Autoengaño y Empoderamiento

En nuestros primeros años de vida nadie nos explica que hemos nacido en una sociedad patriarcal, presente en las religiones, en la escuela, en las instituciones, en las calles, en los roles de la familia, en el lenguaje, en los medios de comunicación.

Y muchas de las mujeres que fuimos advertidas por madres feministas no entendimos este concepto tan complejo ─pero necesario de entender─ hasta bien cumplidos los veinte años o incluso mucho más tarde.

Hace poco una compañera me comentaba que su hija de cuatro años le pide llevar pendientes y, ante su negativa (ella le dice: «cuando seas mayor decidirás tú si los llevas o no. Eres muy pequeña y no voy a agujerearte las orejas»), la niña, que se resigna con tristeza, juega con pendientes de pinzas. Le contesté: «A mí me ocurrió exactamente lo mismo». Mi infancia, ciertamente, fue un amasijo de contradicciones. Los valores y los principios que quería inculcarme mi madre chocaban contra lo que absorbía en la calle, en el colegio, en los programas de televisión, en las campañas publicitarias… Y tardé poco en pensar que mi madre era una persona «amargada, poco femenina y con problemas». Así entendía el feminismo cuando era pequeña; lo entendía como un problema. El mundo me quería convertir en una mujer guapísima, vestida de rosa, disfrazada de princesa en carnavales, con pendientes bonitos, zapatos pequeños con tacón, el pelo largo y sedoso y una sonrisa perfecta. Y mi madre, en cambio, amargada, me negaba esa felicidad; me cortaba el pelo para que pudiera jugar y no tuviera que invertir mi valioso tiempo de niña en secarlo y peinarlo, me vestía con pantalones para que no me familiarizara con la desprotección de mis genitales y la diferenciación frente al hombre, me decía que no era muy guapa ni menos guapa y que mi estética no era importante, me hacía jugar con puzles, juegos de números, juegos de estrategia, barro, legos, libros de construir aventuras… y se negaba en rotundo a que nadie me obsequiara con muñecas. Durante mi infancia, todas las personas de la familia y amistades tenían prohibido terminantemente regalarme muñecas. Sí se me permitían juegos simbólicos de cocinitas y muñecas bebés (Barriguitas o Nenucos), siempre y cuando jugara también con mi hermano, que como era más pequeño que yo, siempre se apuntaba y disfrutaba como un enano ─nunca mejor dicho─, acunando los muñecos bebés y haciendo cocinitas juntos. Las muñecas que emulaban mujeres sexualizadas estaban prohibidas. Y yo las quería, y me pasé años rogándole a mi madre que me comprara Barbies. Y llegué a pensar que mi madre me castigaba con ello y disfrutaba negándome lo que el mundo entero me vendía como felicidad.

Tardé muchos años en asimilar y comprender lo que mi madre había hecho y todo lo que me había enriquecido esa postura. Hoy estoy orgullosa de la madre que me crio, la acepto con todas sus virtudes, defectos y contradicciones (ella misma, para llegar a ese punto, tuvo que luchar mucho y desaprender a hostias, pero la historia de mi madre la contaré en otra ocasión).

A los dieciséis años me quedé huérfana y a los dieciocho conocí a una mujer que fue para mí mi madre, desde esa edad hasta su muerte en 2013. Cada vez que pienso en mi identidad pienso en dos madres y siento dos madres: la mujer que me crio y con la que tuve muchos conflictos (internos y externos) y la mujer que me aceptó tal y como yo era e intentó reconciliarme con la socialización femenina. Mi madre elegida («Nos hemos elegido mutuamente ─nos decíamos─ con lo bueno y lo malo, y no hay amor más grande que ese») era muy sofisticada y coqueta y me llevaba de compras, me pintaba la habitación de colores suaves y la llenaba de muñecas. «Hija mía, si yo te hubiera criado, serías ahora una estúpida, porque te habría mimado demasiado, lo sé», decía entre risas. Yo pensaba: «No, mamá; si tú me hubieras criado, ahora sería feliz y no tendría tantas contradicciones y luchas internas». Eso es falso, pero tardé años en saberlo.

