La insólita confesión de Sarah Miller

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Cuento de Judith Bosch con ilustraciones de la artista Leticia Vera

El escritor Israel Alonso y servidora estamos preparando un proyecto en el que probablemente incluyamos este cuento.

De momento me apetece mucho publicarlo en mi casa, en formato blog y digital 🙂 Y, sobre todo, estoy muy contenta de poder hacerlo en compañía de las ilustraciones de Leticia Vera, una artista que he conocido recientemente y que me ha enamorado por completo.

Deseo que disfrutes del cuento y que la obra que lo acompaña te haga viajar y sentir tanto como a mí.

Un abrazo.

La insólita confesión de Sarah Miller

No me siento identificada con el sobrenombre viuda negra; en nada encaja con mis motivaciones ni con mi forma de entender el mundo. Es más, diría que tal calificativo, mote, alias, o como queramos llamarlo, simplifica la naturaleza de mis circunstancias, hasta el punto de enturbiar mi nombre, de manera frívola e innecesaria, y colocarlo injustamente en esa lista negra de crímenes resueltos que fomentan el odio y el linchamiento injustificados. No soy una viuda negra. Y si bien mi estado civil se ha ido prolongando a lo largo del tiempo, por cuenta de hombres y causas distintas, el origen de tales circunstancias es mucho más profundo y va mucho más allá del casamiento y la natural disolución de este sagrado compromiso.

Voy a contarle mi historia, con la esperanza de que me conozca profundamente y me comprenda lejos de clichés y prejuicios.

Nunca el género humano me causó especial antipatía, mucho menos su vertiente masculina: sentía aprecio por mi padre, mis tíos y mis vecinos. Eran, todos ellos, especímenes dotados de una notable fortaleza física, beneficiosa para la obtención de mis dispares, y siempre atendidos, caprichos infantiles. Con solícita y eficaz presteza, me subían al caballo, alcanzaban frutos de los árboles más altos, recuperaban los juguetes que desaparecían lago adentro y empujaban mi columpio en pleno mes de agosto. Sin embargo, mis afortunadas circunstancias dieron un desagradable giro con el nacimiento de Thomas, mi hermano pequeño y en adelante, criatura insensata y desagradecida a la que yo debía cuidar. He de confesarle que durante los dos primeros años de existencia, Thomas, dejando aparte sus continuos lloros y los humores desagradables que despedía con regularidad, no suponía graves inconvenientes para el desarrollo óptimo de mi felicidad. Es más, confiaba en que, pasada la citada primera época y en cuanto el pequeño aprendiese a hablar con fluidez y moverse sin ayuda, se convertiría en un valioso aliado, capaz de divertirme e incluso facilitarme premios antes vetados, como raciones adicionales de bizcochos, caramelos o chocolate. Ingenua de mí, tan pronto ese bellaco comenzó a dominar el lenguaje, las conspiraciones en mi contra se volvieron una constante; poco a poco, y sin remedio, dejó de resultar sencillo pedir dos trozos de tarta, uno para mi hermano y otro para mí, y comerme yo ambos sin que aquel traidor pusiera en tela de juicio mis intenciones. Tampoco pude, más adelante, seguir haciendo uso de su autoría para explicar pequeñas desapariciones de la despensa, ni asustarle impunemente con el loable fin de que sus llantos postergaran la hora de dormir. A los cinco años de edad, después de toda una vida estudiando la manera de descubrirme y obstaculizar seriamente cada uno de mis objetivos, Thomas ya estaba preparado para ser un verdadero problema de necesaria y urgente solución. Entenderá usted, espero, que yo me viera en la obligación de detener el crecimiento imparable de aquel bicho que, dotado de la excelente genética de su padre (guarda forestal de gran tamaño y portentosa musculatura), amenazaba con sacarme un palmo antes de que me diera cuenta de ello. Así que, una tarde de marzo, aún con las condiciones necesarias para contener la situación, decidí jugar en el jardín con Thomas por última vez.

