vida.

¡Busco un hombre honrado, sano y fuerte que me quiera! —gritaba—. ¡Es lo único que deseo en esta vida!

Los aldeanos, desconcertados, la observaban como si estuviesen estudiando a una loca. “Una loca más” —pensaban—, “pero está deseando sobrevivir a dos generaciones para poder descansar en paz”.

Un buen día como cualquier otro, de esos tantos que prometen ninguna novedad a cambio de un ventajoso cielo despejado, apareció sin previo aviso su hombre; relativamente honrado, sano y fuerte y con cierto amor que ofrecer.

—Si me prometes un plato de comida diario y cuidados para mi pequeña hermana huérfana, yo seré quien quieras que sea —sentenció el joven de piel aceituna y ojos silvestres.

Zoila dejó escapar las palabras entre un revuelo de lágrimas calladas y emociones ya corrompidas.

—Te daré lo que pidas —contestó—. Tú sólo hazme madre.

Matusán, quien se convertiría en esposo de Zoila y  padre de nuestra protagonista, era un muchacho apuesto y diestro en el arte de ganarse la vida. Se había quedado huérfano por asuntos de la locura y desde los doce años tuvo que cargar con su hermana pequeña, Felisa, una niña consentida de dorados cabellos rizados y mirada arrogante.

Tan pronto Zoila y su pretendiente zanjaron el trato, la pareja y la hermana huérfana fueron a vivir a la casa de Marno.

La misma noche en que los cuatro constituyeron la nueva familia, la muerte dio fe de su irrevocable presencia.

—Ya me estoy cansando de tanta ceremonia —adujo la Dama con tono amenazante—. Si no me dais una niña en nueve meses, la vida de Marno pasará a formar parte de la historia.

A los jóvenes no les quedó otro remedio que pasar toda la noche con los cuerpos entrelazados. Así se mantuvieron durante tres lunas seguidas.

Tan pronto se escondió entre los destellos de la mañana la tercera luna, Zoila se presentó en la puerta de Troya, la hechicera, calentando entre las manos un pequeño frasco de cristal, en donde brillaban la pasión y el desaliento a partes iguales.

—Aquí tienes lo prometido —dijo—. Los restos del amor aderezados con un puñado de yerbas.

La hechicera, satisfecha, esbozó una esmerada sonrisa.

Nueve meses después, Zoila, Marno, Matusán, la muerte y la misma Troya, se juntaron alrededor de un frasco de cristal. Allí flotaba toda la incertidumbre y la ternura que pueden emerger de los ojos cerrados de un bebé no nacido.

—El nacimiento no va a asistir este parto —canturreó la hechicera a la luz de unas velas largas de cera carmesí—. Saca tú, muerte, a esta criatura de su encierro y mécela entre tus brazos.

Zoila, acongojada, quiso contemplar la primera mirada de su niña, el fruto de su amor y su osadía.

Se entremezclaron en un mejunje que ardía en la garganta, la devoción que sentía por su abuelo y el primer impulso de posesión que había experimentado en su corta vida.

Allí mismo, frente al lecho mortuorio de la gran dama y los ojos negrísimos que se abrieron hacia la calavera, supo que todas las lágrimas las lloraría en vano.

—Mía, eres mía —susurró la muerte— y mía me acompañarás hasta el fin de los tiempos.

Durante varios meses, o ninguno, pues el tiempo y la muerte jamás acercaron cuentas, la dama de negro amamantó a su niña mimada de desesperanza y soledad, y paseó su cuerpo tierno por cada recoveco de aquel castillo de osamentas en el que peleaban cuerpo a cuerpo la sed del recuerdo y los vómitos del olvido.

Un buen día,  la muerte explicó a la niña el porqué de sus existencias.

—Todo lo que ha empezado ha de luchar por perdurar. Nosotras sentenciamos el destino de los acabados —afirmó la muerte con voz oscura y metálica—. Hoy me acompañarás y juntas nos llevaremos los vestigios de la derrota.

—¿Todos tienen que morir? —preguntó la pequeña, de cabellos duros y enredados y ojos infinitos.

—Todos no —contestó la muerte—. Sólo los viejos.

—¿Quiénes son los viejos? —volvió a preguntar la niña.

—Los que han sobrevivido a dos generaciones.

—¿Y por qué?

—¿Por qué, qué?