La madre que me crio me preparó para luchar con uñas y dientes en el colegio y en el instituto. Iban a llamarme mandona, sabionda, resabida, loca, niña conflictiva que llama la atención, bocazas… Y tenía que resistir, porque la igualdad estaba cerca, y alcanzarla pasaba por romper roles de género y decir alto y claro: soy como tú, no soy un objeto que observas y calificas. Soy igual que tú, no soy rosa y frágil y bella y callada y sumisa. Mando igual que tú, hablo igual que tú cuando algo no me gusta, resuelvo puzles y construyo con legos, igual que tú, y puedo hacer todo lo que quiera hacer porque tengo tus mismas capacidades. La mujer que te han vendido es un engaño social y si no te complace lo que ves cuando me miras, date la vuelta y ábreme paso, porque no me voy a detener en mi lucha, ni por ti ni por nadie.

La madre que trató de conciliarme con la socialización femenina me preparó para sentirme bien con lo que la sociedad patriarcal esperaba que fuera, podía ser guapa, podía ser sofisticada, podía ser delicada, podía complacer a los hombres y si lo hacía, si complacía a los hombres y a las mujeres patriarcales, en teoría, podía sentirme en paz. Ya nadie me llamaría mandona, sabionda, resabida, loca, niña conflictiva que llama la atención, bocazas…

Así que la Judith que resultó de ese proceso, fue durante un tiempo la mezcla de sus dos madres: mantenía lo aprendido por haberse socializado de pequeña sin roles de género dentro del ámbito familiar e incorporaba a su persona recursos para agradar, complacer, sentirse mujer dentro de una estructura puramente patriarcal. Los años siguientes, fueron tal vez los peores de su vida; recibió hostias por todos los lados y esas hostias dolieron mucho más que ninguna anteriormente, porque recibía desde la disposición a recibir. Abrazaba relaciones tóxicas con el otro sexo, una detrás de la otra, pensando «Eres hombre y te quiero entender como mujer, puedo ser tu amiga, puedo cuidarte y puedo dejarlo todo por ti. Puedo hacerme la tonta si lo necesitas, sé que tu autoestima es complicada. Podemos ser dos. Puedo arrodillarme para que seamos dos».

Ese último proceso acabó a mis treinta años. Poco a poco me fui dando cuenta de que la madre que me intentó reconciliar con la socialización femenina me quería con todo su corazón y quería lo mejor para mí, pero no quería lo mejor para nosotras. Nadie le enseñó a querer lo mejor para nosotras. También comprendí que la madre que me crio me quería con todo su corazón y quería lo mejor para nosotras, sabiendo que este objetivo pasaba por hacerme vivir situaciones infelices, como mujer individual dentro de un contexto patriarcal, que luego me reportarían felicidad como miembro de la lucha feminista: mi persona fuerte sería una pequeñísima parte de un movimiento inmenso que, aunque los historiadores se empeñen en otra cosa, tiene miles de años.

La madre que me crio sacó valor y frialdad para sacrificar mi frágil y precioso concepto de felicidad. La madre que intentó reconciliarme con la socialización femenina jamás hubiera podido negarme una sonrisa, una fantasía, un momento bello. No estaba preparada para eso ni quería estarlo. Ella solo quería verme feliz, mirarme a la cara y decir: «Qué contenta me siento, estás feliz». Y no pensaba en el trasfondo de esa felicidad ni tampoco lo necesitaba. Hoy las amo a las dos y las amaré profundamente hasta que me muera. Las amo como parte de mí misma y las amo porque considero que las dos eran mujeres extraordinarias de las que me he de sentir orgullosa cada día de mi vida.

Y, bien, ¿por qué me estás contando esto?

Te estoy contando esto, compañera, porque en mi historia particular hay un trasfondo común a la historia de todas nosotras. Somos hijas del conflicto. Todas. Nos enseñan a ser princesas y luego nos dicen que las princesas son ridículas; nos enseñan a adorar a las muñecas y luego nos dicen despectivamente que parecemos muñecas; nos enseñan a llevar velo porque somos respetables con velo, y los hombres nos toman en serio si llevamos velo y luego nos llaman sumisas; nos enseñan a no desear activamente, a consentir y a ceder en el sexo y luego nos llaman putas si cedemos y consentimos (y si seguimos sin ceder y decimos «deseo y soy mía y soy yo la que quiero sexo contigo, no me estás cazando», también nos llaman putas).

