Terror Ciudadano con Gustavo Raga

Gustavo Raga

Por Alicia Pérez Gil y Judith Bosch.

Las imágenes incómodas y perturbadoras siempre me han suscitado un tipo de fascinación muy especial. Podría contemplarlas durante horas y viajar con ellas a lugares oscuros; esos sitios que guarda uno dentro para meter la rabia sobrante y luego admira desde lejos, a salvo.

Resulta curiosa la manera en la que estas imágenes consiguen conciliarte con situaciones y circunstancias que diariamente uno intenta alejar del pensamiento, hasta el momento, claro, en el que resulta inevitable observarlas y escribirlas.

Así que, pensando en un ilustrador que indagara en el miedo, en todas sus formas y manifestaciones, y gracias a la recomendación de Alicia, conocí al gran Gustavo Raga, con el que espero colaborar en muchas otras ocasiones.

La entrada de este mes es muy incómoda. Avisamos desde ya.

También aprovechamos para comentar que en agosto nos tomaremos merecidas vacaciones. Y este blog también se las tomará 😉

Que tengáis todos un feliz verano. Y quien pueda y lo desee, que disfrute de esta entrada.

¡Nos vemos pronto!

Caer Sentado

Textos: Judith Bosch.
Ilustración: Gustavo Raga.

Gustavo Raga

I

No pienses por ti mismo.

No hables si no es para pedir sobras.

No sueñes con la televisión apagada.

Quien tiene el poder te ayudará de alguna manera y, si no ocurriera, caer sentado es más seguro. No te levantes.

II

Los radicales y terroristas, asesinos y destructores del diálogo, la democracia y el bienestar, que se levanten y den un paso al frente –ordenó el capitán del pelotón de fusilamiento –. Los demás pueden seguir callados y sentados.

III

-¿Qué necesito para que teman el cambio, Señor?

-Dales un televisor, una cerveza y una silla y hazlos sentirse propietarios de esas tres cosas.

IV

Clasificación de la ciudadanía occidental del SXXI

Ciudadanos de Primera: encabezan las listas de partidos políticos mayoritarios –como mero trámite burocrático- para formar parte de consejos de administración y gobiernos*

*A no ser que el diablo les facilite otro camino para la consecución del capital pactado.

Ciudadanos de Segunda: votan a los partidos mayoritarios con la intención de cumplir dos objetivos:

1-Preservar un sistema democrático, que es controlado por personas sabias y con sentido común y, de tanto en tanto, por Dios.

2-Preservar un sistema que, dado el caso, y según su perspectiva, podría facilitarles posibilidades de convertirse en ciudadanos de primera*

*Estos del diablo no tienen ni idea.

Ciudadanos de Tercera: votan a los partidos que publiciten los medios de comunicación masiva, la vecindad o sus referentes televisivos, con dos objetivos de los que aún no han logrado tomar consciencia:

1-Sentirse normales y, al mismo tiempo, poseedores de algún tipo de poder de decisión.

2-Conservar sus pertenencias y apoyar a la mayoría, que nunca se equivoca.

Ciudadanos de Cuarta: votan a partidos minoritarios y, cada vez que se manifiestan, son considerados peligros públicos. Son llamados “rojos” o “comunistas” por muchos ciudadanos de segunda y de tercera, y los ciudadanos de primera* aprueban leyes nuevas para encarcelarlos.

*No suelen creer ni en Dios ni en el Diablo, pero jurarían que los ojos de los ciudadanos de primera están poseídos por algún tipo de poder nada benigno.

Miedodio

Textos: Judith Bosch.

Ilustración: Gustavo Raga.

Gustavo Raga

Definición

Miedodio: profunda sensación de temor que experimenta un ser humano con prejuicios ante la posibilidad de que el objeto de sus prejuicios pudiera tener el mismo poder de decisión que él y pudiera prosperar.

Al fondo a la derecha I

Es completamente justo que yo, ser civilizado, educado y sofisticado, por derecho, cobre al menos veinte veces más de lo que merecen esos cerdos mentecatos. Otra cosa sería incoherencia, comunismo y barbarie. Así que no saqueo las arcas públicas, simplemente, hago justicia.