 Recuerdo, como si fuera ayer, el suave cascabeleo de las ramas del jardín al son de la brisa, que llegaba de la montaña, acariciaba el verde y flexible follaje, y jugaba con los delicados rizos de mi hermano, como las manos de Dios, vaticinando con ternura la ascensión de un ángel. Por aquel entonces yo sabía de buena tinta que todos los niños iban al cielo, todos sus pecados eran perdonados, así que, por logística y piedad, aquellos cinco años de edad sólo sumaban ventajas.

-No quiero jugar contigo –sollozaba Thomas -. Me da miedo jugar contigo.

-Será solamente un momento –le aseguré -. Una ronda al escondite y quien gane elegirá el postre.

-Pero es que yo no quiero elegir el postre. Yo sólo quiero tener postre, me da igual el que sea –repuso el muy granuja.

-En ese caso, te dejaré elegir premio, el que sea. Y si ganas, te lo concederé sin decir palabra –propuse con tono dulce, al tiempo que me sentaba delante de él, sobre el césped y le tendía las manos.

-Eso no es verdad y lo sabes –continuó.

Respiré hondo y medité con calma una manera adecuada de controlar la situación. La experiencia certificaba que cualquier paso en falso daría lugar a la repentina y ruidosa huída de Thomas. Aquella tarde era la tarde elegida y todo debía salir bien; si el renacuajo volvía a acabar en el regazo de mi madre, gritando “¡Me quiere hacer daño! ¡Es mala!”, mis posibilidades de atajar el problema volverían a disminuir en un porcentaje nada deseable. Finalmente, un acertado rayo de sol que se posó en el momento oportuno, como una mariposa de alas mágicas, sobre una hoja caída que cobró vida al instante, despertó mi imaginario y me facilitó las herramientas necesarias para persuadir al incrédulo niño.

-Sí es verdad; es completamente cierto lo que te digo, hermano –prometí con las manos abiertas y vueltas hacia arriba -. He cambiado. Conocí a un enanito del bosque que me ha hecho reflexionar y cambiar. Le prometí que cuidaría de ti y sería buena contigo y no puedo faltar a mi palabra.

-¿Un enanito del bosque? –preguntó el pequeño con ávida curiosidad.

-Sí. Un enanito que buscó refugio en nuestro jardín. Seres oscuros lo persiguen y se ha escondido en nuestro pozo, no sin antes hablar conmigo seriamente sobre los deberes de los niños para con nuestros adorables hermanos menores.

El rostro de Thomas cambió por completo. Debajo de sus ojos brillantes se dibujó una apacible sonrisa, su cuello se destensó al momento y los bracitos, ahora laxos y descruzados, volvieron a cobrar su gracilidad característica.

-¡Quiero ver al enanito! –exclamó con euforia.

-Eso ni hablar –respondí -. El pozo es peligroso, ya lo sabes.

-¡Pero si el enanito está allí ya no es peligroso! –argumentó.

Ante una explicación de semejante peso y credibilidad, entenderá usted que no pude hacer otra cosa distinta de la que hice: acompañarle hasta el pozo, permitir que se asomara y colocarme justo detrás insistiendo “pero, por si acaso, ten mucho cuidado”.

-¡Enanito! –gritaba con tono claramente amistoso -. ¡Enanito! ¡Soy Thomas, el hermano de Sarah! ¿Quieres ser mi amigo? ¡Habla conmigo, por favor! ¡Enanito!

-¡Así no, Thomas! ¡Lo estás asustando! –intervine -. Debes hablar más bajito.

-¡Pero si hablo más bajito no me oirá! –repuso él.

Ante tan inteligente objeción usted entenderá que no me quedara más remedio que animarle a introducir medio cuerpecito en el pozo, con la finalidad de poder comunicarse con el enanito sin necesidad de vociferar como un malcriado. Esta nueva y beneficiosa circunstancia abría ante mí dos opciones: levantar los piececitos del problema y propiciar su caída libre, de cabeza, o bien esperar, dejarlo entretenido con sus menesteres y, entre tanto, hacerme con algún objeto contundente que asegurara el éxito de mi objetivo final.  Soy una mujer precavida, lo soy desde la más tierna infancia, así que opté por lo segundo.