Compañera, el empoderamiento no consiste en enrrocarnos dentro de los roles de género que los hombres han impuesto, y defender que no se critiquen luego, que nadie utilice estos roles impuestos para humillarnos. No va de eso, compañera. No va de decir: «Vale, soy princesa, ¿y qué?»; «Vale, llevo velo y es parte de mi identidad, ¿y qué? No me tosas»; «Vale, soy puta porque mi coño lo disfruta y cobro por follar, ¿y qué?». Esa puede ser una parte del proceso. Una pequeña parte del proceso. Pasamos por el trance del autoengaño y agarramos con furia lo que nos han vendido como nuestro, identitario y femenino y lo defendemos, no caemos en la dinámica de humillarnos nosotras mismas, tal y como han tratado de inculcarnos, sino que levantamos la cabeza y decimos: «¿Esto es lo que querías de mí? Pues ahora no vengas a decirme que es malo, que te arranco la cabeza. Ahora soy así y te callas». Pero después de luchar contra el autodesprecio, y regocijarnos en el autoengaño, llega el verdadero dolor y superar eso, compañera, sí nos empodera. Nos empodera sentir y decir que todo cuanto hemos defendido como nuestro es una construcción de los hombres.

No hay princesas, no hay velos religiosos que nos dignifiquen (ahora los llaman culturales, que queda más progre), no hay putas (ahora nos llaman trabajadoras sexuales, que tiene connotación casi aséptica). No somos eso.

Hay una doble humillación patriarcal que funciona muy bien: adiestrarnos para ser sumisas y luego vendernos que somos nosotras las que hemos decidido eso. Somos nosotras las débiles, las tontitas, las que ceden y consienten. Así llegamos a creer, realmente, que la sociedad solo ha puesto a nuestro alcance lo que nosotras merecemos, no nos ha adiestrado para que nos coloquemos por debajo de los hombres. Es brillante la estrategia. Se llama patriarcado y resulta más que evidente su genialidad: lleva miles de años en pie sin inmutarse. Creada y apoyada por hombres y también consentida y consolidada por mujeres que no tuvieron oportunidad de rebelarse ni quieren hacerlo y no las vamos a culpar por ello NUNCA.

Compañera, no hay princesas, no hay velos religiosos que nos dignifiquen (ahora los llaman culturales, que queda más progre), no hay putas (ahora nos llaman trabajadoras sexuales, que tiene connotación casi aséptica). No somos eso y no creemos que agarrarnos a estos roles impuestos nos vaya a favorecer en nada.

Hablo en plural y digo «creemos» porque, gracias a lo que me enseñaron mis dos madres y gracias a mi paciencia, a la entereza con la que he superado todos los procesos, ahora no solo hablo por mí: ahora formo parte de un movimiento inmenso que ─aunque los historiadores se empeñen en otra cosa─ tiene miles de años.

Y, compañera, como pequeñísima parte que soy de ese movimiento inmenso, te digo que te estamos esperando. Queremos hacer piña, consolidar nuestra consciencia de sexo, nuestra sororidad y caminar sin mirar atrás. Queremos ser mujeres libres, que deciden y se relacionan con el mundo, desde la voluntad autoconstruida, el potencial y el deseo y no desde la obediencia crónica, la resignación y el consentimiento. Queremos destruir todos los roles impuestos. Queremos que el género, como tal: cajita de límites e imposiciones en la que nos meten desde pequeñas, como si fuéramos marionetas, y nos sacan solo para el disfrute masculino, se rompa en mil pedazos.

Y te queremos con nosotras, pero que te queramos con nosotras y que te queramos como hermana no implica que callemos lo que sabemos bien, porque hemos pasado por ahí: aferrarnos a las costumbres patriarcales y autoengañarnos, diciendo que las estamos convirtiendo en decisión nuestra, no es empoderamiento y jamás será empoderamiento y, con todo el dolor de nuestro corazón, te tenemos que llevar la contraria. Debemos hacerlo.

