LA VISITA

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Fotografías: Sergio Rosales Medina

LA VISITA (Judith Bosch 2010)

Miró el reloj de Minnie Mouse que llevaba en la muñeca.

A veces se acordaba de que cuando su madre le regaló ese reloj ella aún no la odiaba. Apenas sentía ese escozor en los pulmones, los arañazos de sus propias costillas, y mucho menos aquella sensación permanente de estar patinando en una pista de hielo, muy fría y solitaria, sin tener ni idea de patinaje y con las ruedas untadas de vaselina.

Pero eso ocurría sólo a veces.

La mayoría de las ojeadas, que caían a rápidas ráfagas sobre las manecillas del reloj y su correa roja, no buscaban recuerdos.

Y ahora, a tres horas del toque de queda, el único pensamiento que le rondaba la cabeza era el de huir.

Así que se agarró con fuerza al manillar de su bicicleta y pedaleó sin descanso hacia el lugar de siempre, sintiéndose más libre a medida que ganaba velocidad el asfalto que se deslizaba bajo las ruedas, y el viento, con furiosa melancolía, le golpeaba la frente.

La carretera acabó en el lugar de siempre y en el mismo momento, justo delante de aquel descampado plagado de hierbajos, insectos, lagartijas, y cardos del tamaño de un jugador de baloncesto. Justo cuando el horizonte empezaba a encenderse y las siluetas de los cipreses, que asomaban sus cabezas por encima del cementerio, comenzaban a teñirse de un luto especial.

Bajó de la bicicleta y anduvo con ella -las dos con las manos entrelazadas- hasta su escondite, su santuario, el único lugar del mundo en el único momento del día en que todo podía ser posible.

Y se sentó, como siempre, a esperar a las estrellas.

Los cipreses lloraban ese tipo de soledad que araña el alma y el cielo ya se había tintado de rojo, cuando oyó aquellos pasos a las espaldas.

Se giró.

Una mujer se aproximaba despacio, examinándola con una mirada muy difícil de definir. Una mirada que le resultó extrañamente familiar.

No supo calcular la edad de la mujer, se le daba mal adivinar las edades de los adultos, y tampoco es que le importase demasiado. Sólo se preguntaba qué demonios hacía allí y cómo había podido encontrarla.

Cuando la mujer, que caminaba en silencio, se acercó lo suficiente y se quedó parada, un puño invisible golpeó el centro de su pecho y se le revolvió el estómago. Dios… se parecía tanto a su madre.

Pensó que podría ser una tía o una prima que todavía no conocía, y que había venido de visita, una visita que ella habría olvidado. Y aquellos tiempos no estaban para olvidos, los olvidos siempre traían consigo consecuencias bastante desagradables (antes o después de un buen manto de tortas).

Hizo amago de incorporarse. Entonces la mujer la detuvo con un rápido gesto de las manos.

-No te preocupes- dijo-. Ya me agacho yo.

Y eso fue lo que hizo. Se acuclilló y quedó frente a ella, cara a cara.

Sí que se asemejaba a su madre, a cada instante más. En el fondo de la mirada, quizá, o en lo que decían los disimulados pliegues de su rostro, o en la frente enorme que también parecía estar cargada de tormentos. Y no supo por qué le evocaba a su madre, de aquella manera tan viva y repentina, porque tenía el pelo largo y castaño, los ojos pequeños y verdes, las cejas no demasiado espesas y la nariz menuda. Pero daban igual las escasas similitudes físicas, ya podría ser china o escandinava o sudafricana, que seguiría pareciéndose muchísimo a su madre.

La mujer sonrió a medio labio. A lo mejor le estaba leyendo el pensamiento.

Ella abrió mucho los ojos. En ese momento se percató de que los ojos de la mujer estaban cargados de agua.

-¿Quién eres?- preguntó.

La mujer volvió a sonreír, esta vez dibujando en su rostro un gesto más bien triste.

Sin dejar de mirarla y sin vaciar con un solo parpadeo los destellos de las pupilas, rebuscó en los bolsillos de los pantalones, sacó un paquete de tabaco y se sentó.