Al fondo a la derecha II

La chusma no debería votar, por eso es necesario que sigamos comprando medios de comunicación y promocionando al deporte rey con todos los recursos que estén en nuestras manos. Un cerdo mentecato, después de romper veinte retrovisores e incendiar un contenedor, es un cerdito tranquilo que volverá a creer en la inutilidad inamovible de la política y las elecciones.

Al fondo a la derecha III

Se compran una casa que no pueden pagar, pierden el empleo y encima pretenden pegarse unas vacaciones de dos años recibiendo cuatrocientos euros al mes. Esos cerdos mentecatos no aprenderían ni viéndose en la calle. Y estando en la calle, aún encontrarían a otros cerdos mentecatos, terroristas anti-sistema, que les comieran la cabeza y les convencieran de que merecen esa casa, ese trabajo y, en lugar de cuatrocientos euros por vacaciones, seiscientos euros de por vida.

La ofrenda

Texto: Alicia Pérez Gil.

Ilustración: Gustavo Raga.

Gustavo Raga

El jefe de la tribu se sentó delante del tótem, entre las dos antorchas encendidas. En el extremo del árbol talado, tallado y pintado con los colores del clan, un águila blanca de mirada torva y porte majestuoso extendía sus alas protectoras.  Sentarse delante de ella significaba depositar en el ave el cuidado de la tribu. Pero no siempre las cosas habían sido así.

Cuando el jefe anterior era aún un hombre joven, las águilas de plumas blancas amenazaban la tribu. Los chamanes evitaban los lugares en los que anidaban porque decían, los fantasmas de sus enemigos se habían encarnado en ellas. Por eso eran blancas. Blancas como los espíritus, blancas como la pobreza de quienes no disponían de tierras, caballos o tiendas. Eran águilas blancas como la muerte que volvía blancos los cadáveres.

Pero eso había cambiado y ahora los chamanes, y la tribu al completo, se unieron al círculo ritual para honrar al tótem de pico curvo y mirada acerada. Reinaba un ambiente de expectación, una tensión que no se había vivido antes. Algo iba a pasar y, aunque no todos estaban seguros de que ese algo fuera bueno, sí sabían que era algo distinto del hambre  y el destierro que sufrían desde hacía ya demasiadas lunas.

Los bailarines, delgados como no se habría permitido de no ser inevitable, comenzaron la representación. Llevaban los rostros pintados de rojo y el torso desnudo adornado con pinturas negras, azules y blancas: el río, el cielo, los árboles y los pájaros se agitaban en sus músculos menguados. Antes, cuando la caza era abundante y los caballos numerosos, sólo los hombres más hermosos bailaban para los dioses de la tribu. Los dibujos eran bellos y la danza, alegre, celebraba la vida y la abundancia.

Ahora, los movimientos eran lentos, erráticos y desacompasados dentro del círculo. La danza evolucionaba despacio; alternaba momentos de inmovilidad absoluta en los que el protagonista era un grito sordo, desgarrado, con carreras frenéticas. Los hombres hambrientos, exhaustos, sudaban bajo la pintura, que perdía sus formas y se mezclaba en un único color pardo. El jefe se preguntaba qué podía celebrarse de ese modo. No veía hombres bajo las máscaras de maquillaje, sino espectros. No miró atrás, pero sintió que el tótem se reía de sus temores. El tótem que antes que tótem era él mismo el fantasma de otros muertos.

Todos los bailarines la vez se dejaron caer sobre el polvo. Desde fuera del círculo, dos figuras cubiertas de plumas de la cabeza a los pies alzaron una cometa construida con varias pieles de búfalo. La sombra calmó el calor de los cuerpos agotados y la ansiedad de la tribu, que esperaba aún, con las mandíbulas adelantadas y los ojos como globos.

La gran sombra del águila blanca arrancó gemidos de miedo. No era un miedo real, el jefe lo sabía. Era el miedo que se esperaba, tan falso como las pinturas corporales. Era el momento en que se recordabanlos tiempos en que la tribu temía la sombra del águila blanca, la sombra del hambre, de la pobreza y la muerte. Esa parte del ritual nunca duraba mucho. Tampoco en aquella ocasión, aunque pobreza hambre y muerte habían diezmado a la tribu.