-Quédate aquí, Thomas –le solicité -. Y agárrate bien, no vayas a caerte. Yo iré a buscar unas hierbas especiales que le gustan mucho al enanito.

-¿Qué hierbas? –preguntó Thomas sacando medio cuerpo del pozo.

Respiré hondo y traté de conservar la calma.

-Unas hierbas que le gustan. Tú sigue llamándolo. Bien agarrado, no vayas a caerte. En unos minutos volveré yo, te daré las hierbas y tú alargarás la mano. Así será más fácil que salga y se acerque.

-¿En cuántos minutos?

-Pocos –aseveré con firmeza –Ni te darás cuenta de que me he ido.

Al regresar, con una piedra que me costó esfuerzos titánicos traer hasta allí, y bastante agotada por la mencionada tarea, encontré a mi hermano en la misma posición en la que lo dejé pero sumergido en un estado de concentración sobrenatural.

-No te muevas –susurró sin moverse un ápice -. No hagas nada que creo que lo he visto.

Llevaba unos tallos de perejil escondidos en el bolsillo, por lo que pudiera ocurrir, pero me vi en la necesidad de precipitar los acontecimientos. Así que, sigilosamente, me acerqué levantando la piedra con las dos manos y la dejé caer sobre la rubia cabecita del problema, que, al experimentar tan brusco desequilibrio, descendió por sí solo, primero en una trayectoria que empujaba a la contusionada cabeza contra uno de los muros del pozo y, posteriormente, a peso muerto y de espaldas, directo a la negrura y al encuentro de aquel “Chof”, celestial, que aún recuerdo como uno de los sonidos más placenteros que he escuchado jamás.

En previsión de que la fortaleza de mi hermano pudiera sorprenderme permanecí cerca del pozo algunos minutos más, disfrutando de un mágico y satisfactorio silencio. Acto seguido entré en la casa y reclamé, con tono de inconfundible preocupación, la presencia de la señorita Doyle, un veterano miembro del servicio doméstico al que, cordialmente, tanto mi hermano como yo llamábamos Tata.

-Estaba jugando con mi hermanito pero no me encuentro bien, Tata. ¿Podrías cuidarlo tú? Yo quiero ir a mi cuarto. Necesito descansar.

-¡Claro! –contestó ella. -. ¿Dónde está tu hermanito?

-Aquí detrás, ¿no lo ves? –dije mientras giraba el cuerpo.

La señorita Doyle abrió mucho los ojos, perdió varias tonalidades de color, hasta lucir una tez de un blanco casi impoluto, me apartó y corrió hacia el jardín. Lo que ocurrió después se puede sintetizar de manera muy entendible y eficaz: mi palabra contra la suya.

Aquella idílica tarde la familia resolvió prescindir de un miembro del servicio que, con los años, había caído en la vagancia y la negligencia. También, como cabía de esperar, se iniciaron todos los trámites necesarios para celebrar el ascenso a los cielos del pequeño y querido Thomas, que sería velado, despedido por todos los parientes y enterrado junto a nuestros ascendentes: tatarabuelos que no conocí, bisabuelos, abuelos y mi padre -que no era el suyo pero ignoraba tal circunstancia, no se tomó muy bien la noticia y era demasiado joven como para sobrevivir a un infarto-.

Sobre el nuevo núcleo familiar, reducido a mi madre y a mi persona, se cernía un futuro en el que yo, sin grandes esfuerzos premonitorios, podía entrever dos realidades más o menos inminentes: mi madre, heredera de la fortuna de mi padre, había perdido la coartada que le facilitaba seguir teniendo hijos del guarda forestal, esto me aseguraba al menos un año de tranquilidad. Por otro lado, y siendo la misma coartada antes citada, la responsable de que mi madre y el guarda mantuvieran su amor en riguroso secreto, en adelante, y pasado el luto pertinente, las posibilidades de que mi madre volviera a casarse se multiplicaban, raudas, con el transcurso de los días.

