La flor del dolor

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Imágenes del fotógrafo y artista plástico Rafael Hierro.

La flor del dolor

-¿Ves estas marcas? -dijo la señora Asín, señalando una gran lápida cubierta de estrellas grabadas -. Cada una de estas marcas simboliza la pérdida de un alma; no la pérdida de un cuerpo, que es lo que todos venimos a llorar aquí, me refiero a la pérdida de un alma, la pérdida de lo mejor que tenemos, lo único que nos puede hacer libres.

Fadwa deslizó su mano por aquel firmamento de piedra. Luego levantó la mirada y la dejó extendida como una sábana sobre el fatigado rostro de su madre.

-Todos los que aquí están representados han desaparecido. Todos han desaparecido en cuerpo y en alma. Un día no quisieron acompañarse más en el dolor y fueron a quitárselo, y se perdieron en los brazos del bosque con la mirada vacía y la boca reseca, en busca de la flor mágica, Fadwa; ésa que todos en este pueblo conocen de oídas,  la flor del dolor.

Fadwa había escuchado hablar de la flor del dolor. Los aldeanos aseguraban que todo aquel que mordía sus pétalos se quedaba en el bosque para siempre.

-Prométeme que pase lo que pase no acabarás aquí -continuó la señora Asín -. Prométemelo, Fadwa. Ahora estamos solas tú y yo y tenemos que ser fuertes.

Fadwa asintió en silencio y le tendió la mano. Las dos regresaron hacia el desfile de telas blancas, los errantes enlutados que se detuvieron frente a una tumba recién puesta: la tumba del padre, esposo y bien amado señor Asín.

Después de recibir todos los pésames oportunos, madre e hija se metieron en un coche conducido por el tesorero de la familia. Tenían mucho que hacer. Faltaba una semana para que la señora Asín se casara con el hermano del difunto; debían ultimar preparativos y entre tanto llorar las lágrimas que quedaran, para que el corazón no se pudriese.

El matrimonio se celebró en la fecha acordada, con una ceremonia muy austera y la presencia de algunos familiares. Ese mismo día el señor Keled Asín, hermano del difunto, se trasladó a la casa donde vivían Fadwa y su madre. Contrariado por no contar con una esposa virgen con la que celebrar una noche de bodas a su gusto –y al gusto de Dios-, exigió educadamente la compañía de la joven Fadwa. La señora Asín aceptó, empujada por el miedo no infundado a que Keled la repudiase.

-Dios nos ha hecho mujeres, cariño, y tenemos que aguantar. Si nos repudian, nos quedaremos en la calle a merced de la misericordia de las gentes de este pueblo -dijo la madre a Fadwa mientras secaba sus lágrimas y acariciaba su pelo.

-Pues viviremos de la misericordia, madre -contestó la pequeña.

La madre le pellizcó la barbilla y le dio un beso en la frente.

-No sabes lo poco misericordiosa que es la gente con las mujeres repudiadas.

Después la abrazó, con cuidado, como si estuviese abrazando un pájaro herido.

Keled esperaba detrás de la puerta.

La señora Filiz Asín y Fadwa conocían bien las perversidades del hermano gemelo del señor Asín. Incluso la anciana y difunta Imtithal, la madre de los dos hermanos, había advertido a Filiz del peligro que suponía para ella casarse con Kadin Asín, el hermano más débil, ahora el difunto esposo.

Kadin Asín era un hombre bondadoso y muy delicado de salud. Keled, sin embargo, potenciaba su tremenda maldad con una robustez de roble y una capacidad nunca vista para recuperarse de cualquier afección.

-Si Kadin muere antes que Keled, ya sabes lo que ocurrirá contigo y con los hijos que engendréis -advirtió la abuela.

Pero las cartas ya estaban echadas. Ahora Filiz y Fadwa no tenían otro remedio que soportar las fatalidades del destino.

Y así hicieron.

Durante meses curtieron sus cuerpos y sus sexos de golpes y humillaciones.

Madre e hija tragaron tantas lágrimas que sus corazones empezaron a pudrirse en el pecho, y cada vez que tosían se quedaban con un trozo de corazón en la palma de la mano.

Los ojos de las dos se marchitaron y ya no distinguían colores ni formas; ya dejó de importar que el cielo estuviese azul, o negro, o cubierto de nubes. Ni que los almendros enseñasen sus primeras flores. Madre e hija no veían. También empezaron a dejar de escuchar, de modo que los cantos de los pájaros y los insultos del señor Asín acabaron metidos en la misma bolsa rota.

Las dos mujeres fueron convirtiéndose, poco a poco, en dos sombras enjutas que moraban por los pasillos como fantasmas. Aprendieron a vivir sumidas en un sueño espeso, en el que el tiempo hubo perdido toda vinculación con la felicidad y la tortura.

Una mañana Fadwa encontró a su madre muerta, tendida a los pies de Keled.

El hombre, desesperado, la pateaba y gritaba: “¡No te puedes morir! ¿Qué hago ahora con estas legumbres? ¡Tu hija es tan mala cocinera que haría vomitar a una alimaña! ¡Levántate! ¡Vamos! ¡Arriba!”.

Fadwa se apoyó en la pared, y se dejó caer, invadida por un estremecimiento que convirtió su cuerpo en un amasijo inerte de metales carcomidos.

Encogida en el suelo, ante la mirada mezquina del asesino de su madre, sintió una pequeña punzada –un pequeño pellizco- en el minúsculo pedazo de corazón que aún no había sacado por la boca.

