Una de vampiros con Leandro Teulats

leandroPor Alicia Pérez Gil y Judith Bosch.

Leandro es un artista que despierta pasiones y controversias. Tiene una visión única de cada cosa; en cada uno de sus lienzos se entremezclan la avidez y la curiosidad de un niño, las inquietudes de un filósofo y la capacidad de proyección de un gran conceptualista, conocedor de múltiples técnicas y sensible a la literatura que late dentro de las representaciones del imaginario colectivo.

Cuenta con una obra muy extensa que abarca desde colecciones de lienzos ambientados en leyendas populares hasta lienzos minimalistas protagonizados por animales o plantas, pasando por motivos medievales, experimentos abstractos con colores y texturas y, por supuesto,  ¡vampiros!

Alicia Pérez Gil y servidora sentimos predilección por los vampiros y, como Leandro, tenemos nuestra propia manera de entenderlos.

¡Que lo disfrutes!

NO LO HAGÁIS EN CASA, NIÑOS

Texto: Alicia Pérez Gil.

Lienzos: Leandro Teulats Pladevall

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 “Estimado señor Van Helsing:

 Se sorprenderá de que le escriba;  es normal. He perdido la cuenta de los siglos que llevamos jugando al ratón y al gato sin ponernos siquiera de acuerdo en quién representa cada papel. Sin embargo necesito que hablemos.

Me conoce, sabe que no he tenido mucho tiempo para dedicarme a mí mismo. Primero fue aquello con los otomanos, luego la venganza, después vino el espejismo de la señorita Harker y, a partir de entonces, el sinvivir (no es mal chiste, no) de evitarle o buscarle.  El tiempo se me ha echado encima. Como lo tengo todo por delante, voy postponiendo y… Bueno, eso, que aquí estoy, hecho un zote de la peor calaña. Me pregunto si no le pasará a usted lo mismo. Tanto buscar vampiros, se le habrán oxidado los goznes y ya no tiene ojos para nada más.

Fíjese que hace poco he comenzado a leer. Con todo el ajetreo que le comentaba no me había puesto a ello, pero el otro día cogí un libro y me llevé una sorpresa. Al principio me pareció un poco farragoso, difícil de seguir. Creo que porque la mayor parte sucedía durante el día y hace mucho que me convertí en pájaro nocturno. La cuestión es que luego me lié y ya no pude dejarlo. Lo escribió el siglo pasado un tal Tolkien. Si escribe el nombre en Google verá enseguida a quién me refiero (sí, las nuevas tecnologías han hecho mella en mí).

Este Tolkien habla de seres extraños: enanos que viven en las entrañas de la tierra, arañas gigantes, hobbits (estos son como los humanos, pero más bajitos y con los pies peludos), orcos, ogros, gigantes… y elfos.

A esto de los elfos es adonde quería yo llegar. Los elfos son seres muy pálidos con las orejas puntiagudas y una vida extraordinariamente larga. Les gusta pasear por los bosques, visten túnicas, se adornan el pelo con hojas y cantan mucho en lenguas que nadie comprende. ¿Conocía usted a los elfos, señor Van Helsing?

Los elfos son amigos de los animales. Tan amigos como Oink y yo.  Tienen un conocimiento profundo del mundo que les rodea y viven separados de todos los demás. ¿No le recuerda esto a nadie que conozca?

Yo soy un elfo, señor mío. Y si ninguno de los dos nos hemos dado cuenta antes es porque nos hemos quedado ciegos de tanto odiarnos. Pero los elfos somos amor y con amor quiero despedirme en esta carta. Tómese su tiempo para pensar acerca de todo esto y luego venga a buscarme.  Le esperaré todos los días , a las doce, tomándome un vermut con aceitunas. Ya sabe, en ese sitio tan cuco de la Plaza Mayor. Va siendo hora de que me acostumbre esta naturaleza mía recién descubierta. Llevaré conmigo a Oink. No creo que haya problema aunque no sea vietnamita.

Con todo mi respeto:

 Vlad.”

vampiros7Marina Azules de Vergara había aprobado la oposición al cuerpo de Correos hacía unas pocas semanas y ya estaba harta de hacer su ruta cargada de paquetes para volver a la oficina tan cargada como había salido. La mayor parte de los destinatarios nunca estaban en casa, así que su trabajo consistía en acarrear cajas de un lado a otro y dejar avisos. El sueldo pagaba el alquiler, pero tampoco era para tirar cohetes.

No le gustó que la puerta de Villa Drakul estuviera abierta. Llevaba una mañana bastante tontorrona, por culpa del viento, que le levantaba dolor de cabeza;  y tampoco le habría gustado que estuviese cerrada, pero el hecho es que la molestó.  Tocó un par de veces en el marco sin obtener respuesta. Una brisa inoportuna le arrebató el aviso de las manos mientras rellenaba las casillas correspondientes. También la azotó con un montón de ceniza que se le metió en los ojos, en la nariz, y en la garganta. Casi se ahoga, pero aún así cumplió con su labor.