-Ruth…- susurró, ahora encendiendo el cigarrillo con la vista puesta sobre el horizonte, como si no estuviese hablando con nadie, como si se hubiese acordado de un nombre, pero sin intención de mencionar a nadie.

Pero lo cierto es que, adrede o sin querer, aquel nombre que la mujer acababa de pronunciar era el suyo.

-Ahora me gusta tu nombre- continuó. Y ahora volvió a mirarla.

-A mí no- contestó Ruth, como empujada por un resorte.

-Ya lo sé.

En ese preciso instante chocó contra el vacío inmenso que ahuecaba las pupilas de la mujer, las pupilas que ya no estaban cargadas de agua, ni brillaban, pero que le seguían evocando a su madre.

Crueldad… La crueldad no tiene por qué derivar de ningún tipo de perversión disciplinada, basta con que se unan el hastío y el jugo verdoso y ácido que derraman los sueños rotos.

-Esto no significa nada- continuó la mujer-. Pero eso aún no lo sabes. Y mañana lo recordarás, lo recordarás siempre. Y siempre que recuerdes estos momentos sentirás algo especial y pensarás que ya sabías, desde hace tiempo, que tu destino estaba escrito. Pero no significa nada, no significa nada de nada. Lo que sientes ahora, si acaso te sirve, y ya está. Eso es lo único que significa.

Al terminar la frase la mujer se giró hacia ella y le escupió una bocanada de humo en la cara.

-¿Qué sientes ahora?- preguntó.

-Asco- contestó Ruth, arrugando la nariz, frunciendo el ceño y espantando la nicotina quemada con una mano.

-No, no me refiero a eso. Me refiero a lo que sientes aquí, ahora.

-Estoy asustada -susurró con voz rota.

-No… Me refiero a lo que sientes aquí, no ahora porque esté yo. Me refiero a lo que sientes aquí, ¿entiendes? Necesito saberlo.

-¿Qué pretendes? No puedo pensar ahora- adujo Ruth, con un tono seco y palabras entrecortadas.

-No pienses… sólo siente. Recuerda lo que sientes aquí. ¡Vamos! No puede ser tan complicado, tienes buena memoria.

Ruth apoyó las manos sobre la hierba, respiró hondo y miró hacia el horizonte ensangrentado, como si fuese un día más, en el lugar de siempre, como si estuviese sola, una vez más, sola junto a la soledad de los cipreses, que lloran el escozor rabioso de los recuerdos y el estridente palpitar de las fantasías -aquellas que se estallan contra el futuro incierto- en un ejercicio liberador, extenuante.

-Emoción- dijo por fin, aún con los ojos cerrados.

La mujer esbozó una sonrisa cansada.

-Vaya… sí que cambian las sensaciones después del recuerdo. Yo hubiese jurado que sentías paz, que sientes paz. Paz, calma…, tranquilidad.

Ruth negó con la cabeza.

-No es eso lo que siento aquí.

-Supongo que es porque piensas en el futuro más de lo necesario. Sí… reconozco esa mirada. Eso sí que lo reconozco. Esas ganas de escapar que te destruyen por dentro sin querer y te convierten en una jodida y estúpida soñadora.

Ruth pegó un respingo. Fue igual que si le hubiesen dado un susto terrible. La sensación fue la misma, aquel estallido de sangre en la cabeza que luego bajaba precipitadamente hasta los pies, dejando a su paso una negrura, tan cruda… tan apabullante.

-Sí. Veo que entiendes lo que estoy diciendo- musitó la mujer.

-No- mintió –no lo entiendo.

-Claro que sí. No te hagas la tonta. No puedes engañarme, es imposible. Sólo puedes engañarte a ti misma. Sí, eso es lo que vas a hacer, continuar el camino, a ciegas. Convertir tus frustraciones en sueños, como todo el mundo, y pensar que te espera algo más, algo mejor, como todo el mundo hace; creerás que el sufrimiento no deja más sufrimiento, que hay una razón para todo, que las circunstancias te están fortaleciendo y que mañana serás recompensada, que encontrarás un sentido a todo y serás feliz, y recordarás esto y te reirás, bueno… o sonreirás satisfecha, que queda más cinematográfico. ¡Bah! Maldito mundo de mierda.

