Noche de Halloween con MONOVAMPIRO

Monovampiro

Por Israel Alonso y Judith Bosch.

La sección Homenaje al Ilustrador tenía que contar algo hoy, día de Halloween. ¿Qué sería Haloween sin los artistas que le dan forma y vida a nuestras fantasías y temores?

Sin imaginación y sin artistas ninguna celebración sería lo que es. Especialmente esta.

Además, mi admirado amigo y colega, el escritor Israel Alonso y servidora llevábamos tiempo pensando en preparar una sorpresa para Monovampiro: un dúo de artistas único al que apreciamos muchísimo.

Una cosa se unió con la otra y aquí tienes el resultado.

¡Que lo Disfrutes!

Uniquísima Criatura

Texto. Israel Alonso.
Arte: Monovampiro.

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En su cabeza el Hambre era una enorme araña con patas de alambre que se le paseaba por el estómago, desgarrando, horadándole con las ocho huellas los maltrechos órganos. Podía oírla sorber los líquidos internos, sus valiosos líquidos internos -la esencia pura de su no vida-, agazapada, con las extremidades firmemente clavadas en la jugosa carne para no caerse dentro del charco que drenaba ansiosa.

El dolor le hizo vomitar. Sangre. Lo único que necesitaba. Lo único que le alejaba de la segunda muerte, la última muerte, se le iba por la boca en un chorro negro que hedía a metal y a miasma.

               Miró el charco de sangre, mezclado con la tierra y unas hormigas que tenían el tamaño de cucarachas, y pensó en bebérselo. Ese sí era el último tabú. La condenación. Alimentarse de la vitae propia, del propio linaje; beber del negro Arroyo Interior.

               —Ahora ya no tan interior —masculló y su voz sonó a barro desquebrajándose.

               Lloró. Sin lágrimas; estaba seco salvo por el Arroyo. Pero lloró. Aquel llanto, casi redentor, casi divino, le recordaba un tiempo en el que llorar formaba parte de existir. Y algo se movió en la maleza.

               Aguzó el oído y, como cuando estaba en plena forma, dibujó en su cabeza la naturaleza del sonido. No había vivido doscientos setenta y dos años sin saber interpretar un sonido; alguien (o algo) le había oído llorar, se había alarmado, había dado un respingo y ahora trataba de ser silencioso.

               Avanzó lentamente, sin levantarse del suelo, a gatas, preparado para usar la poca fuerza que le quedaba en cuanto viese a su posible víctima.

               Descorrió las ramas con una mano ávida que era todo hueso y descubrió al mono. Descomunal, de pelo rojizo y brillante, lleno de nudos aquí y allá. Un mono que le contemplaba con unos ojos gigantescos.

               No reaccionó. Ni si quiera pestañeó.

               Frente al mono, dispuesto en un improvisado atril urdido con ramas, había una especie de lienzo. Y el hecho de que tuviera en una mano una rama con el extremo embadurnado en algo pringoso de color azul y en la otra un trozo de madera con varios pegotes del mismo material en distintos colores no hacía sino reforzar la absurda idea de que el animal estaba pintando un cuadro.

               Drumnov avanzó medio metro ante la atenta mirada del mono que, en efecto, estaba pintando. Pintando monas, para ser exactos. En el improvisado lienzo podía verse, aún sin terminar pero con una técnica bastante aceptable -algo naif, dirían los expertos-, a un trío de monas ataviadas con tutú y los labios pintados de rojo intenso.

               —¿Vas a comprarme un cuadro?— preguntó entonces el mono, elevando cien puntos la escala de irrealidad y sorpresa de Drumnov.

               Ahora sí, el vampiro retrocedió alarmado, pensando fugazmente que aquello debía ser lo que le sucedía a un no muerto cuando se aproximaba al último descanso: monos que hablan y pintan monas.

               —Oh, por favor, no te asustes. Soy vegetariano —continuó el mono, dejando a un lado sus útiles de pintura—. Quizá algún jabalí salvaje de vez en cuando, pero pequeño, ¿eh? Y caimán. Me encanta el caimán, pero es verde, ¿no? Debería contar como verdura.