En ataques de ira, que se han convertido también en costumbre, nos llamas traidoras, no feministas, machistas, opresoras, mandonas, amargadas… Y una ristra de insultos que también hemos vivido antes, así que no nos afectan. Jamás nos hemos callado porque nos afecten  estos insultos. Hemos callado para dejarte tu espacio. Pero nos hemos dando cuenta de que tu espacio postmoderno, en el que a todo le llamas feminismo, sin ejercer un ápice de autoanálisis, le quita valor a una lucha que tiene miles de años y ha de seguir activa y en marcha. Nos hemos dado cuenta de que evitar la crítica es retroceder y aquí solo se retrocede para ganar impulso, compañera.

No hay princesas, no hay velos religiosos que nos dignifiquen (ahora los llaman culturales, que queda más progre), no hay putas (ahora nos llaman trabajadoras sexuales, que tiene connotación casi aséptica).

Vamos a seguir luchando para conseguir la igualdad y, con todo el dolor de nuestro corazón, también lucharemos para deshacer el enredo y que ninguno de esos iconos patriarcales que enardeces como si los hubieras creado tú, pueda llamarse feminista.

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33 comentarios en “Autoengaño y Empoderamiento

  1. De pequeña me decían que era rara, me preguntaban porqué estaba siempre cabreada. Mi padre se cabreaba mucho cuando yo hacía algo que se salía de la norma y al mismo tiempo me criticaba diciéndome que no me hiciera la especial.
    Mi madre se enojaba cuando el vecino venía de visita y yo me escondía debajo de la cama y me ponía de mal humor. Lo que ella no sabía es que ese vecino tocaba donde debía cuando simulaba saludarme y me cogía en brazos.
    De mayor, cuando estoy trabajando, muchas veces, y siempre hombres, me preguntan por qué motivo estoy tan seria, que si estoy enfadada o algo, que una sonrisa no mata… por supuesto siempre les contesto dependiendo de mi grado de paciencia ese día y a veces les cuento que yo no he venido a este mundo a complacerlos, y que si quieren que sonría que me cuenten un maldito chiste.

    Y bueno… si sigo creo que puedo escribir un libro, de hecho seguramente lo haga. Desde un intento de violación, hasta ataques a mi intimidad y espacio vital constantes… todo esto y mucho más me ha ocurrido y le pasa a millones de mujeres todos los días. Es necesario visibilizarlo, así que gracias por plasmar en palabras algo que llevamos todas dentro.

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      1. Escribir siempre fue una de mis vías de escape, pero jamás lo hice sobre este tema. Ya va siendo hora, como bien dices. Sin duda pensaré en ti y en tus palabras, que a partir de la primera frase me obligaron a cerrar los ojos, girar la cabeza hacia un lado, respirar hondo y seguir leyendo.

        Que nunca nos falte la fuerza, eso jamás. Cada vez que recibo una mirada de desaprobación y una orden disfrazada de consejo me siento más fuerte. 🙂

        Gracias Judith, te seguiré leyendo!

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      2. Escribe sobre ello y quédate en paz. Además conocerás a muchas otras mujeres que te darán fuerza y la convicción de que podemos cambiarlo todo ❤ ❤ ❤ ¡Nos leemos!

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  2. Es tan doloroso… te leo y lloro, escribo y también. No me da vergüenza reconocerlo, ya no. Dentro de esas lágrimas de tristeza está la energía también.

    Antes pensaba que podía sola, ahora no quiero poder sola porque quiero, al igual que tú, empezar a hablar en plural.

    Te mando un abrazo gigante Judith. ❤️

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  3. Me encanto lo que escribiste, tengo una hija de 4 y cada dia lucho para romper estereotipos que va adquiriendo, ya sea en la escuela o de otras personas…lamentablemente por cuestiones de estudio estuve un año lejos de ella, y como imagine, adopto un montón de ideas en ese tiempo. Yo no puedo decirle que lo que piensa esta mal, porque amo la idea de que piense y lo diga, y si bien soy consciente que estas ideas son formadas por la misma sociedad patriarcal que nos formó, se que si le señalo las cosas en las que no estoy de acuerdo algún dia entenderá… Juega con muñecas, a la casita, pero también legos, rompecabezas, etc, al igual que vos, y tambien espero, que ella entienda todo esto por lo que luchamos algún dia, al igual que vos… Lamentablemente estamos. Bombardeadas de todos lados, y en mi país, mi pueblo, mi familia, muchas veces me siento sola contra todos, pero asi es, hay que estar atentos, y no dejar pasar oportunidad de educar a nuestros hijos, de señalarles que no todo lo que es, es correcto…

