CervezasdMás I: Tiempos revueltos

tiemposrevueltos

Fotografía: Esther González

No sé tú; yo, desde que tengo uso de razón hasta que empezó esta supuesta crisis económica, lo pasaba bastante mal intentando entender el mundo. En el colegio, las parafernalias que se montaban con la iniciación al “tanto tengo, tanto valgo” me producían jaqueca: las observaciones sobre marcas de ropa, marcas y modelos de juguetes y los malditos discursos infantiles pre y post navideños me sobraban, y mucho. Después vino el Instituto; aprendí a adaptarme durante los primeros años y luego se me acabó la paciencia. Y a los veinte decidí que si tenía hijos, lo haría en África o en el país más pobre de Latinoamérica. Empecé a entender a mis padres, que pasaron varios lustros pillando enfermedades en sitios precarios; entendí que ese plan de vida resultaba mucho más saludable que tratar de encajar dentro de una sociedad que combina lo peor de un cerdo y lo más rescatable de un procesador de datos. A los veintidós tuve una conversación que cambió mi vida, creo, porque estaba a poco de dejarlo todo –o dejar nada- y largarme a tomar por saco para reencontrarme con las necesidades básicas del ser humano y olvidarme de las enfermizas presiones sociales; pensaba: “Cómo coño voy a avanzar si tengo que invertir un ochenta por ciento de mi tiempo diario en menesteres que considero absolutamente inútiles. Todo cuanto me rodea camina en el sentido contrario a lo que creo y a lo que siento”. Mi amigo me dijo: “Si quieres que algo cambie lucha desde aquí; Europa y Estados Unidos son el puto problema. Vas a intentar mejorar la situación de personas que viven afuera y esas personas, en el mejor de los casos, después de ser ayudadas conseguirán buscarse la vida aquí, en Europa o en Estados Unidos, se olvidarán de lo que fueron y harán lo que sea por una posición social atractiva y un piso en el centro”. Continué con mi curso natural aquí, en Europa, “el puto problema” y ahora estoy contenta de haberlo hecho. Me gustan las expresiones: “¡Ni se te ocurra tirar eso!”, “Esto se puede arreglar”, “Que el diablo se lleve las hipotecas”, “Las personas son más importantes que el dinero”. Me gusta la idea de inculcarle a mis hijos que con pocas cosas y mucha imaginación puedes pasar una tarde estupenda, que lo que se rompe o se gasta, puede arreglarse, que el concepto “tanto tengo, tanto valgo” es una carencia que se quita con los años y que lo saludable es medir tu valor por la cantidad de detalles que conoces, reconoces, entiendes, estudias y aprecias. La cultura de vivir rápidamente, usar y tirar nos estaba enfermando y este receso (o adelanto) me encanta.

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