LA PIEDRA MÁGICA

LAPIEDRAMAGICA1 lapiedramagica2 lapiedramagica3Fotografías: Esther González González

La piedra mágica

El joven Sulivan se pasó todo el verano limpiando las malas hierbas del jardín de la señora Lynch, una anciana bruja que apenas se tenía en pie.

El día en que Sulivan terminó su trabajo la señora Lynch lo invitó a té y le hizo un obsequio muy especial.

“Te voy a regalar un amuleto mágico”, comentó la vieja hechicera después de hurgar en los bolsillos de su bata roída y sacar una piedra completamente blanca y redonda.

“Abre la mano, chico”, ordenó.

Sulivan cogió la piedra y la examinó.

“¿Qué es esto?”, preguntó arrugando el ceño.

“Guárdala en tu bolsillo”, contestó la vieja. “Cada vez que la notes caliente sácala y mírala. La piedra cambia de color según lo que augure. Ahora atiéndeme bien. Si la piedra se pone roja, eso significa que has de cambiar la dirección de tus pasos, porque el camino esconde un peligro mortal. Si, en cambio, su color es verde esmeralda, eso querrá decir que has de obedecer a la persona que te está aconsejando. Si la piedra aparece de color naranja deberás alejarte de la persona que te está mirando. Si la piedra se pone de color amarillo, cuidado, porque corres peligro de que un amor traicionero te cause graves problemas”.

El joven Sulivan guardó la piedra tal y como le indicó la señora Lynch. Luego se despidió y prometió volver de cuando en cuando para comentarle los aciertos o errores de los pronósticos.

“Nunca se equivoca, muchacho, hazme caso”, repitió la vieja.

Al día siguiente el chico fue al pueblo para hacer algunos recados. Andaba por la calle portando dos sacos de cereales cuando notó que el bolsillo le quemaba. Rápidamente se detuvo y extrajo la piedra. Ésta, para su sorpresa, estaba de color rojo intenso. No supo qué cosa hacer, así que cambió de acera. Al cabo de unos segundos oyó un estruendo a su espalda. Un andamio, desprendido del edificio por el que hubiese pasado de no haber cambiado de acera, se precipitó contra el suelo. “Casi me mato”, pensó el muchacho.

Aquella tarde fue a ver a la señora Lynch.

“¿Qué te trae por aquí?”, preguntó la vieja.

“Vengo a decirle que hoy su piedra me ha salvado la vida”.

Al día siguiente Sulivan estuvo hablando con su madre y ésta le comento: “Vete hoy a correos que algo me dice que desde mañana tendremos tormenta para una semana”. Le volvió a quemar el bolsillo. Esta vez la piedra apareció de color verde, así que hizo caso a su madre.

A la mañana siguiente empezó una tormenta que no cesó en siete días.

El primer día que Sulivan vio a Lynch después de la tormenta, le dijo: “Su piedra ha vuelto a acertar y he podido recoger unos documentos muy importantes”.

Una semana más tarde el joven volvió al pueblo a comprar pienso para los animales. Se cruzó con la señora Bragdon, la madre de uno de sus mejores amigos. “¡Suli! ¡Hace tanto que no te veía!”, exclamó la mujer. “Acompáñame a casa y te invito a un té”. El muchacho, que volvió a sentir quemazón en el bolsillo, miró con disimulo el color de la piedra. Vio que aquella había adquirido un encendido color naranja, se alarmó y puso cualquier excusa para alejarse de la pobre señora Bragdon.

Dos días más tarde se enteró de que la mujer había sido ingresada en el hospital acusando síntomas de una afección muy contagiosa.

“Señora Lynch, una vez más su piedra me ha salvado”, admitió Súlivan en cuanto tuvo ocasión.

El joven aprovechó las predicciones del amuleto durante más de dos años. Pasado aquel tiempo la señora Lynch se puso gravemente enferma y murió. Sulivan prometió visitar su tumba de cuando en cuando y seguir relatándole los prodigiosos augurios de la piedra.

Un buen día Sulivan se sentó a desayunar en una de las cafeterías del pueblo. Una joven encapuchada que lo observaba desde la barra se acercó y le pidió permiso para sentarse a su lado. “Por supuesto que puede hacerme compañía”, respondió el muchacho cortésmente. “Es más, no me gusta nada desayunar solo”, añadió. En ese preciso instante su bolsillo empezó a arder.

Ojeó el color de la piedra y se encontró con un amarillo fuego que le dejó consternado.

Luego volvió a mirar a la joven. Ésta se quitó la capucha.

“¡Dios santo!”, exclamó Súlivan involuntariamente. La joven tenía el rostro completamente desfigurado y plagado de úlceras.

“¿Le molesta mi presencia?”, preguntó la muchacha. “¿Quiere usted que me vaya? Si quiere que me vaya lo entenderé”.

“¡No! Por favor, no se vaya”, expresó Súlivan en tono de disculpa.

Permaneció largo rato hablando con la joven. Después se despidieron.

“¿Podremos vernos mañana?”, propuso ella. “Es usted él único hombre que ha aceptado mi compañía después de ver mi rostro”.

Súlivan sin pensárselo mucho aceptó.

Aquella tarde fue a la tumba de Lynch y contó lo ocurrido.

“Difunta señora Lynch, algo está fallando. Hoy se me acercó una joven desfigurada y el amuleto se puso color amarillo fuego”.