               El mono soltó una carcajada que congeló la jungla durante unos segundos. Ahora que había silencio alrededor. Se palmeó la rodilla y se serenó al instante, doblando un poco la cabeza para ver a Drumnov.

               —¿Qué eres? ¿Eres vegetal?

               —No. ¡No! ¡No soy vegetal! ¡En absoluto! —respondió y su voz le pareció extraña. Chillona y extraña.

               —Era una broma —sonrió el mono, con esa sonrisa llena de encías que solo puede conseguir un primate—. ¿Qué haces en mi selva?

               Drumnov resolvió que huir era una tontería. No llegaría demasiado lejos en su actual estado y, a juzgar por el tamaño del pintor, estaba convencido de que en dos tranquilas zancadas lo alcanzaría. Así que optó por otra medida de supervivencia: seguir la corriente y esperar.

               —Estoy perdido —respondió.

               —Ya veo, ya. Hacía tiempo que no se perdía nadie de tu estilo por aquí. Ya sabes, flacucho y sin pelo. El tipo de la túnica y el palo raro… creo que de eso hace muchísimo. Es extraño. No tengo apenas recuerdos de antes de que llegara el de la túnica. Un señor muy atento, con barba larga, sombrero puntiagudo y muchas ganas de charlar —el mono se quedó pensativo un instante, como contrariado—. No, señor. No tengo apenas memoria de antes del tipo de la barba. Me suena algo de tirarme al estanque desde una rama y nosequé de lanzarle mis propias heces a los… uh, perdón. No es de buena educación hablar de heces.

               —No, tranquilo, no pasa nada —consiguió decir Drumnov.

               El mono estaba describiendo someramente la visita de un mago. Eso explicaría muchas cosas, claro. De no ser por el hecho de que no quedaban magos. Su estirpe había luchado contra ellos hasta exterminarlos. Un exterminio mutuo, casi podría decirse, porque del bando de los vampiros apenas habían sobrevivido una docena.

               —Se te ve mala pinta. Pero bueno, qué se yo. A lo mejor eres de otra especie. Igual he dicho una bobada, ¿no? Es como si vas a un perezoso y le dices que parece cansado si lo comparas con el viejo Shardik. Son especies distintas, ¿entiendes?

               Drumnov asintió.

               —Sí, entiendo. Pero no, no te has equivocado. Estoy algo… débil.

               ¿Por qué, en el nombre de todos los dioses que han existido, se le había ocurrido confesarle su debilidad a una bestia como aquella? La araña de patas de alambre debía haber puesto huevos en su cerebro.

               —¿Tienes hambre?

               La pregunta, tan natural, que había brotado de los labios aún sonrientes del gran mono acabó por matar a Drumnov. No en un sentido literal, claro está, porque ya se había muerto una vez hacía más de doscientos años y no era eso lo que le había pasado ahora, pero sí que acabó por desmenuzar todas sus defensas mentales. Vio a la locura llegar, con sus tentáculos y sus antenas, posarse sobre su cabeza y abrírsela con un cortapizzas.

               —Tengo… muchísima hambre —dijo, en un estertor.

               —¡No pasa nada, amigo! ¡Lo mío es tuyo! —el mono se levantó y oscureció la sonrisa burlona de la luna. Y el cielo entero. Y media jungla oscureció al levantarse, de tan enorme como era. Mucho más de lo que había parecido mientras estaba sentado— Tengo por aquí algo de fruta. ¿Te gustan los plátanos? Y caimán… creo que me queda algo de caimán. ¿Eres vegetariano?

               Drumnov comenzó a llorar. Otra vez. Notaba cómo se le secaban los ojos por dentro en el esfuerzo que su cuerpo hacía por arrancar lágrimas de donde sencillamente no las había.

               —No… no como esas cosas…

               —Ah, ¿no? Eres insectívoro, ¿no? Debajo de aquella roca he visto antes un ciempiés que no se lo salta un… oye, ¿qué te pasa?

               Drumnov se había desplomado lateralmente, abandonándose al desmayo que parecía cernirse sobre él en aquel paisaje de pesadilla. El mono dio una enorme zancada hasta ponerse a su lado y lo levantó como pudo, con delicadeza, sosteniéndolo sobre su antebrazo como si cuidara de un bebé.