El guarda y mi madre estuvieron varios meses sin verse, después empezaron a mediar encuentros furtivos, como hacían antes del fallecimiento de mi progenitor y, justo un año después del entierro, organizaron en casa su primer encuentro oficial: una copiosa comida en la que aprovecharon para hablarme, de manera casi indirecta, muy delicada, acerca de aquella nueva familia que estaban urdiendo.

-Sarah, ¿echas de menos a tu hermanito? –preguntó mi madre mientras comía pudin.

Yo, que era conocedora de los objetivos de la pregunta, respiré hondo, acumulé saliva en la garganta y apoyé los dedos contra la nariz, al tiempo que dejaba caer ligeramente la cabeza, en un gesto que expresaba indudable dolor y me facilitaba los recursos necesarios para impostar la voz quebrada que requería la situación.

-Madre –sollocé-. Thomas es el primer y el único hermano que querré de por vida. La pena me consume, sólo pensar en tener otro hermano… sustituirlo… me rompe el corazón en cien pedazos. No puede haber otro Thomas para mí. Thomas solo hay uno, que en paz descanse.

Mi madre, lejos de entender el discurso, le dedicó al guarda una mirada en la que se mezclaban de manera curiosa la nostalgia y el deseo.

-¡Es tan entrañable! –exclamó.

-Sí lo es –recalcó el guarda. Y no contento con culminar verbalmente semejante despropósito, acercó su manota a mi cabeza, aún gacha y apoyada contra mis dedos, y la acarició como si yo, en lugar de una niña y facilitadora de su futuro encuentro con Dios, fuera un perrito que dependiera de sus cuidados y sus capacidades reproductoras.

Espero que usted, que a estas alturas del relato ya debe empezar a conocerme y haberme tomado cierto aprecio, incluso, entienda que no me quedara otra opción que acabar cuanto antes con aquel inminente promotor de hijos.

Esperé a que mi madre, alérgica a los tomates, ordenase al servicio una cena especial compuesta por: sopa de tomate para el señor Allen (el guarda), su favorita, pastel de carne para ella y entremeses para todos.

Mis nueve años de edad me proporcionaron la excusa perfecta para rondar la cocina alegando curiosidad por la preparación de los alimentos. Y el servicio, encantado con mi presencia, me facilitó el momento de descuido oportuno para verter matarratas en la sopa.

Una vez acometida la tarea, salí de la cocina con una indisimulable sonrisa en el rostro, hasta que un fatal presagio, apenas treinta minutos después, borró mi felicidad y me hizo volver a entrar: el guarda sería, obviamente, el único damnificado de la cena. Con toda probabilidad los peritos encontrarían restos de la causa del desenlace en su, hasta entonces, sano hígado. Y llegados a este punto, pese a mi corta edad, los ojos de la ley y los de mi madre apuntarían a mi persona. Sin embargo, si mi madre también fallecía  y yo, en una oportuna conversación con los peritos, aseguraba haber escuchado al servicio confabular contra la pareja para quedarse con la casa, el futuro volvería a cobrar buen aspecto.

Durante la cena me dediqué a comer entremeses, alegando pesadez de estómago. No toqué ni el pastel ni la sopa.

La semana siguiente me brindó un exitoso despliegue de resultados, algunos calculados, otros no, pero todos ellos muy favorables. El servicio acabó en la horca y mi custodia quedó a cargo de las dos hermanas solteronas de mi padre. La vida, sin hermanos indeseables ni previsiones de tenerlos, volvía a sonreírme.