La carta certificada de Van Helsing le fue devuelta sin abrir. Ramiro, el chico que le ayudaba desde el accidente, se la tendió con un poso de tristeza en la mirada.

—Parece que llegué tarde —dijo mientras empujaba su silla de ruedas camino de la biblioteca.

Era cierto. El conde nunca leyó que su némesis había pasado por una experiencia parecida cuando fue al cine por primera vez, a ver Superman.

CEMENTERIO DE VAMPIROS

Texto: Judith Bosch.

Lienzo: Leandro Teulats Pladevall.

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I

No tiene pérdida, si en las lápidas encuentras las siglas “OVR” (Ojalá que Vuelva a Resucitar) y, en lugar de flores, ratones degollados, es que estás en un cementerio de vampiros.

II

-Y los muertos aquí lo pasamos muy bien, entre flores de colores y los viernes y tal, si en la fosa no hay plan, nos vestimos y salimos para dar una vuelta…

-¿Qué diablos cantas Drácula?

-No sé… Es pegadiza.

III

-Cariño, creo que todos nuestros problemas se deben a que esta casa se construyó encima de un cementerio de vampiros.

-Ya… Y por eso no llegas hasta las tres, te pasas toda la mañana durmiendo y yo cada día tengo más claro que empezaste a salir conmigo para chuparme la sangre ¿no?

-Básicamente, sí.

IV

-Lleva estas doscientas lápidas a un tallador y que esculpa en cada una de ellas “Murió por herida de estaca”.

-Te encuentro un tanto pesimista esta noche; la batalla del miércoles no causará tantas bajas.

-Lo sé, pero las aprovecharemos igualmente; no seas cortoplacista.

UNA DE VAMPIROS

Texto: Judith Bosch.

Lienzo: Leandro Teulats Pladevall.

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“La Madre Naturaleza nos hizo fuertes, privilegiados, inalcanzables… Así, en nuestros inicios, podíamos morar por la tierra de día y de noche y alimentarnos de todos sus fluidos. Los primeros vampiros, voraces pero con un gran sentido del equilibrio, bebían de la savia de los árboles, bebían de los frutos y bebían de los animales, en correcta consonancia con todo cuanto les ofrecía un ecosistema hecho por y para ellos. Solamente tenían una prohibición que debían respetar: no podían beber de la savia ni de los frutos del árbol milenario. La tercera generación de vampiros, osados y débiles por su lujuria, comenzaron a beber por placer y a diezmar la población de seres de la tierra. Un día, como era de esperar, un puñado de adolescentes se adentró en el bosque en busca del árbol milenario, se abalanzaron sobre su tronco, sus ramas y sus frutos y lo secaron por completo. La Madre Naturaleza enfureció y desde entonces no somos bien recibidos durante el día, pues la claridad nos consume, no somos dignos de reflejarnos en el agua ni en los espejos, no nos sacia la savia de los árboles ni el jugo de los frutos y estamos sentenciados a la nocturnidad eterna; a vivir para siempre entre penumbras y beber de la sangre de los animales perdidos”. El profesor Lunescu hizo una pausa para aclararse la garganta y beber de su cáliz de sangre de rata.

-Profe –interrumpió el joven Vladimir -, no le encuentro ninguna lógica a lo que cuenta.

-No tienes que encontrarle la lógica, simplemente tienes que escuchar y creer.

-Pero es que todo lo que dice es mentira. No existió ningún árbol milenario y, además, nos coloca por encima del resto de las especies. Somos animales igual que el resto; podemos morir igual que el resto de animales.

-Podemos morir porque la tercera generación secó el árbol milenario. Por eso, desde entonces, las estacas de madera son mortales para nosotros.

-¡No! Eso es mentira. Tiene que haber una explicación lógica para lo de las estacas. Usted nos está contando un cuento. ¡Todo es un cuento!

La clase entera quedó inmersa en un mar de expresiones de descontento y reivindicaciones, algunas en voz baja, otras a gritos. El profesor Lunescu ordenó silencio varias veces sin obtener resultados. Abandonó el aula y fue volando al despacho del director.

-Alexey, échame una mano que me la están liando otra vez.

-Tenemos que poner freno a esto –afirmó el director. Estaba colgado del techo,  leyendo un tratado de física cuántica. Se quitó las gafas, cerró el libro y se quedó mirando al profesor Lunescu, en silencio y con expresión distante.

-Ya no me dejas castigarlos por preguntar. No sé qué quieres que haga, Alexey.

El director acarició su barbilla sin dejar de observar el rostro agitado y angustiado de Lunescu.

-No se trata de castigar. Debemos enriquecer su imaginario con otras leyendas. Ya sabes, la tecnocracia está a la vuelta de la esquina: los humanos son el vivo ejemplo de ello.

-¿Cómo lo llevan los humanos? –preguntó Lunescu cruzando los brazos y lanzando una mirada inquisitiva.

-Fatal. Lo llevan Fatal –contestó el director -. Dentro de poco podremos arrancarles la cabeza mientras miran el móvil, que no se darán ni cuenta.

Alicia Pérez Gil, Leandro Teulats Pladevall y Judith Bosch 2015.

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