               —Hambre —pronunció.

               —Vale, vale… tienes mucha hambre, pero no comes fruta ni caimán ni ciempiés… Cuéntame qué comes y veré qué puedo hacer. La jungla es muy grande y me la conozco como la palma de mi mano. Dime.

               Drumnov pensó que no podría contarle nada. Que no podría decirle lo que necesitaba y que, de todos modos, no tenía la más mínima importancia. ¿Qué iba a hacer el mono? ¿Cazar para él? A juzgar por los extrañas ideas alimentarias del animal, era capaz de traerle una piedra para que le chupara la sangre.

               Pero sí que habló. Habló tanto que la luna se escondió en el horizonte dando paso a los primeros rayos del amanecer. Ni siquiera dejó de hablar cuando el mono lo llevó a toda prisa a un refugio a cubierto del sol.

               Le habló de la estirpe, de los primeros moradores, de la vitae, de la inmortalidad, del Hambre… ¡Oh, sí! Le habló mucho del Hambre. Y cuanto más la mencionaba más notaba cómo se pulverizaban sus órganos por la falta de sangre. Y cuando hubo acabado, a un paso ya de cerrar los ojos para siempre, fue el mono el que habló.

               —Entonces… —alargó las eses como si estuviese resolviendo un acertijo demasiado complicado— tú eres así porque alguien te mordió y te dejó vivir, ¿no? Como una especie de favor que te hizo. Ya sabes, vivir eternamente y esas cosas.

               —Tiene sus desventajas.

               —Sí, ya. El sol y esas cosas. El ajo… que no sé ni lo que es. Y no soy religioso, así que tampoco creo que lo de las cruces me afectara.

               A Drumnov se le iluminó el cerebro. No se había dado cuenta porque no tenía fuerzas para darse cuenta de nada, pero de pronto lo vio con claridad. ¿Era posible que el mono estuviese interesado en…?

               —¿Me estás diciendo que…? —Drumnov no daba crédito— ¿Quieres que te… convierta en…?

               El mono asintió lentamente con aquella cabeza enorme y sonrió, con todos los dientes.

               —Mira, no veo el problema, la verdad. De noche pinto mejor. Y se está más fresquito. Y lo de la alimentación… si te digo la verdad; ya estaba un poco harto de ser vegetariano. Comido un apio, comidos todos. Y el caimán se te queda entre los dientes cosa mala. Y tú no tienes buena pinta, perdona que te diga. Ganamos los dos, ¿no crees?

               —Pero… tendrías que alimentarte de los…

               Drumnov se calló. ¿Acaso no era lo que hacía ya? El mono cazaba animales, era evidente, para su curiosa concepción del vegetarianismo. Los animales cazan para comer, lo han hecho desde que el mundo es mundo. Y están exentos de asuntos tales como la crueldad, la culpa o el sadismo. Era romper un tabú, es evidente, y ni siquiera estaba seguro de que pudiera hacerse. Pero era eso o morir. Y, después de todo, el mono se estaba prestando voluntario.

               —Venga, menos chismorreo y dale a esos colmillos —dijo el mono, y soltó otra de aquellas atronadoras carcajadas.

               Drumnov acercó la boca al inmenso cuello de aquel animal, al principio con miedo, luego con nerviosismo, pero con fruición en cuanto probó la primera gota de la sangre; una sangre bañada con magia pura, aún más pura si cabe por el hecho de pertenecer a una especie única sobre la faz de la tierra. Una criatura única que se había convertido en Única al encontrarse con aquél mago errante, un superviviente quizá como el propio Drumnov, y que estaba a punto de convertirse, si la cosa funcionaba, en Uniquísima.

               Drumnov bebió hasta saciarse pero, por supuesto, no mató con ello a su victima voluntaria. No porque hubiesen acordado tácitamente que no lo haría, sino, sencillamente, porque habría sido incapaz de secar aquella fuente de vitae por mucho que se lo hubiese propuesto. ¿Cuántos litros de preciosa sangre podría albergar aquel gigante?

