Canciones de Navidad con Arthur Rackham

Arthur Rackham

Por Israel Alonso y Judith Bosch.

Nos llena de orgullo y satisfacción acabar este año -y empezar el siguiente- de manera creativa y rindiendo homenaje a un ilustrador tan interesante como Arthur Rackham.

Cada Navidad suenan las mismas canciones de “paz”, “amor”, “esperanza”, “ilusión”, queremos sumarnos al jolgorio -tal vez con alguna dosis de mala uva que esperamos, perdones- y aprovechamos para desearte felices fiestas y prospero 2016.

¡Abrazos!

Canciones de las Navidades Pasadas

Blanca Misoginia

Blancanieves Arthur Rackham

Texto: Judith Bosch.
Ilustración: Arthur Rackham.

-Está inconsciente –dijo el enano sabiondo.

-Ya podría haber escogido otra fecha para echarse a dormir –musitó el enano gruñón -. El pavo de Navidad no se hace solo.

-¿A quién hay que besar sin su consentimiento? –preguntó entonces el príncipe, que irrumpió en la estancia vestido de azul, perfumado y peinado para la ocasión.

-Es igual, comeremos otra cosa. Ahora acostémosla, cuidémosla y tú, príncipe, vete preparando un discurso de amor verdadero –concluyó el enano bonachón.

-¿Para qué necesitamos cuidarla y lo del amor verdadero? –preguntó el enano tímido.

En ese momento el pequeño de los Grimm rompió los tres folios que llevaba escritos y salió a tomar el aire. “¡Malditos personajes! –exclamó violentamente -. ¡Todo el día conspirando en mi contra!”.

AGUINALDO

Brujas Arthur Rackham

Texto: Israel Alonso.
Ilustración: Arthur Rackham.

Por Navidad, los niños del orfanato iban de casa en casa cantando alegres villancicos con sus vocecitas angelicales. La encorvada vieja llena de pústulas que se hacía cargo de ellos esperaba pacientemente a un lado, observando la ejecución de la pieza y moviendo los labios como si mascase la letra.

Cuando habían acabado se acercaba con su candil para iluminar a los vecinos recién agasajados y extendía una mano con una cestita de mimbre.

—Más te vale que esta vez haya sido una buena propina, vieja —le decía siempre el más pequeño, aquel en cuyos ojos bailaban dos calaveras rojas—, o esta noche volveremos a jugar contigo hasta quedarnos dormidos.

Cena de empresa

Arthur Rackham Princesa

Texto: Judith Bosch
Ilustración: Arthur Rackham.

-¡Rapunzel! –insistió el mozo.

La ventana seguía cerrada y la luz apagada.

-¡Rapunzel! –gritó por cuarta vez. Pero nadie respondería. Ella decidió festejar su cuento sola, a su antojo, y aquella noche solamente el viento treparía por su trenza.

Pecado Navideño

Arthur Rackham manzano

Texto: Israel Alonso.
Ilustración: Arthur Rackham.

 “Podéis haced lo que os pladca, pedo os adviedto: no pobéis las futas de ese ádbol. Es lo único que os encadgo —dijo el Jefe”.

Y así fue como descubí que las conífedas no dan fudos dojos, dedondos, billantes y dudísimos. Y que a vedes los jefes adviedten pod el bien de uno.

Ilusión

Arthur Rackham Ilusión

Texto: Judith Bosch.
Ilustración: Arthiur Rackham.

Cada Navidad el señor feudal cobraba el doble a sus vasallos con la excusa de hacerles partícipes del sorteo de una paletilla. Pobres, muertos de hambre, en ninguna otra fecha del año pagaban tan a gusto.

Sin noticias de Papá Noel

Arthur Rackham

Texto: Israel Alonso.
Ilustración: Arthur Rackham.

NÁUFRAGO Nº 1: Feliz Navidad.
NÁUFRAGO Nº 2 (abriendo los ojos y viendo el regalo): Joder, ¿otra vez conchas?
NÁUFRAGO Nº 1: Si metes la carta en una botella y la lanzas a tomar por culo, ¿qué quieres que te traiga? A ver si te piensas que sé leer la mente.

Pesebre 2.0

Arthur Rackham

Texto: Israel Alonso.
Ilustración: Arthur Rackham.