—¿Por qué esos son los viejos y no otros?

—Porque así se ha decidido.

—¿Quién lo ha decidido?

—La conciencia universal.

—¿Y qué es eso?

—Es lo que pone orden al mundo.

—¿Y por qué?

—Por que el mundo por sí mismo tiende al caos.

—¿Y qué es el caos?

—La ausencia de todo orden y toda lógica.

—¿Y eso es malo?

La muerte se acarició la huesuda barbilla y quedó sumergida en los ojos buscadores de su niña mimada.

—Tenemos que llevarnos a los viejos, eso es lo que tienes que saber —sentenció con tono implacable.

La niña se revolvió entre sus negros atuendos, cruzó los brazos y escondió el rostro.

—Pero ¿por qué?

La muerte alargó sus brazos.

—Acompáñame y lo verás —concluyó.

La niña negó con la cabeza, pero ya estaba todo decidido.

Lo que la gran dama ignoraba era que aquella iba a ser la peor jornada laboral de su existencia.

“¿Por qué éste y no aquél?, preguntaba la niña con insistencia. “Porque a éste le ha tocado y al otro no”, contestaba la muerte. “¿Y por qué no nos llevamos a los dos?”, reponía la pequeña. “Porque hay una rifa”, respondía la dama. “¿Y por qué hay una rifa?”. “Porque no nos los podemos llevar a todos”. “¿Por qué?”.

Al terminar su ronda, la muerte dejó a la niña en el castillo de osamentas y corrió a buscar paciencia en la primera taberna que encontró por el camino.

—¿No les decía yo que el hígado terminaría por darme problemas? —comentó un hombre que apenas se tenía en pie y que vislumbró dos muertes en vez de una.

—¡Calla, desgraciado!, tu hígado está tan bien como el del resto. He venido a pedir un trago, eso es todo.

—¿Y a qué debemos tu fatal presencia? —preguntó el tabernero.

La muerte puso los ojos en blanco y apretó los nudosos y fríos dedos contra las palmas.

—Tengo una niña que no hace más que preguntar y ya no sé qué decir para que calle y me está volviendo loca y… ¡Madre santa! ¡No aguanto más!

—Eso es que está en la etapa del “por qué” —explicó el tabernero—, ya se le pasará.

—¿Cuándo se le pasará? —inquirió la dama con voz temblorosa.

—¿Qué sé yo? A los cinco años, seis, no sé…, depende del crío.

La muerte, que jamás supo qué entresijos se traía entre manos el tiempo, intentó contar con los dedos. Entonces le sobrevino el primer sentimiento que tuvo y el único que podría albergar hasta el fin de los días: la angustia.

—¡Ponme otra copa! ¡Rápido!

—No te asustes, mujer —adujo el tabernero mientras limpiaba un vaso—. El tiempo pasa más rápido de lo que crees.

Pero al girarse, sólo encontró un asiento vacío frente a una copa sin acabar.

Aquella noche la muerte decidió que no respondería a más preguntas y que atajaría todas las dudas de su criatura, su eterna acompañante, su niña mimada, de la única manera que ella conocía y jamás conocerá: el súbito final de toda existencia.

“¿Por qué éste y no aquél?”. Y la muerte eliminó a ambos.

“¿Por qué son viejos sólo los que sobreviven a dos generaciones?”. Y la muerte empezó a llevarse por delante a todo aquel que hubiese visto nacer a un sólo vástago.

“¿Por qué estos no son viejos?”, preguntaba la niña señalando a la turba de locos. “Si han nacido, han crecido, han pensado y han enloquecido… ¿por qué no son viejos?”.

La muerte, desesperada, ordenó una cena en el castillo de osamentas. Allí se reunirían ella misma, la niña de los demonios y la conciencia universal.

—Tengo entendido que últimamente trabajas más de lo habitual —empezó la conciencia universal—. ¿Quién te ha dado permiso para ello?

—Ahora somos dos en lugar de una —respondió la muerte señalando a la niña.

La conciencia universal no pudo evitar sumergirse en los ojos infinitos, crueles e inocentes de la niña mimada de la muerte.

—Es un encanto —espetó—, pero eso no soluciona el problema.

—Ella no entiende el concepto de vejez —explicó la muerte. De nuevo señaló a la niña, ahora rozando su suave y huesudo mentón con los dedos.