Mis nueve años pasaron y cumplí diez, los diez también pasaron y cumplí once, luego doce y así sucesivamente hasta llegar a los dieciséis y descubrir, con indescriptible pesar, una verdad que hasta entonces mi brillante inteligencia había pasado por alto: los hermanos pequeños, para una mujer como yo, no eran un problema sino un ejercicio de prácticas. Y todos los fallecimientos anteriores no habían sido soluciones sino maneras de postergar una realidad inexorable: mi destino, según marcaban los tiempos, era consagrarme, con esmero y devoción, a los cuidados de un hombre. Mi único margen de libertad, con suerte, era elegir a ese hombre.

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Ilustración de Leticia Vera

Entenderá usted que, después de seis años sin practicar la solución de problemas y adaptada, casi por completo, a la presunta inocencia, me suscitase tremenda pereza la idea de volver a matar. Así que me lo tomé con calma y, desde el mismo día de mi presentación en sociedad, dediqué mi valioso tiempo a buscar hombres con enfermedades crónicas interesantes. El asma, la bronquitis, la anemia y las alergias, dado el caso, podrían ahorrarme el trabajo. Disfrutaría dos o tres años de feliz matrimonio –el amor en sus inicios es pura magia- y, posteriormente, volvería a gozar de mi amada libertad.  Así ocurrió con el señor Smith, el señor Johnson y el señor Tyler, que en paz descansen. En el primer caso sustituí la medicación por pastillas de glucosa, en el segundo caso abrí las ventanas, en mitad de una noche húmeda y fría, y una ligera equivocación en las comandas del servicio obraron el fallecimiento del tercero, que tenía una relación muy conflictiva con los cacahuetes. Nimios detalles que, como usted comprenderá, distan mucho de situarse cerca del asesinato.

A los veinticinco años, previendo el inevitable acabose de la fortuna de mi último marido fallecido, volví a potenciar mis habilidades sociales y sin querer, buscando otro honorable caballero de salud débil, conocí al amor verdadero.

Recuerdo, como si fuera ayer, la jubilosa música que, enardecida por la excelente acústica de la sala, promovía un saludable ocio compuesto de bailes, chistes y conversaciones triviales. Las copas de champán y los canapés cruzaban el salón componiendo un pintoresco mosaico, encima de camareros trajeados de sonrisa sempiterna. Los caballeros en edad de merecer se acercaban a las damas y trataban de cortejarlas con gestos elegantes y medidos.

Después de conocer al detalle la lista de invitados y comprobar con mis ojos que el crepitar de la vida, en todos ellos, era más descarado y evidente que el trinar de las aves en primavera, resolví sentirme fuera de lugar y preparar una pronta retirada. Entonces, justo al acabar la que creía última copa de champán, escuché una voz firme y seductora que me susurraba al oído: “Se aburre, ¿señorita Miller?”.

Me giré inmediatamente y, en cuestión de segundos, quedé rendida ante una mirada profunda, perversa, misteriosa, de ojos marrones, intensos y brillantes como dos piedras preciosas.

Asentí sin mediar palabra, sólo con un suave movimiento de cabeza, le tendí las manos y bailamos durante horas sin decirnos nada.

Aquella noche el señor Parker -sujeto que usted conoce y motivador, en cierta medida, de estas cariñosas y sinceras líneas- me llevó a su castillo. Pasamos una inolvidable y pasional noche en vela y a la mañana siguiente, sin un ápice de sueño en el cuerpo, agarramos un par de escopetas y nos fuimos a montar a caballo.

Aquella era una mañana esplendida, de cielo azul, profundo como los secretos. El follaje de esmeralda, encendido por los rayos del sol y mecido por la brisa, ganaba una ilusoria consistencia que lo asemejaba al terciopelo. Las aves, incluso, parecían cantar de felicidad antes de ser abatidas y cada disparo se disipaba en la lejanía, y en el tiempo, como una señal de idílica festividad que vaticinara un nuevo comienzo, el mejor de todos los comienzos.

El señor Parker aprovechó para expresar su más sincero pésame por la muerte de todos mis acompañantes. Posteriormente me comentó las explicaciones que había urdido al respecto, con frescura y sin detenerse demasiado en los detalles.