—¿Estás seguro de que es ese? —dijo el mago senegalés.
—Eso me ha dicho este —respondió el mago chino.
—Así es, señores —dijo el mago escocés, dando un salto y acercándose con grandes pasos al pesebre.
Al llegar frente al niño exclamó:
—¡Vamos! ¡Tenemos que regresar al futuro! ¡No te imaginas la que están liando tus hijos!

La navidad del señor K

Arthur Rackham

Texto: Israel Alonso.
Ilustración: Arthur Rackham.

Cuando se despertó, el señor K descubrió fascinado que alguien se había comido los mazapanes, se había bebido la mitad de los tres vasos de leche, tres cuartos del barreño con agua y la cajita negra con bolitas que su padre llevaba meses dejándole en una esquina del cuarto.

Canción de las Navidades Presentes

Blanca Navidad

Arthur Rackham Santa

Texto: Judith Bosch.
Ilustración: Arthur Rackham.

La nieve se acumula en los tejados

y cae

blanca y gélida como los cínicos,

invasora y totalitaria,

como los idealistas,

lo cubre todo y se erige,

por encima de sus destrozos,

como la soberana de estas fechas,

la reina de la Navidad.

La nieve se disfraza de ingenuidad

y de sueños,

“mis copos encierran la estructura perfecta”, dice,

“soy pura”, dice,

“soy bella”,

y así la crees,

aún con los dedos entumecidos

y la espalda desgastada,

así la crees y la admiras.

¡La nieve!,

¡la puta nieve!,

todos,

todo el año,

estamos rodeados de ella.

Fdo: Santa Claus.

Canción de las navidades futuras

Sueño en voz alta

 AR_PapaNoel5

Texto: Israel Alonso.
Ilustración: Arthur Rackham.

Los de la guardia nocturna no hacen preguntas, no en el barrio minero. Primero disparan y luego, si acaso, se enteran de lo que tengan que enterarse. Por suerte, el viejo es rápido y toma la esquina del bloque 37 justo antes de que el tercer disparo le vuele la cabeza. Los fragmentos de muro crean un curioso dibujo en el aire durante un nanosegundo. Al viejo le habría gustado verlo. Al viejo le encantan esas cosas.

               El sol se filtra a duras penas a través de las enormes moles negras que los mineros llaman hogar, porque de alguna manera hay que llamarlo. Cuando llega al suelo es una luz sucia, fantasmagórica, como si se hubiese contagiado de las miasmas de los habitantes más pobres, sucios y enfermos del país. Y aún así el viejo, que aún lee en papel, que aún recuerda la Poética de Kirón, que cree en la sincronía y en los diversos planos de existencia, y en las viejas leyendas, sonríe con sus dos únicos dientes ante la visión. Pero sin dejar de correr, porque quiere vivir. Porque se aferra a la vida como la mugre a la ropa y el reuma a los huesos.

               En un salto que hace que le duelan todas las articulaciones, salva la barandilla de la plataforma de carga abandonada (¿recuerdas cuando había coches por todas partes?) y cae de rodillas sobre la montaña de basura. Jadeando, con el corazón en el paladar, se arrastra entre los detritos en busca del agujero. Los pasos de los guardias resuenan militarmente cuando doblan la esquina. El viejo no los oye pero sabe que se gritan órdenes a través de sus módems corticales sin necesidad de mover los labios. El módem es el mayor avance de la humanidad, dice la gente. La gente rica. Los mineros no pueden permitírselo. Los mineros están muertos en vida.

               Aferrando con todas sus fuerzas el tubo metálico que acaba de robar, pasa a través del agujero apretando las mandíbulas por el esfuerzo. Dicen que el ser humano va a romper la barrera de la edad, que vivirá muchos más años. Él no es un ser humano, solo un prescindible minero, y va a vivir lo que va a vivir. Poco más de lo que ha vivido, que, de hecho, es mucho en comparación con la mayoría de sus vecinos. Piensa en los tiempos en los que las cosas eran más fáciles, pero no con añoranza. No puede permitírselo. Simplemente piensa en ello de manera superficial, como quien se acuerda de que una vez robó una manzana. Una de verdad y no una imprimida. Lo que se ha llevado hoy está muy por encima de eso. Le ejecutarían sin pensarlo por lo que ha hecho. Lo acribillarían a balazos por haberse atrevido a entrar en un edificio gubernamental y haber sustraído el dichoso tubo metálico. Pero la ocasión merece el riesgo. Lo merece con creces.