Guardó silencio a la espera de alguna señal. Al cabo de dos minutos un enorme cuervo se posó sobre la tumba y con voz de inframundo anunció: “Tienes tres días y tres noches para corregir el error. Ándate con ojo, pues tu desgracia puede ser inminente”.

“¡Pero es imposible! ¡Ese no puede ser mi amor traicionero!”, repuso el muchacho.

El cuervo movió sus alas con violencia y se aproximó al rostro de Sulivan. “El amuleto nunca se equivoca”, adujo.

A la mañana siguiente los dos jóvenes volvieron a desayunar juntos.

Sulivan no dejó de observar a la muchacha un solo segundo. El amuleto nunca se equivocaba, luego tendría que haber algo en ella que lo enamorase hasta enloquecer.

“¿Cual es tu nombre?”, preguntó antes de despedirse.

“Me llamo Lucy Cornwell”, contestó ella. “¿Podremos mañana vernos de nuevo?”.

“No sé si eso será posible”, respondió él. “No sé si es conveniente que siga viéndote”.

La joven sonrió y se marchó.

Aquella tarde Sulivan regresó al cementerio. “¡No es posible!”, gritó. “¡Lucy es bondadosa y sencilla! ¡No puede ser ella mi amor traicionero!”.

El cuervo bajó a posarse sobre la tumba y afirmó tajantemente: “Esa mujer es y será tu perdición a menos que tú pongas remedio”.

“¿Pero por qué?”.

El cuervo levantó el vuelo y se llevó consigo el eco de los alaridos y los rumores del viento, dejando a Sulivan en el más desolador de los olvidos.

Al día siguiente, muerto de curiosidad, Sulivan fue en busca de Lucy Cornwell.

“El destino no quiere que nos juntemos, dicen los sabios que eres un amor prohibido”, declaró tendiéndole las manos.

La joven cogió sus manos y las besó. “No temas. Yo nunca podría dañarte”.

Sulivan se quedó mirándola fijamente y descubrió un brillo especial en sus ojos. Los bolsillos le quemaban hasta doler, y las manos, que confundieron el ardor de la pernera con enamoramiento ciego, temblaron. “No puedo seguir viéndote, no puedo”, le confesó entre lágrimas. La joven lo tomó entre sus brazos y lo besó en la frente. “Sólo te pido un día más. Mañana nos vemos. Yo te haré sentir lo que no has sentido en tu vida. Tú si lo deseas podrás irte para siempre”.

Sulivan, rendido ante su propio destino, aceptó.

Aquella tarde, cuando regresó al cementerio, sacó una voz rabiosa y desesperada. “¿Por qué tiene que ser ella? ¿Por qué ella y no otra?”. Sólo escuchó el eco de sus propias palabras.

Al día siguiente Lucy Cornwell lo llevó a lo más profundo del bosque. Allí se besaron con violento deseo y se amaron hasta que el muchacho cayó rendido. Después Lucy se incorporó, se inclinó hasta la cabeza del joven y susurró: “Ahora quiero que me des mi piedra”.

Sulivan palideció. “¿Qué piedra?”.

“Mi piedra”, repitió Lucy.

El joven intentó levantarse pero su cuerpo no le respondía.

“No lo intentes”, le advirtió ella. “Mis labios y mi cuerpo están recubiertos de un veneno letal. Mientras menos te muevas más tardará en hacerte efecto. Si te portas bien y me das mi piedra tendrás una oportunidad de vivir”.

“¡Cógela tú! ¡Está en el bolsillo de mis pantalones!”.

“Me la tienes que dar tú. Ese es el trato”, repuso Lucy.

“¿Qué trato?”.

Lucy se sentó y se recogió el cabello. “Primero dame mi piedra”.

Sulivan con movimientos lentos y confusos llegó hasta los pantalones y sacó el amuleto. “¡Quema! ¡Quema!”. “¡Dámelo!”, repitió ella. El muchacho obedeció. Luego volvió a quedar tendido en el suelo, completamente exhausto.

“Mi abuela, una poderosa hechicera, me castigó a vivir con este rostro después de que yo traicionase su confianza intentando robar sus cinco piedras mágicas. Para resarcirte, me dijo, tendrás que acometer la siguiente tarea: Cada cinco años yo entregaré una piedra mágica a un hombre muy especial. Tú tendrás que encontrar a ese hombre, conseguir que te ame y que te entregue de su propia mano la piedra.  Nunca amarás por el camino, porque tu amor será pura traición, forjado con la malicia de tus ojos y el veneno de tu cuerpo. Cuando reúnas las cinco piedras, ponlas tres días y tres noches a la luz de la luna llena. Así desharás el hechizo y recuperarás tu hermosura. ¿Cómo podrá un hombre enamorarse de este engendro?, pregunté yo. Ella simplemente sonrió. Conforme empezó a pasar el tiempo empecé a entenderlo. Y supe que mi abuela, aún enfadada, lo había dispuesto todo para que yo finalmente pudiera completar mi tarea”.

Mientras Lucy hablaba los ojos de Sulivan se iban cerrando poco a poco. En sus manos conservaba el tacto de un cuerpo imposible, en sus labios el sabor del veneno, en su recuerdo confuso la tumba de la señora Lynch y las palabras amenazantes de un cuervo.

Judith Bosch 2009

 

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