Hados Padrinos y otras curiosidades

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Ilustraciones de Natalya Lizárraga Conchatupa, con textos de Israel Alonso y Judith Bosch.

 

Tuve la suerte de descubrir la obra de Natalya Lizárraga, hace unos meses. Estuve un tiempo decidiendo en qué lugar homenajearla, si aquí o en una entrada de “Tinta Roja”, la sección que comparto con Pedro Escudero Zumel. Finalmente se unieron varios improvisos a la tentación de descubrir qué vueltas le daría el ingenio del escritor Israel Alonso a la mirada tan peculiar de esta artista. Y aquí está el resultado.

¡Que lo disfrutes!


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Instrucciones para volar en Mariposa

Texto: Judith Bosch.

Ilustraciones: Natalya Lizárraga.

  1. Esperaremos al ejemplar escondidos tras las hojas de una planta, nunca entre las flores, pues la mariposa puede confundirse y, en un momento de desenfreno y lujuria, comernos la nariz.
  2. Nos aproximaremos al ejemplar con movimientos lentos y en silencio. Si nos confunde con el viento o con una gota de lluvia, aún tendremos la oportunidad de llegar hasta ella antes de que eche a volar sin nosotros.
  3. Nos agarraremos del cuerpo para subir, nunca de las alas, pues correremos el riesgo de resbalarnos o, aún peor, quedar cubiertos de polvo de mariposa, muy tóxico para los niños enanos.
  4. Nos sentaremos en su lomo con cuidado. Si el ejemplar muestra signos de disconformidad, acariciaremos su cabeza desde atrás emulando al mismo tiempo el sonido del viento.
  5. Nos acostaremos completamente, boca abajo, antes de que levante el vuelo y no variaremos esta postura hasta que la mariposa aterrice. El niño enano que desobedezca esta instrucción y contribuya, con este acto de rebeldía, a que los habitantes del bosque sigan creyendo en hadas, será sancionado con cuatro años en tierra, agujereando setas, como los gnomos.

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TURISMO

Texto: Israel Alonso.

Ilustraciones: Natalya Lizárraga.

La de la agencia de viajes les había asegurado que nunca olvidarían la experiencia, y había acertado de lleno.

               El halcón había aparcado en el alféizar de la casa a la hora tercera de la esfera azul y todos los turistas habían bajado, en un júbilo estruendoso y desordenado, a esperar a que el chófer colocase la escala. Luego fueron descendiendo, en parejas y siguiendo las instrucciones del guía, hasta la encimera de la cocina.

               ¡Qué maravilla! ¡Qué espectáculo! ¡Qué majestuosidad de elementos arquitectónicos! ¡Qué dimensiones, puñetas!

               —Aquí pueden ver la puerta que da acceso al pasillo que conduce al resto de la casa —decía el guía mientras los hados y las hadas de la Residencia de Mayores Feéricos tomaban notas y hacían bocetos rápidos de cuanto veían—. Como pueden apreciar se trata de una puerta de madera, probablemente de pino pintada de blanco. Pero… ¿han visto ese tamaño colosal? Es millones de veces más grande que la puerta de una de nuestras casas.

               Los oes de aprobación llenaban el pequeño grupo.

               —¿Cómo es posible? —preguntó el risueño Tos Vellodeoro— Yo soy carpintero y te digo desde ya que en una de las nuestras me llevo una mañana entera. Y con la ayuda del pequeño Bulibup. ¿Cómo diantres…?

               —Aún no sabemos cómo pudieron los Grandes construir algo semejante. Con la tecnología que tenemos ahora mismo seríamos incapaces de hacer una puerta de ese tamaño y con tanta precisión. Son misterios del Antiguo Mundo.

               Más oes.

               —¡Oh, bellotas! ¿Qué es esto?

               —Se llama —el guía consultó el manido catálogo que siempre llevaba consigo. El viaje se había repetido infinidad de veces y siempre surgían las mismas dudas—. Se llama Tarro de Café. Parece ser que los Grandes guardaban ahí el café.