               La trastienda de la vieja estación de carga es una cueva negra que huele a descomposición y humedad. El contorno negro de los muebles desvencijados y la maquinaria saqueada, destripada de todo lo que pudiera ser útil, se le antoja precioso. Porque al viejo le encantan estas cosas. Porque el viejo ve la poesía bajo las capas de mierda de lo que le rodea. Todos esos bultos donde brillan los ojos de las ratas y las alimañas rastreras se le antojan huesos de animales mitológicos. Y quizá sea justo eso lo que son. Esqueletos de otro tiempo.

               Se acerca a la puerta que siempre está abierta, se besa la mano y pega el beso en el calendario de la pared, anclado en un septiembre de hace más de cincuenta años. El viejo ya no recuerda por qué lo hace, pero se ha convertido en tradición. En ritual. Los rituales son buenos. Son parte de la memoria de las cosas y de los hombres. Sin ellos el olvido se hace fuerte y lo destruye todo. Quizá él pudiera permitirse olvidar, sentarse a ver cómo todo se derrumba, dejarse morir en un rincón mientras el mundo que le rodea se precipita, escalón a escalón, al mismísimo infierno. Pero están los niños. Benditos sean.

               Tras la puerta está la oficina del jefe. De cuando en estos barrios había jefes y no solo muertos de hambre. La mesa de trabajo es ahora un rectángulo carbonizado sobre el que la montaña de basura ha depositado sus huevos.

               El viejo se queda inmóvil, escuchando. No mueve un músculo mientras trata de discernir si el ruido a su espalda lo ha provocado un animal o no. El roce de la tela dura de los pantalones de uno de los guardias lo delata. Esta vez han conseguido seguirlo. No podía durar para siempre la buena racha.

               Abre la segunda puerta, la que le lleva a la calleja de detrás del viejo cine (¿te acuerdas cuando la gente veía películas?) y se agacha un instante, intentando no hacer el más mínimo ruido, para activar el cable trampa. Sabía que algún día tendría que usarlo, pero esperaba con todas sus fuerzas que ese día no llegase nunca. No le gusta la violencia. La detesta. Pero ellos disparan y matan a los suyos. Estarían encantados de volarlo en pedazos por haberles robado algo que ni siquiera necesitan en realidad. Así que solo se arrepiente un poco por lo que va a hacer. El pitido que anuncia que la carga explosiva está activa rompe el silencio. Reza para que los guardias no lo hayan oído o, al menos, no lo hayan sabido identificar.

               Y corre otra vez. Aguantándose el costado, que le duele como si hubiera tragado cristales.

               Cuando atraviesa el hueco de ventilación de uno de los equipos de aire, una de esas moles que permiten que al menos todavía se pueda respirar sin máscara, oye perfectamente cómo uno de los soldados abre la puerta que acaba de dejar atrás.

               La explosión resuena en todo el barrio mientras él se arrastra por los conductos, desollándose los codos con el óxido del lugar.

               —Ya casi estás en casa, viejo —dice—. Y aún llegarás a tiempo. Los niños estarán impacientes.

               Los niños. Solo espera que no se les haya ocurrido jugar con los cacharros. Ha dedicado demasiado tiempo para montarlos, son totalmente artesanales y, por tanto, tremendamente frágiles. Le ha costado meses de robos sistemáticos en los barrios de la gente normal, de entrar a hurtadillas en casas y edificios públicos, de trastear en los vehículos blindados de la guardia mientras ellos tomaban licor sin pagar en los antros de la periferia. Se ha jugado la vida tantas veces que casi no puede contarlas, pero ha llegado a tiempo. El tubo de metal les dará la energía necesaria y los niños podrán ver lo que quiere enseñarles. Al viejo le encantan estas cosas.

               Evita pensar en los guardias y en el cable trampa y en que sin duda al menos uno de ellos ha debido perder, como poco, una pierna en la explosión. Eso significa que no le van a seguir persiguiendo. De momento. Pero también significa que habrán pedido refuerzos. Aún así cree que está a salvo. SI consigue llegar al sótano todo habrá merecido la pena.

               Abre con cautela la rejilla de ventilación del otro lado y asoma la cabeza como un gato, sigiloso y alerta. No hay nadie a la vista. La montañacaída del viejo edificio de la Cruz Roja le recuerda a un oso enfermo, moribundo sobre la acera.