Uno de los bailarines se levantó antes que los demás, saltó una, dos, tres veces y hasta cuatro antes de hacerse con las alas del águila. Entonces comenzó una nueva danza más fluida, más armónica, más dulce.

El jefe recordaba, con la memoria de un anciano que escarbaba en lo más recóndito de su infancia, al guerrero que apareció arrastrando el cuerpo del águila blanca. Había sucedido un atardecer. El ocaso del día que el muchacho debía mostrar su trofeo de caza y convertirse en un hombre. Todos buscaban animales grandes, indómitos, salvajes, poderosos: osos. Él había vuelto con un águila blanca y una mirada distinta. Los chamanes se habían retirado a deliberar si era un demonio. Decidieron que era un dios. Y el tótem de la tribu cambió.

Los otros le seguían: los bailarines empleaban los mismos movimientos y el mismo ritmo que el cazador del águila igual que los guerreros y el antiguo jefe habían seguido la estela del muchacho que les llevara aquel cadáver. De dentro del plumaje, el hombre águila sacaba nueces y manzanas, que repartía entre los bailarines. Por cada fruta recibida se ejecutaba un nuevo paso de baile. Cada vez más complejo, cada vez más arriesgado.  Poco a poco el águila dejó de entregar comida, pero el baile continuaba.

Eso tampoco se había borrado de la memoria del jefe que, entre las dos antorchas, recordaba cómo el muchacho había llevado a la tribu a territorios nuevos. Al principio había encontrado salmones en los ríos y ciervos en los bosques. Atravesaba con sus flechas a los coyotes en los desiertos y a los lobos en las praderas. Cazaron más que nunca y de cada partida de caza él tomaba la mejor parte. Luego comenzó a quedarse con más de lo que necesitaba, a explorar territorios menos fértiles, lugares ocupados. Llegaron las guerras contra otras tribus y los acuerdos con los hombres de rostro pálido. La tribu todavía le seguía. Al cazador que había dado muerte al águila.

En el círculo, el hombre águila se sentó de espaldas al jefe, cruzó brazos y piernas y dejó que los bailarines le llevaran una, dos, tres y hasta cuatro veces el número de frutas  que les había dado. El hombre águila no bailaba ni tampoco devolvía lo ofrecido. La danza por el contrario no se detenía.

El líder guerrero había muerto hacía años a manos de los hombres que prometieron concederle la mitad de las tierras que arrebatara a las otras tribus. Era ya viejo cuando el jefe regresó con una piel de oso a cuestas. Se había hecho hombre, se había cubierto de sangre, no tenía miedo. Y el guerrero le enseñó cómo debía liderar a su pueblo, cómo debía devolver sólo una parte de lo que les quitaba mientras les prometía más, mucho más. Todo. Luego los hombres con sombrero negro y botas de suelas duras se deshicieron de él porque creyeron que el nuevo jefe sería más fácil de gobernar. Pero no lo fue. El nuevo jefe no quería matar indios ni levantar cabañas de troncos. El nuevo jefe quería danzas alegres y cazadores fuertes. Se llevó a los suyos a la tierra de los antepasados. Pero los suyos llevaron el tótem de alas blancas con ellos. Llevaron también todo lo aprendido. La superstición, la fé en el hombre muerto y el pájaro fantasma que les había obligado a pasar hambre, a perder sus caballos a matar y a morir a cambio de nada.

Aquel era el momento en que el jefe se levantaba, el círculo de asistentes se abría y una nueva ofrenda se llevaba hasta el tótem del águila. Pero en esa ocasión no había nada que dar al dios marchito y desgastado.

Así que el jefe se levantó, tomó las dos antorchas y se dirigió al tótem.

El círculo de la tribu se encogió primero, aterrado, en silencio salvo por las respiraciones agitadas y los corazones desbocados. Luego reaccionó. Las viejas squads sin dientes lanzaron sus gritos de plañidera y los guerreros se lanzaron en pos del jefe, le dieron alcance, le quitaron las antorchas.

Los chamanes aullaron como lobos a la luna y pronto se preparó una pira. De nuevo tenían una ofrenda y con la ofrenda no sólo se renovaba la fe del águila en su pueblo, sino la fe del pueblo en su águila.

Alicia Pérez Gil, Gustavo Raga y Judith Bosch 2015.

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