—¿Qué no entiendes, pequeña? —inquirió con dulzura la conciencia universal.

—No entiendo que sean viejos sólo los que han sobrevivido a dos generaciones.

—Bueno —repuso la conciencia universal, sin cambiar el tono de su voz—, ahora os lleváis también a los que sólo han sobrevivido a una.

—Tampoco entiendo que sean viejos ellos y no los otros.

—¿Quiénes son los otros?

—Los que jamás han tenido hijos.

La conciencia universal irguió el busto y frunció el ceño. La niña, por su parte, carraspeó, levantó la cabeza y el volumen de sus palabras y continuó el discurso.

—Ellos han nacido, han visto mundo, han pensado, ¿por qué no son viejos? ¿Es viejo quien ha vivido lo que otros creen suficiente o lo es quien piensa haberlo visto y sentido todo? ¿Es viejo el sabio o el que ya no quiere aprender más? ¿Es viejo quien acumula arrugas y huesos que chirrían? ¿Acaso no lo son también los que ya no se ven el alma por cuantos surcos la cruzan? ¿Quién es viejo y quién no? ¿Puedes decírmelo tú? ¿Eres lo bastante vieja como para decirme quién lo es y quién no?

—¡Basta! ¡Maldita sea! ¿Es que quieres volverme loca? —exclamó la conciencia universal. Acto seguido se levantó de la mesa y se giró hacia la muerte, colocando entre las dos cuencas vacías su trémulo dedo acusador.

—¿De dónde diablos has sacado a esta criatura?

—Es mi compañera, mi compañera eterna —contestó la muerte.

—Pues si es así, te harás tú cargo de sus caprichos. Para siempre. ¿No quiere que no os llevéis sólo a los viejos? Pues desde ahora tendréis trabajo para hartaros, y te puedo asegurar que cuando terminéis cada ronda a ninguna de las dos le va a dar por filosofar ni por tocarme más las narices. ¿Una vez al mes? ¿Qué es eso? Desde ahora trabajaréis todos los días, ¡todos! A ver si le quedan ganas a esta enana de hacer preguntas absurdas. Y nada de rifas, desde ahora quien se risque se fastidia, e ídem para los atropellados y los que pasen demasiado tiempo dentro del agua o del fuego. ¡Ah! y voy a crear enfermedades hasta que me canse y vosotras iréis como perros detrás de ellas. ¿No queríais democracia y muerte para todos? ¡Pues, hala! Y esto no ha acabado, como volváis a requerir mi presencia para alguna bobada semejante, veréis lo que es bueno.

A la niña le brillaron los ojos y una sonrisa de sedienta euforia brotó de sus finos y resecos labios. La muerte, con un gesto melancólico, se detuvo un momento a contemplar el rostro feliz de su niña mimada. Se preguntó si todo aquel enredo valía la pena sólo por complacer a su eterna compañera, a su niña. Un suspiro de madre enamorada, y en el fondo orgullosa, fue todo lo que obtuvo por respuesta.

A partir de entonces el castillo de osamentas empezó a llenarse de polvo. Por cada uno de sus rincones se acumularon los silencios y las ausencias. El suntuoso trono de calaveras se vació por completo de palabras pensadas. Ya nadie meditaría sobre sus huesos milenarios, nunca jamás.

Los humanos, incapaces de asumir de un golpe las nuevas circunstancias, empezaron a adoptar comportamientos de lo más extraños. Muchos de los locos suicidas, al ver a la muerte rondando sus espaldas, se volvieron cuerdos repentinamente y dejaron de tirarse de barrancos y acantilados, de girar y girar hasta caer rendidos y de gritar por las calles de madrugada.

Algunos de ellos, reacios a abandonar la idea del suicidio, pero incapaces de practicarla en sus propias carnes, quisieron probar la experiencia de matar al prójimo, lo que dio lugar a dos clases de nuevos cuerdos: los que se recluían en sus casas o se suicidaban después del crimen y los que se agrupaban en manadas para continuar matando. Estos últimos, en un primer lugar llamados “vándalos”, empezaron asesinando y torturando sin ninguna justificación, sólo por el hecho de experimentar el placer de saberse dioses de otras vidas. Sin embargo, por aquello de la ética, terminaron estableciendo un listado de criterios escritos que sentenciaban quién debía morir y quién no, y pasaron a autodenominarse “comités”.