               —¡Caracoles! ¡Con una despensa de café así podían guardar para años!

               —Así es, CiendedosPalmagrande, así es. Creemos que la abundancia en el Antiguo Mundo era una constante.

               El guía se fijó de pronto en la señorita Mullida Trapisonda, que no separaba sus ojos azules del Tarro de Café, de sus líneas y sus formas y, sobre todo, del adorno que coronaba la inmensa estructura. Se acercó a ella mientras el resto del grupo trepaba sobre un bol de cristal lleno de fruta de plástico.

               —¿Qué ocurre, Mullida? ¿Va todo bien? —conforme se acercaba fue dándose cuenta de la expresión aterrorizada del hada— ¿Mullida?

               Ella habló, sin retirar los ojos de la escultura que había en la cúspide del Tarro. Parecía representar a un hada de su mismo tamaño. El guía se dio cuenta entonces, al mirar hacia arriba tan de cerca, de lo que preocupaba a la turista.

               —¿Soy yo? —una lágrima le cruzó la mejilla.

               —Eh… Mullida…. —el guía no sabía qué decir. El parecido era portentoso, desde luego. Incluso vestía de un modo similar al de la señorita Trapisonda— Debe tratarse de una…

               —¿Quiénes hicieron esto, señor Nidoloco? ¿Quiénes? ¿Y dónde están? ¿Dónde se fueron? Tanta maravilla creada y abandonada… ¿por qué? ¿Quién es el hada del Tarro de Café? ¿Por qué se parece tanto a mí? ¿Soy yo?

               El guía no tenía respuesta para ninguna de esas incógnitas. Él sabía lo que sabía, y no era demasiado. Lo poco que los sabios de la aldea habían recabado. La ciudad se llamaba Prípiat, eso era un dato seguro, y estaba justo encima, a solo seis cañas de su propia aldea, en la superficie. Según los viejos registros, aquellos que ya casi se deshacían en las manos al consultarlos, había habido un enorme trueno hacía muchas esferas rojas. Y luego dejó de escucharse sonido arriba. Con el transcurso del tiempo, los sabios habían ordenado partidas para ver qué había sobre sus cabezas. Pero siempre había sido considerado un lugar tétrico y peligroso.

Hasta que llegó el invento del turismo.

               Era cuanto sabía. No había más información.

               —Es una coincidencia, Mullida. Una asombrosa coincidencia —dijo, tratando de sonar tranquilizador.

               —Quizá no, señor Nidoloco. Quizá no —dijo ella en tono estoico—. Puede que sea un misterio como todo lo demás, como todo lo de los Grandes y el Viejo Mundo. Pero pienso averiguarlo.

               El miedo dejó paso a la determinación en su rostro. El guía no le dio demasiada importancia, aunque no pudo evitar sentir una desazón continua, como si le estuviesen acariciando las costillas con unas uñas muy largas, durante el resto de la visita.

               Cuando llegó la quinta hora de la esfera naranja, la hora de partir, recontó las cabezas de las hadas y hados que ya estaban acomodados sobre el halcón, con sus sonrisas cansadas y sus nuevas historias que contar en la aldea. Faltaba alguien, pero no dijo nada. Se calló. Ni siquiera miró del todo, sino que solo lo hizo con el rabillo del ojo, cuando apreció que Mullida Trapisonda estaba escalando por la cortina del baño, al fondo de la casa, rumbo a lo desconocido.

               Mientras volvía a casa sonreía, pensando en lo que le depararía el futuro a la indómita aventurera. Y sentía escalofríos de cuando en cuando al recordar cómo se parecía la estatua del Tarro a la propia Mullida. Y no podía evitar relacionar aquello con un recuerdo más viejo, que casi tenía olvidado del todo, de cuando, hacía muchas esferas rojas, llegó por vez primera a Prípiat a inspeccionar el terreno. Se le ponían los vellos de punta al recordar cómo, en una de sus expediciones explorando la ciudad abandonada, había entrado en el jardín de una de aquellas gigantescas casas y había visto, custodiando la entrada con aspecto de dioses preparados para la guerra, a dos criaturas ciclópeas idénticas a él mismo.