Quedé obnubilada ante semejante alarde de inteligencia, sobre todo me sorprendió muy positivamente la manera calmada y distendida con la que compartía conmigo sus descubrimientos. No sólo parecía no importarle, sino seducirle, el hecho de encontrarse tan cerca de una mujer como yo.

Soy una adelantada a la época, usted ya debe saberlo, y esta cualidad no siempre es bien recibida, ni por la sociedad en general ni por los hombres en concreto. No debe resultar fácil compartir la vida con una mujer tan aficionada a la libertad y tan proclive a rodearse de desgracias. Este significativo prejuicio social, en parte, era el causante de noches de insomnio y largas tardes abrazada al miedo: los hombres, tarde o temprano, empezarían a huir de una mujer permanentemente viuda. Tenía que encontrar, pronto, algún otro método que no estuviera vinculado con la muerte. Llegué a pensar en la tetraplejia o en los famosos comas inducidos, pero no contaba con los conocimientos necesarios para obrar milagros. Resolví comprar libros varios de medicina y yerbas pero no me resultaba sencillo extraer de ellos información útil y con matices prácticos que fueran lo suficientemente claros. Entonces, como por arte de magia, como enviado por Dios, apareció el señor Parker que, razonando, había llegado al fondo de mis secretos y, sin reticencias, me tendía la mano.

El señor Parker me confesó que siempre había sido muy hábil a la hora de analizar a las personas y sacar conclusiones de interés y que, encontró en esta habilidad, la manera de conseguir una posición social óptima y una fortuna inagotable.

El señor Parker, como bien conoce usted, era al tráfico de influencias, al chantaje y a la detección de oportunidades lo que un pintor consagrado es al arte: su talento innato fluía convenientemente gracias a unas técnicas muy pulidas, logradas durante años de estudio y experiencia. Además, como bien sabe usted, contaba con amistades en los círculos más elevados, consolidadas por estrechos lazos de confianza y silencio.

El señor Parker era un visionario que compartió conmigo no sólo sus secretos sino también sus planes de prosperidad, haciéndome partícipe de dichosas circunstancias, en las que yo obraba de amante y confidente, en el caso de señores inaccesibles, o bien de fiel cuidadora, en el caso del testamento de la señora Bradley, asunto desencadenante de la desgracia que nos ha unido, azarosamente, a usted y a mí.

Conocimos a la señora Bradley cuando ya llevábamos unos dos años colaborando juntos y compartiendo excelentes resultados. Se trataba de una anciana que nadaba en la opulencia y a la que, un caballo nada amable, había postrado de por vida en una silla de ruedas. El señor Parker me propuso ofrecer mis cuidados a la señora Bradley y, así, descansar de una larga época de promiscuidad y malos entendidos.

En seguida me gané la simpatía de la anciana, en poco más de un año conseguí hacer que cambiara su testamento a mi favor y cuatro meses más tarde le proporcioné, nunca mejor dicho, el empujoncito que necesitaba para encontrarse con Dios.

Los cuerpos policiales, con los que habíamos dispuesto una permanente relación afectiva de gran calidad, no encontraron interés en  complicar el caso; lo cerraron como fallecimiento accidental, a cambio de la suma de dinero convenida, y yo me convertí en heredera absoluta de la fortuna de la anciana.

Apenas cinco meses después de cobrar el testamento, Parker solicitó mi ayuda en un nuevo caso que consideraba fructífero y oportuno para ambos. Me presentó al señor Hastings y me facilitó todos los recursos necesarios para que me convirtiera en su nueva amante y confidente. Llegados a este punto empecé a sospechar acerca de la naturaleza de la situación. El señor Hastings no parecía tener secretos de gran interés, por más que Parker afirmara lo contrario, sin embargo sí  contaba con una esposa muy celosa e impulsiva que me suscitaba el más instintivo de los miedos. Además, Parker, recientemente y gracias a mi intervención, había conseguido convertirse en albacea de la familia. Todo ello me llevaba a una dolorosa y sorprendente conclusión: Parker estaba planeando un crimen pasional con dos damnificados y un claro beneficiario.