La mujer volvió a girarse hacia Ruth. Antes de seguir hablando le clavó con saña el vacío de las pupilas.

-Esto- sentenció. Mientras tanto dibujaba una uve con los dedos, apretando con las yemas la carne fatigada que caía de los ojos-. Esto será lo que descubras mañana cuando te mires al espejo, vete haciéndote a la idea. Y cuando eso ocurra, cuando te coloques frente al espejo y me encuentres, y te encuentres, después de tanto tiempo, ni siquiera tendrás memoria para darme la razón, ni memoria ni malditas ganas.

Ruth se quedó paralizada frente a los dos pozos negros e infinitos que a duras penas podían contener aquellas aguas verdes, embalsamadas y sucias, y cientos de imágenes cruzaron su mente a gran velocidad.

Las tardes que pasaba allí, en su lugar secreto. Luego los atardeceres que se dejaban observar en la playa, mezclándose con el rojo de la sangre que brotaba de sus labios heridos. Los cielos morados de las montañas, cuando se perdía después de una paliza, para jurarse no volver más.

Soles, soles y más soles, cayendo, una y otra vez, en cientos de lugares distintos. Y las cuartillas de dibujo pintadas con ceras, lápices o carboncillos, que se amontonaban en los cajones de su habitación y que, sin poder decir lo que ella pretendía que dijesen, lo que ella quería escuchar, daban un sentido al recuerdo, daban un sentido a su vida, al sinsentido, al dolor y a las curvas enfermizas que trazaban los sueños.

-No vas a ser nadie- rió sarcástica la mujer-. No vas a ser nadie, niña pintora. Ni ahora, ni mañana, ni después de muerta. Y cuanto antes lo sepas, antes dejarás de soñar tontamente aquí, como una maldita estúpida, creyendo que por tener una infancia de mierda el destino te va a deparar algo distinto de lo que ahora ves.

Ruth se incorporó despacio, sin dejar de mirar a la mujer, que seguía sentada, con esa sombra en el rostro que le resultaba tan familiar y que en aquellos momentos golpeaba cada trozo del pensamiento.

Sí, le recordaba a su madre. Ahora supo por qué.

-¡Nada!- gritó la mujer-. ¡Nada es lo que te espera! La misma repugnante soledad que sientes ahora pero sin un atisbo de ese romanticismo estúpido que confundes con vete a saber qué. ¡Nada! ¡Y más dolor si cabe!

Ruth anduvo hacia atrás, cuatro, cinco, seis pasos… Luego echó a correr.

Atrás se perdían, junto al viento, los alaridos rasposos.

Sabía que correría hasta caer exhausta, sabía que se perdería, a saber dónde, hasta terminar tan confundida, tan agotada, que no le quedase otro remedio que dejar de pensar. Y sabía que llegaría muy tarde a casa, sabía que se iba a llevar una buena paliza por llegar tan tarde y sin bicicleta, y sabía que la noche se iba a derrumbar sobre su cuerpo, cuando tapase el dolor con las sábanas, junto con todo el peso de su pequeño gran mundo destrozado. Pero le daba lo mismo. Ahora le daba lo mismo. Tenía que recuperar fuerzas, tenía que pasar aquella noche como fuese, porque mañana sería otro día, y a partir de mañana pondría todo su empeño en prepararse a conciencia.

Cuando llegase el ansiado momento, se miraría al espejo y no encontraría aguas verdes cansadas, sino dos lagos refulgentes, y no habría tormentos en su frente ni pupilas vacías, y sonreiría, pero no con una sonrisa amarga, y gritaría al recuerdo, a la mujer que la visitó, para decirle que no formaba parte del futuro, sino del pasado, y que sus palabras, en aquel atardecer, eran lo único que no significaba nada.

Detuvo la carrera para tomar un poco de aire y agarrarse las rodillas temblorosas. Luego miro hacia arriba, hacia el cielo que ya estaba oscuro, y pensó que no esperaría a mañana. Aquella noche, después de la paliza, se pondría a dibujar estrellas.

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