               A veces en sueños las recordaba, emergiendo del césped con sus barbas blancas y sus sombreros rojos puntiagudos. La misma experiencia que Mullida con el Tarro de Café.

               Esa noche, al irse a dormir, pensó en todo aquello y tomó una decisión. El próximo viaje a la superficie sería el último. Se quedaría allí arriba, buscaría a Mullida y juntos encontrarían la clave de los misterios del Viejo Mundo.

               Cerró los ojos y soñó con enormes puertas blancas que se abrían y se cerraban.

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Las alas de Carolina

Texto: Judith Bosch.

Ilustraciones: Natalya Lizárraga.

─Había una vez una niña enana, muy presuntuosa, que quería convertirse en hada. Así que se construyó unas alas de mentira. Todos los habitantes del bosque las llamaban “las alas de carolina”, eran dos trozos de tela que la niña arrancó de las vestiduras de una muñeca grande abandonada. Cada tarde los llevaba a lavar a la casa de una anciana grande. Cuando la anciana grande dejaba reposar su infusión de té y se daba la vuelta, Carolina se subía a la taza y remojaba allí sus alas.

─¿Por qué? –interrumpió la alumna rebelde.

─¿Por qué, qué?  ─preguntó secamente la maestra.

─¿Por qué las llevaba a lavar?

─Porque era muy presuntuosa. Ya lo he dicho.

─Y, ¿por qué lo hacía en una taza de té?

─Porque el agua de té caliente limpia mejor y da buen olor.

─Y, ¿por qué no se quemaba con la taza cuando subía?

─Porque subía con cuidado apoyando una cuchara.

La alumna rebelde asintió, cruzó los brazos y continuó observando a la maestra atentamente.

─Un día, en un descuido, se cayó de cabeza en la taza. Y, ¿sabéis qué paso?

Todas las alumnas negaron con la cabeza, al mismo tiempo y en absoluto silencio.

─Carolina se ahogó y sus alas de mentira bajaron con ella hasta el fondo de la taza. Y, ¿sabéis qué más pasó?

Las alumnas volvieron a negar en silencio, ahora con los ojos como platos enanos y las manos tapando sus labios.

─La anciana grande la descubrió, muerta, cuando bebió el último sorbo de té. ¿Sabéis qué ocurrió entonces?

Las alumnas taparon sus caras con las manos temblorosas. El llanto de las más pequeñas cortaba el silencio.

─La anciana creyó que se trataba de un hada, al ver las alas de mentira al lado del cuerpo muerto. La enterró en el jardín y se pasó toda la semana siguiente buscando hadas por el bosque. Miraba hacia los árboles silbando y cantando y ¿sabéis que ocurrió entonces?

─Entonces… ¿encontró hadas? –preguntó la alumna rebelde.

─¡No! –respondió bruscamente la maestra ─. Entonces, mirando hacia arriba, ¡la anciana grande pisó sin querer a un centenar de niñas enanas!

Todas las alumnas rompieron a llorar. La alumna rebelde dejó de observar a la maestra, se dio la vuelta, se quedó atenta a los gritos y los sollozos y recordó las palabras que le dijo su madre antes de ser ejecutada a latigazos: “No pararán hasta que neguéis vuestra existencia y, más aún, la temáis. En ese momento dejarán de limaros la espalda. Habréis dejado de sentir vuestras alas y dará igual que las veáis en los espejos”.

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Hados Padrinos

Texto: Israel Alonso.