Los nuevos cuerdos que no quisieron inmiscuirse en los asuntos de la muerte, sino más bien evitarla de todas las maneras posibles, regresaron con sus familias, como si no se acordasen de haberlas abandonado en una vida anterior.

Zoila volvió a tener padres de la noche a la mañana y Marno volvió a tener hijos. Matusán y la hermana huérfana también se reencontraron con sus familiares locos, cosa que no gustó nada a la pequeña de rizos dorados y mirada arrogante, pues ya se había acostumbrado a tiranizar a su otra familia.

Se decidió que los recién llegados del mundo de los locos debían adaptarse al modo de vida que habían dispuesto los que siempre fueron cuerdos. Así que Zoila y Matusán, con ayuda de Marno y Felisa, ampliaron la casa para que allí cupieran los padres de ambos. Esta operación finalmente no resultó nada provechosa, pues apenas un mes más tarde murieron todos a causa de una epidemia de gripe.

La muerte y su niña, una convertida en burócrata, casi satisfecha de que su existencia se limitase a adorar a su eterna acompañante, sin tener que actuar de mediadora en los asuntos de los vivos, la otra, sedienta de destrucción, recogieron los cuerpos sin mirar sus rostros ni tener la más mínima intención de recordar sus nombres. Y lo mismo ocurrió semanas después con la hechicera. Eso sí, el fenecimiento de Troya no fue fruto de la gripe, sino de un comité que salió a buscarla al grito de “Bruja”.

Por su lado la suerte, que acostumbraba a andar ociosa por los países exóticos del mundo, fue llamada al trabajo por la conciencia universal. Y como jamás supo qué era aquello de la responsabilidad y la disciplina, empezaron a ocurrir cosas extrañas: algunos hombres caían de un acantilado accidentalmente y quedaban enganchados en una rama, después regresaban a sus casas y se salvaban de una epidemia de sarampión y más tarde se veían envueltos en una trifulca y salían completamente ilesos. Mientras que otros iban un momento a comprar el pan, resbalaban, se daban en la cabeza y morían en el acto.

Eso sí, como la suerte, y no la muerte, se convirtió en uno de los motores más eficaces y a la vez incomprensibles de la vida, los humanos comenzaron a inventarse rezos extraños para invocarla, amuletos mágicos y danzas rituales que hacían las veces de secuencias cómicas para la sempiterna mirada de la conciencia universal, que de tanto reír rejuveneció varios milenios.

La suerte al principio no comprendía lo que sucedía en torno a sus decisiones, pero pronto entró en razón y no tardó en alegrarse por su nueva condición de diosa, así como tampoco tardó en recompensar a los que más devoción le mostraban.

Con la nueva situación de los humanos, todos los servidores del universo parecían estar más ocupados y satisfechos que nunca, salvo la lógica, que desde tiempos ancestrales había sido la mano derecha de la conciencia universal y ahora estaba relegada a un segundo plano.

Sin más que hacer que contemplar cómo el caos no necesitaba de su orden para prosperar, la lógica pasaba los días en un club de carretera, inflando su extenuado ego con licores de alta graduación.

Y allí fue, en un club de carretera, donde se encontró por casualidad con el nacimiento.

—Eso no es sano —dijo el nacimiento mientras echaba un vistazo a la copa vacía.

—¡Déjame en paz!

—¿Sabes que ahora los hombres pueden morir por excederse con eso que bebes? Con tanto cambio no me extrañaría que pronto también nos sucediese a nosotros.

—¡Qué va! ¡No sabes lo que dices! Todo esto no es cosa de la conciencia universal. En realidad, la verdadera responsable es tu queridísima ex mujer. Así que para los que no estemos sujetos a la bendita muerte, ¡a beber que son dos eternidades!

—Ya sabes el aprecio que le tengo a mi querida ex compañera, ¿pero qué diablos tiene que ver ella en todo esto?

—¿No lo sabías?

—¿Saber qué?

—Lo de la niña.

El nacimiento abrió la boca enorme con forma de vagina que tenía colocada bajo los ojos, cruzó los brazos y arqueó las cejas, en un gesto que cabalgaba entre la indignación y la sorpresa.

Algunas horas más tarde, después de que la lógica le relatase todo lo que tendría que haber sabido hace mucho tiempo pero que nadie se atrevió a contarle, el nacimiento tocaba con rabia los portones del castillo de osamentas.