               Sale corriendo de nuevo, notando cómo el tubo metálico, cargado con la energía que a ellos les está vetada, le calienta la mano bajo los mitones. Ahí delante está la entrada al sótano. Uno de los niños está asomando la cabeza por la ventana, a la altura de la acera. Le hace un gesto para que se esconda y mira a todos lados para asegurarse de que nadie le sigue. Los drones de la prensa ya deben haber acudido a la explosión. Los de la guardia deben estar sobrevolando la misma zona. Vía libre.

               Saca la llave de algún lugar bajo las capas de harapos, como quien hace magia, y se deja caer sobre la puerta, abriendo casi sin mirar.

               El olor del hogar, de la ratonera a la que llama hogar, le da una bienvenida caliente y húmeda. El aroma de los libros (en papel, como antaño) y el pequeño fuego que una de las niñas mantiene vivo, la melodía sistemática de las tuberías en el techo.

               Los niños, sus Niños Perdidos, se acercan a abrazarlo. Le llenan de besos y apretones, devolviéndole la vida a sus huesos. Aún así mira por el ventanuco antes de relajarse del todo. Nadie. Lo ha conseguido.

               —¡Abuelo! —exclama el pequeñoRomm, el más pícaro y el que más le quiere.

               —¿Ya es Navidad? —dice Brama, la pelirroja con pecas, su pequeña aventurera, pronunciando la palabra como si se tratase de un pájaro exótico.

               —Aún no, pero casi —responde el viejo. Hace siglos que no ve un reloj más que en las calles de los barrios a los que acude para agenciarse víveres y medicinas (y componentes para los cacharros), pero sabe que aún queda un poco para la medianoche. Lo ideal sería esperar a la mañana, para que la tradición fuera exactamente como la recuerda, pero los niños no van a esperar tanto. Ni él va a pedírselo. Demasiado han esperado ya. Demasiado han aguantado viendo cómo montaba los cacharros, cómo unía basura inservible para crear los cascos mientras él les contaba cosas sobre la Navidad.

               ¿Quién se acuerda de la Navidad? El viejo al menos sí. Porque al viejo le encantan esas cosas. Le mantienen vivo. Le mantienen cuerdo.

               —Dadme un minuto, sentaos delante del árbol.

               El árbol no es más que un perchero raquítico al que le han colgado papeles, hojas de los libros del viejo, fragmentos de historias olvidadas. El Génesis, Romeo y Julieta, la Tetranoia, La Historia Interminable… los cuentos que ayudan a dormir a esos niños que, en opinión del viejo, son el futuro. En ellos está recordar las viejas historias, las que ya nadie recuerda, y hacer posible lo imposible.

               Todos obedecen y se sientan frente al árbol mientras él coloca la barra metálica en el lugar adecuado en la consola de mandos, arrancada de una estación de comunicación de la antigua carretera 7. Abre la interfaz y descubre, sonriendo, que tiene corriente. Está dentro. Los seis cascos, uno para cada niño, están conectados con enormes cables, también robados, empalmados aquí y allá y llenos de remiendos y cinta.

               Los niños están nerviosos, pero el viejo sabe lo que se hace. No tiene ni idea de cuánto tiempo le va a durar la batería robada, pero ya ha conseguido acceder a la nube y ha descargado con éxito el software que necesita. De algo le tenía que valer haber sido joven alguna vez y tener intacta la memoria. Más o menos.

               La appde simulación ya está cargada. Ahora queda obrar el milagro.

               Los niños, sus Niños Perdidos, han nacido sin tecnología y solo saben de la existencia del módem cortical por lo que han oído en las calles. El viejo supone que para ellos debe sonar como a magia. Ni siquiera cree que sepan qué es lo que esperar exactamente. Solo espera que la cosa funcione y que sus cacharros, que no dejan de ser módems externos de fabricación casera, cumplan con su función. Y solo hay un modo de comprobarlo.

               Se levanta de un salto y comienza a recoger los cascos, con cuidado de que no se le desmenucen en las manos, vigilando por enésima vez que no haya cables sueltos y se encamina a los niños, uno a uno.