Supongo que entenderá que, dadas las circunstancias, no me quedara otra que cambiar mi suerte. Asunto que presentaba una dificultad notable; Parker, que admiraba mis talentos tanto como yo admiraba los suyos, había aprendido a tomar una serie de medidas preventivas, y éstas afectaban a todos los ámbitos en los que pudiera resolverse un encuentro fortuito con Dios. No me permitía el acceso a la cocina, no me permitía llevar escopeta en nuestros paseos a caballo, nunca se colocaba de espaldas a mi persona y después de consumar, si era menester, se retiraba para dormir en una alcoba distinta.

Medité intensamente la manera de solucionar mi situación, sabiendo que, conforme avanzaban los días, Parker estaba más cerca de descubrir mis intenciones de sobrevivir a sus planes.

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Ilustración de Leticia Vera

Una mañana soleada, casi tan espléndida como la mañana que nos unió, de cielo azul, prados refulgentes y aves que cantaban, escondí un abrecartas en la pernera y, sonriente, esperé a que fuera Parker el que propusiera un paseo a caballo.

Esperé a que nos alejáramos de toda civilización y me mantuve siempre a su lado, con aire despreocupado y sonrisa perenne. Aproveché un momento de concentración y, mientras Parker apuntaba y disparaba, saqué el abrecartas y se lo clavé a su caballo. Parker, que era muy habilidoso en la monta, intentó controlar al animal lo mejor que pudo. No cayó en un primer momento sino que consiguió mantenerse sobre la bestia, pero no evitar que ésta comenzara a pegar saltos y luego a correr, sin el menor sentido de la orientación, hacia aquel despeñadero que Dios había colocado tan cerca del lugar del incidente.

Regresé a casa con el semblante estudiadamente abatido y la tranquilidad de saber que, después de la espectacular y desordenada caída, nadie sería capaz de hallar en el caballo vestigio alguno de la marca del abrecartas.

Soy una mujer precavida, desde la más tierna infancia, y debí suponer con anterioridad al incidente que salvó mi vida, que Parker tendría los cabos de la suya bien atados. Debí suponer la existencia de esa carta cuyo exterior rezaba: “léase en caso de mi muerte”. Y debí suponer que todos mis secretos se encontraban escritos, al alcance y total disponibilidad de las autoridades, preparados para ser desvelados en caso de que sobre Parker cayera algún tipo de desgracia. Sin embargo, le hago saber, mi señoría, que tal circunstancia me sorprendió.

Parker, como conocemos usted y yo, era un visionario. Y ahora, por cuenta de su talento y del azar, me encuentro a merced de lo que usted, mi señoría, decida.

Sé que ha leído la carta que me acusa de precipitar todas las muertes que aquí, en estas líneas sinceras, le he detallado con toda honestidad y calor humano. Sé que no le queda otra que declararme culpable y enviarme a un destino funesto. Sin embargo y apelando al hombre que nos une y al que usted tanta confianza profesaba, así como a los secretos que compartieron, de los que yo soy conocedora y están plasmados en documentos de gran valor que, a sabiendas de nuestra inminente relación, escondí en mis enaguas, me gustaría que reconsiderara su decisión.

Por último, y como muestra del aprecio que siento por usted, le hago llegar una propuesta casi irrechazable. En el caso de que, inteligentemente, usted me absuelva, esconderé los documentos en un lugar seguro. Sin embargo, si además accede a casarse conmigo, juro por su vida, que me encargaré de prender una hoguera en la que se silencie para siempre cualquier acto pasado que pueda deshonrar su nombre.

Confío y espero que actúe con precaución, presteza y buen criterio. Poniendo mi destino en sus manos y deseando que esta confesión haya tocado sus sentimientos, me despido.

Eternamente suya,

 Sarah Miller

Londres, 3 de octubre de 1917.

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Ilustración de Leticia Vera

Leticia Vera y Judith Bosch 2016

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