Ilustración: Natalya Lizárraga

Los hados padrinos estaban ahí por la Ley de Paridad Mágica. La naturaleza, desde siempre, había sido una cuestión de dualidad; día y noche, arriba y abajo, vida y muerte, primavera e invierno, otoño y verano… Y la magia, por definición, necesitaba de la actuación de fuerzas duales para funcionar como era debido. Así que a nadie le extrañaba que la Presidenta de Asuntos Magistrales hubiese ordenado que se contratase al mismo número de hadas que de hados.

               Tulio, Mundragón y Magento ejemplificaban a la perfección la parte negativa de esta ley. Haraganes, marrulleros y cortos de entendederas, ejercían su profesión espiritual más por obligación que por deleite, y eso se dejaba ver en las chapuzas que quedaban a sus espaldas.

               —¿Quiere decir que fue un malentendido? ¿Qué no hubo mala intención? —atronó la voz del Trasgo Superior en el juicio donde se les trataba de condenar por mala praxis y descrédito a la institución feérica.

               —Sí, señoría —musitó la abogada defensora, una elfa de menos de diez centímetros de estatura que había escogido un mal día para dejar la belladona—. Mis… clientes… entendieron mal el deseo de su apadrinada.

               El Trasgo Superior revisó los papeles que le tendía la Ordenanza Draconiana y alzó las cejas, cariacontecido.

               —Aquí dice que primero la marearon hasta la extenuación.

               La abogada de la acusación, una gnoma con un pésimo gusto por las corbatas de fantasía, asintió gravemente.

               —Bueno, ella pidió poder volar, pero mis defendidos… que no tienen demasiada experiencia en lo de conceder deseos, la pusieron a volar, sí, pero todo el rato mirando boca arriba. Por mucho que la señorita… la señorita Gothingger, intentaba enderezarse y mirar para abajo, nada de nada.

               —Como si estuviera haciendo el muerto en la playa, ha declarado Gothingger. —Asentimiento de la acusación. Carraspeos del jurado.

               —Sí. Algo así. Un sencillo error de encantamiento… donde deberían haber dicho levitarumdamiselumel señor Magento dijo damiselumlevitatus. Un error sin importancia, señoría, todo el mundo los ha cometido alguna vez.

               —Ya. Ya. Sí. Pero aquí dice que su apadrinada les pidió desde el aire, cegada por el sol y con cierta torticolis, que le dieran la vuelta y…

               —¡Y la pusieron cabeza abajo! —exclamó airada la gnoma acusadora.

               —Orden, orden —golpeó con la varita el Trasgo Superior—. ¿Qué pasó, abogada?

               —Gracias, señoría. Lo que sucedió fue… —la elfa miró a los acusados, cabizbajos y colorados como tomates de huerta de pura vergüenza—. Otro error de encantamiento. El señor Mundragón tomó la palabra y lo intentó con el spectuscorrectoritus. Pero no sé qué dijo que la puso, como ha dicho la acusación, al revés. Cabeza abajo. Pero sin querer. Un error sin importancia.

               —Sí, ya veo. Otro error sin importancia. Y, finalmente, parece ser que la cosa empeoró y por eso estamos aquí, por la demanda millonaria que presenta la señorita Gothingger. ¿Cómo pudo ocurrir?

               —Señoría… la señorita Gothingger empezó a darles indicaciones a mis clientes para que la pusieran de la manera correcta, consciente quizá de que solo le quedaba un deseo y sin querer dejar pasar la oportunidad de poder volar… pero volar bien, no mirando hacia arriba… ya sabe que los que no son criaturas mágicas no deberían involucrarse en…

               —¡Protesto!

               —¡Aceptada! Al grano, letrada.

               —Pues que se puso a gritarles ¡cara abajo!, ¡es cara abajo!. Y el señor Tulio la entendió mal.

               —Sí. Muy mal, ya veo —asintió el Trasgo Superior echando una mirada de reojo al cuerpo enorme y viscoso de la señorita Gothingger, que jugaba a hacer una pelota con los papeles de las papeleras, dos miembros del jurado y varios asientos vacíos de la sala.

Israel Alonso, Natalya Lizárraga y Judith Bosch 2016

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