               —Cerrad los ojos, niños —dice, al tiempo que le pone el casco, con el visor desplegado delante de los ojos al mayor de ellos, al simpático Adrián—. Y no los abráis hasta que yo os lo diga. Muy bien, Adrián, no te muevas. Ahora tú, Luz, buena chica. Brama… muy bien. Victoria, este es el tuyo… ¡no abráis los ojos o se rompe la magia, gamberros! Venga, a ver que te ponga el tuyo, Fernán. Muy bien. Y, por último, el pequeño Romm.

               —¿Tú no tienes, abuelo? —dice Romm, con su voz cantarina.

               —Yo no necesito, hijo. Yo no necesito —responde, emocionado.

               Se aleja unos pasos, contemplando a los niños en semicírculo frente al perchero, conectados a la máquina como un extraño racimo de uvas mecánicas. Ve la sincronía en ellos, ve el patrón de la naturaleza en la disposición de sus menudos cuerpos, la matemática y la poesía de su pequeño hogar. Y se sienta en el otro extremo de la habitación, con el teclado entre las piernas, a punto de abrirles los ojos a otro mundo. Un mundo que tal vez regrese, pero que ahora queda muy lejos de ellos. Y de todos, a decir verdad.

               —Un segundo más… no seáis impacientes.

               Las risitas nerviosas de los niños le hacen vibrar el corazón dentro del pecho.

               Abre la línea seis de cada uno de los módems externos, la que permite la recepción de datos y la integración de los mismos a través del software sensorial. Y vuelve a sonreír, acomodándose contra la pared.

               —Ahora sí. Niños, abrid los ojos —dice, emocionado, al borde del llanto, mientras pulsa un botón para que se reproduzca la simulación.

               Él no puede verlo, no como lo están haciendo ellos, porque no ha querido hacer un casco para sí mismo. No le habría dado tiempo si quería llegar al veinticinco a tiempo, pero además quería estar fuera para supervisar que todo saliera bien. Y de todos modos no le hace falta. Las exclamaciones y los gritos de júbilo de los niños le van guiando por lo que están contemplando (tan real como si estuviese realmente ahí) y su imaginación, activa y poderosa desde que él mismo era un niño, hace el resto.

               Así, contemplándolos a ellos y escuchando sus reacciones, ve también cómo el perchero se convierte en un enorme y frondoso árbol de navidad, con docenas de adornos con multitud de formas, elfos, renos, duendes, bolas de colores con purpurina y cascabeles, guirnaldas brillantes y luces intermitentes que parpadean al compás de la música. Algo que en su tiempo se llamaba villancico, que habla de otras tradiciones más viejas y probablemente falsas, pero que inundan de alegría a quien las recibe. Canciones viejas que hablan de amor y fraternidad, de hogar y familia.

               Ve, a través de los Niños Perdidos, las paredes llenas de cuadros, la chimenea (allí donde solo había una pequeña fogata dentro de un cubo de zinc) con calcetines enormes, rojos y blancos, colgados para que los magos dejasen sus regalos para los niños buenos. Los tres vasos de leche y el barreño para los camellos, en una esquina. La ventana, el enorme ventanal, a través del cual se ve caer una nieve tan blanca que es casi cegadora. Y las voces de otros niños, en otras casas, cantando y riendo, soñando en voz alta.

               Soñar. A fin de cuentas es de eso de lo que se trata. De soñar.

               El viejo abandona la ilusión y se la deja entera a sus niños, a los benditos niños que a saber dónde estarían si él no los hubiese acogido y protegido. Sonríe, con sus dos dientes, y su barba blanca, amarillenta por partes y con calvas aquí y allá, le recuerda a otra leyenda navideña, otra de aquellas que se remontaba a otros cuentos y a otras latitudes, y se siente verdaderamente afortunado.

               La batería aún durará unos minutos, lo presiente. Tiempo más que suficiente para levantarse, ahora que no le ven y sacar del escondite los regalos que les tiene preparados y colocárselos frente a ellos, en el suelo. Los magos habrán venido el veinticinco, en lugar del seis, o quizá sea obra del otro, del de las barbas. Da igual. El caso es traer la magia a la ratonera. El caso es que sean felices. Ya se le ocurrirán otras leyendas, otros cuentos viejos y olvidados que contarles para que sigan siendo niños en el oscuro agujero que han heredado. Habrá que salir más veces. Habrá qué robar más energía. Habrá que seguir luchando. ¿De qué otra manera podría seguir vivo?

               Al viejo le encantan estas cosas.

Arthur Rackham, Israel Alonso y Judith Bosch 2015

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