               Cuando hubo terminado notó como regresaba al mundo. Había entrado en el trance habitual que le sobrevenía cada vez que se alimentaba, sobre todo cuando estaba verdaderamente hambriento, y apenas había notado los jadeos, casi ronquidos del animal, que parecía estar disfrutando del proceso. Siempre ocurría. No sabía por qué pero siempre ocurría.

               Se retiró un poco, fue incorporándose y notando como la fuerza volvía a recorrer su cuerpo. Después de todo, beber la sangre de aquel mono había sido la experiencia más placentera y reparadora de toda su existencia. El poder casi le brotaba por los poros.

               El mono lo miró, sonriente, y algo había cambiado. Algo Grande había sucedido.

               —¿Ha funcionado? —dijo, aún temeroso, Drumnov.

               —¡Vaya que sí! Me siento…

               El mono saltó con una velocidad tal que al vampiro le costó ver el movimiento completo. Dio brincos y volteretas por toda la cueva, desapareciendo y apareciendo, de una a otra punta de la caverna, en sombras que, a priori, no parecían lo suficientemente grandes para él y apareciendo a través de otras en la otra punta de la caverna. Gritaba de puro júbilo, danzaba y se carcajeaba. Era la alegría hecha mono. ¿Mono o vampiro?

               Cuando al fin se relajó se plantó frente a Drumnov, sin perder aquella enorme sonrisa.

               —¿Y ahora qué? —quiso saber.

               El vampiro sonrió, contagiado por la felicidad exultante del animal.

               —Ahora convendría dormir hasta que vuelva a salir la luna. Ya sabes… el sol.

               El mono miró hacia fuera, haciendo visera con un antebrazo. Drumnov pensó que ahora vendría el breve momento de tristeza de todos los recién convertidos. El darse cuenta de que nunca más disfrutaría de las delicias de la vida diurna. Pero no, no hubo momento de flaqueza. El mono solo soltó un suspiro que pareció arrastrar todo el aire del mundo y volvió a sonreír.

               —Eso está bien. Mañana por la mañana podría pintar algo bien grande.

               —Por la noche.

               —¿Qué? ¡Ah, eso, sí, por la noche! —carcajada— Pues por la noche. Se me ocurren varias cosas que quiero pintar. Ahora puedo ver colores y texturas que… ¡joder! ¡El mundo es un lugar mucho más mágico! Igual hasta te hago un retrato, ¿quieres?

               —Eh…

               —Venga, hombre. Te quedarás un tiempo con este mono, ¿no? ¿Sigo siendo mono ahora que soy vampiro?

               —Me quedaré un tiempo, sí, solo por curiosidad —decidió Drumnov, y era verdad. Sentía una curiosidad enorme, como una especie de araña azul y blandita que trepase por su espina dorsal haciéndole cosquillas. Quería saber cómo sería ahora la vida del extraño personaje que tenía delante—. Y sí, sigues siendo muy mono— ahora el que soltó una carcajada fue Drumnov—. Pero yo diría que a partir de ahora habría que llamarte… no sé… ¿MonoVampiro?

               —MonoVampiro… —saboreó la palabra— ¡Sí! ¡Suena bien! ¡Suena muy bien!

Microrrelatos Monovampíricos

Textos: Judith Bosch.
Artes: Monovampiro.

monovampiro_The-planet-of-the-apes-03

Abuso de Confianza

Si le acercas un plátano al Monovampiro te agarrará la mano. Y luego el brazo entero.

Sociabilidad

Aunque el Monovampiro disfrute en compañía de los niños, por razones de logística, rentabilidad de esfuerzos y beneficios, prefiere tratar con los padres.

Monovampiro

Tácticas de Caza

El Monovampiro asoma la cabeza. Después de oír el disparo se cuelga de una rama, boca abajo. Y espera pacientemente.

Dos cazadores de un tiro

-Will, este mono, en lugar de caer, se ha quedado enganchado de una rama. ¡Mira qué curioso!

Error fatal.

monovampiroBrindis de Año Nuevo

Cada Navidad el rastro de algún paleontólogo, algún escritor despistado o algún misionero se pierde en la selva para siempre. El Monovampiro y sus amigos celebran el nuevo año llenando sus copas de sangre de virgen.

 

Israel Alonso, Judith Bosch y MONOVAMPIRO 2015

¡Feliz día de Haloween!

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