Todos los meses de encierro le cruzaron la frente: el dolor que hundió sus costillas hasta convertirlas en finos alambres, hilos conductores del miedo; La necesidad de huir del cuerpo y dejar la piel atrás, como una serpiente que muda su espanto; la urgencia de morir en vida, asfixiar los latidos del propio corazón.

“Tengo corazón”, pensó. “Tengo corazón, tú aún no me lo has quitado”.

Repentinamente una descarga eléctrica la convulsionó entera y sus brazos y sus piernas se convirtieron en rígidos e indestructibles hierros incandescentes.

Sus ojos se encendieron.

Sus dientes chirriaron hasta producir chispas, y de las mandíbulas de acero empezaron a emerger ríos de espuma amarga.

El señor Asín fijó la mirada en el rostro desfigurado de la pequeña Fadwa, ahora monstruosa Fadwa, y caminó hacia atrás, lentamente, con los labios trémulos y la tez pálida.

Fadwa se fue incorporando poco a poco, estudiando la anatomía del asesino como la leona que examina a su presa.

Cuando Keled derramó sobre el suelo la última gota de sangre, exhalando toda su maldad en un aliento hediondo como el caldo de azufre, la bestia se colocó en pie sobre su cuerpo, alzó la vista al techo y arrancó de su garganta un aullido aterrador como pocos se han oído en este mundo.

Saltó luego hasta las piernas de la mujer muerta. Las olisqueó como si fuese una jabata buscando un hilo de vida bajo la carne. Las lamió, y siguió el rastro de las heridas hasta el pecho hundido, y allí, entre lametones y rugidos, vació en un llanto espeso como el alquitrán, los vestigios de humanidad que le quedaban.

Apenas dos horas después, corría por el bosque a cuatro patas, espantando a cualquier ser viviente que se cruzara en su camino.

Seguía el rastro de un perfume, un perfume que jamás hubo percibido antes- no siendo humana-, un perfume que estallaba en su hocico a modo de latigazo y convertía su estómago en una bola de fuego.

Terminó de perseguir el rastro en lo más profundo del bosque, a los pies de una flor de tallo grueso y duro y suaves pétalos tornasolados.

Pasó la piel de la cabeza por los pétalos hasta derretirse de caricias, dejando pender, del hocico embriagado, finas hilachas de un líquido blanco y pegajoso.

Y mordió la flor.

Cuando no pudo más con la excitación, mordió la flor lascivamente. Y engulló uno a uno, con fruición, todos los pétalos.

Y dejó a la flor sin pétalos.

Entonces comenzó a mordisquear el tallo, sintiendo cómo dentro del cráneo burbujeaba una papilla espesa, y su tráquea se expandía hasta reventar las arterias del cuello.

Comió y comió.

Hasta dejarla sin tallo.

Entonces escarbó en la tierra, en busca de la raíz tierna y jugosa. Y mientras el cuerpo tiritaba, fue comiendo de la raíz con bocados frenéticos. Escarbó y comió hasta acabar con el último pedazo de raíz y un hoyo gigantesco se abrió bajo sus patas.

Abajo, tumbada e inmóvil oyó unas pisadas que se aproximaban, luego una voz dulce y musical.

-¡Ya estás aquí! Llevo tanto… tanto tiempo esperándote.

La bestia pudo distinguir la sombra de una muchacha.

-No lo sabes, ¿verdad? No sabes quién soy -susurró la muchacha desde la penumbra.

La bestia no pudo emitir ningún sonido, ni siquiera un gruñido apagado.

-Cada vez que perdías un pedazo de corazón -continuó la muchacha -yo me hacía más fuerte, más sólida, más visible. Hasta que empecé a pensar, a hablar conmigo misma. Entonces supe que el tiempo para encontrarnos se hacía más corto. Por eso aguanté la espera, la abrumadora espera, porque sabía que cada día tu corazón se iba volviendo más pequeño, y el mío, en cambio, más grande y refulgente. ¡Esperándote! ¡Qué paradoja! Esperándote en angustiosa soledad mi corazón se hacía más fuerte. Fue tan relajante para mí sentir cómo vibraba tu último pedazo de corazón, cómo se sacudía, cómo estallaba, igual que una estrella a las puertas de la muerte, con todo el brío y la magia de una estrella. Oía el crujido de las hojas bajo tus pisadas, oía tu respiración fuerte, ansiosa…, casi podía sentir el deseo que prendía en la carne misma de tu hocico, casi podía sentirlo, y estremecerme. ¡Oh! ¡Dios! Cuando mordiste el primer pétalo… ¡No sabes cómo se sacudió todo mi cuerpo! ¡No sabes de qué manera se me erizó la piel! ¡Cómo temblaba! Más y más a medida que ibas comiendo, saciando tu hambre, hundiéndote hasta mí… Y ya estás aquí, por fin, ya has comido. Y mírame ahora, soy yo… soy tú. Tan real y tangible como lo fuiste algún día, como lo fuimos algún día.

Los ojos de la bestia se apagaban poco a poco.

La muchacha se acercó al animal y se arrodilló.

-No sufras, no sufras más, ya no hay dolor, ya no. Ahora estamos juntas. Para siempre.

Se inclinó y besó el hocico de la bestia.

La bestia la contempló en un último intento por mantenerse despierta. Aquel rostro le era tan familiar, tan conocido, tan suyo…

Sí, esa fue ella en otro tiempo, ya muy lejano, o al menos eso le habían dicho las mentirosas pieles de los espejos.

Ohne Dich

Judith Bosch 2009

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