—¿Quién anda ahí? —inquirió la muerte—. No tengo tiempo para chácharas, ahora mismo debo salir a trabajar.

—La putrefacción puede esperar, querida —escupió el nacimiento entre dientes—. Ahora usted y yo debemos charlar sobre un asunto muy serio.

En el salón del castillo de osamentas, mientras la niña los observaba en silencio, la muerte y su ex marido se ensalzaron en una de las tantas discusiones que demostraban que alguna vez fueron pareja.

—Pero cómo pudo ocurrírsete esconderme el nacimiento de una niña ¡Esa niña es mía! ¡Si no crece y es inmortal es mía!

—¡Crece en conocimientos, así que técnicamente hablando sí crece! Y ya que tocamos conceptos técnicos, ¡no nació! ¡La saqué de un frasco de cristal!

—¿Me vas a decir que no tiene padres humanos?

—No exactamente.

—Tiene padres humanos, o animales o lo que sea, si no, no sería una niña, ¡y todo ser vivo que sea engendrado por otro ha de pasar por mi supervisión!

—Tu supervisión…, tu supervisión… ¡Tú me la habrías quitado!

—¡Pues si te la hubiese quitado es precisamente porque no puedes tenerla! ¡Maldita sea! ¡Mira el caos que habéis montado!

—El caos se está rigiendo por sí mismo y todos estamos más ocupados que nunca y más felices, y lo sabes. Incluso tú. ¿No ves que ahora los mortales no temen tener descendencia?

La niña se incorporó con cautela de su sillita de huesos y caminó hasta la pareja.

—Papá, mamá, tengo hambre de muerte —dijo con una voz muy melosa mientras tiraba de la toga blanca del nacimiento.

El nacimiento abrió mucho los ojos. Sintió cómo su boca en forma de vagina se le derretía por la cara.

—Me ha llamado papá —susurró—. ¿Has oído? Me ha llamado papá.

—Sí, últimamente no rige mucho —contestó la muerte—, es el estrés.

Pero ya nadie estaba escuchando sus palabras.

El nacimiento se había perdido en los ojos infinitos de la pequeña. De su rostro sereno emergió una sonrisa, parecida a la de un adolescente después de dar su primer beso.

—Es un encanto —musitó—. Yo también quiero tenerla de vez en cuando.

—¿Compartir su custodia? —inquirió la muerte—. ¡Ni hablar! Además, ¿no te das cuenta? Matará todo lo que toque. A ti no te hará más que daño.

Nadie sabe en qué terminó la discusión ni cómo se las arregló la pareja en lo sucesivo. Pero lo cierto es que desde entonces empezaron a morir niños apenas cumplidas sus primeras horas de vida, niños al nacer, y niños en el vientre de sus madres.

Algunos dicen que fue cosa de la conciencia universal para terminar de ordenar el caos al que mal llamamos mundo, pero yo estoy convencida de que tras la muerte de cada bebé está la sonrisa cruel de la niña mimada.

En fin, sea lo que sea, el mensaje está claro, ¿no?».

La abuela cerró el libro, abrió mucho los ojos y acercó su rostro blanco y ajado a los labios de su nieta.

Luego sonrió y dijo: “Así que deja ya de darme la lata a la hora de dormir con que si me voy a morir o no me voy a morir. A estas alturas del cuento ya debes saber que todos tenemos las mismas posibilidades de irnos al carajo”.

La nieta subió las sábanas hasta dejar sólo al descubierto su encharcada y dilatada mirada.

—Qué quieres que te diga —continuó la abuela—, deberías preocuparte más por ese hermanito que pediste las navidades pasadas. Últimamente, cuando me desvelo de madrugada, veo a una sombra de tu altura, algo más pequeña quizá, con una toga negra que arrastra por los pasillos, quedarse de pie frente a la habitación de tus padres”.

La nieta lloró una lágrima silenciosa. Apretó las sábanas entre los dedos, al tiempo que sentía cómo una corriente helada iba paralizando todo su cuerpecito.

—Pero basta ya —concluyó la abuela—. A dormir, que se está haciendo tarde.

Dicho esto se levantó de la cama, apagó la luz y cerró la puerta.

Judith Bosch 2009 (publicado en aperitivos tóxicos y otros relatos).

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