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    1. Es muy difícil para las niñas. Resulta inevitable que quieran identificarse de alguna manera con la imagen que les venden los medios y el entorno social. Por eso es tan importante que seamos fuertes y las ayudemos en su camino. Un abrazo enorme y muchas gracias por comentar.

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  4. Me has hecho llorar con tu texto, tienes más razón que un santo. Hace tiempo que tengo esa lucha interna entre lo que creo que es decisión mía y a la vez me pregunto qué me llevó a quererlo (véase el maquillarme, por ejemplo). Me gusta maquillarme, disfruto con ello, pero, por qué razón? He probado a ir sin maquillar durante dos semanas y me siento mucho más libre y mi razón me dice que esa es la manera correcta de proceder. (Es un ejemplo entre muchos otros aspectos de la vida) Cuando abrazas el feminismo se te cae una venda que te hace ver cosas verdaderamente horribles y sufres mucho tanto con lo que ves de otros, como las cosas que ves en ti. Es una lucha constante con el entorno y contigo misma. Doy gracias a la vida por haber encontrado el feminismo a tiempo, voy avanzando pasito a pasito, y gracias a personas como tú encuentro la inspiración que necesito. GRACIAS

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  5. No estoy de acuerdo con lo que allí exprsas! Ojala te eduquen como a una mujer se le debe educar: delicada, femenina, sentimental. Si naciste como mujer, mujer tienes que ser, no oponerte. Si el plan de Dios fuera que seas un hombre, no te preocupes que lo hubieras sido, pero al ser una mujer, te comportas tal como una mujer debe comportarse.

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    1. “Hay una doble humillación patriarcal que funciona muy bien: adiestrarnos para ser sumisas y luego vendernos que somos nosotras las que hemos decidido eso. Somos nosotras las débiles, las tontitas, las que ceden y consienten. Así llegamos a creer, realmente, que la sociedad solo ha puesto a nuestro alcance lo que nosotras merecemos, no nos ha adiestrado para que nos coloquemos por debajo de los hombres. Es brillante la estrategia. Se llama patriarcado y resulta más que evidente su genialidad: lleva miles de años en pie sin inmutarse. Creada y apoyada por hombres y también consentida y consolidada por mujeres que no tuvieron oportunidad de rebelarse ni quieren hacerlo y no las vamos a culpar por ello NUNCA”. Aquí arriba una prueba.
      El problema no es lo que una persona adulta y formada en la igualdad pueda pensar de este comentario de arriba. El problema, mayúsculo, es que hay millones de niñas que aún tienen que pasar su infancia apabulladas bajo estas consignas y sin capacidad para discernir qué es locura, aberración social impuesta, y qué es realidad. Por eso nuestra lucha es tan importante.

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  6. Somos hijas del conflicto. Todas. – Ha sido la gran frase para mi de todo el texto del que por cierto te felicito por la estructura que tiene, clara principalmente; me encantaría que pudiéramos transitar hacia el empoderamiento sin tanto sufrimiento y creo que sería un gran avance que desde muy pequeñas se nos educara con fundamentos y argumentos y no con los “valores tradicionales” del patriarcado, sin embargo habría que preguntarse tenemos la teoría suficiente como feministas para sustentar el hecho de observarnos agradablemente diferentes cuando nos maquillamos por ejemplo? o el efecto contrario cuando no lo hacemos? cuando esta es una cuestión de estética, la estética filosófica que tiene que ver con lo bello y el placer que causa verlo o generarlo?, o lo consideras parte del engaño? o como dice Beauvoir: La belleza es aún más difícil de explicar que la felicidad. slds

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    1. Sobre maquillaje hay cientos de libros escritos. Literal. Es una disciplina artística en la que, además del sentido de la belleza y la transformación, confluyen elementos como la sexualidad. Los objetos están por debajo del arte y la sexualidad; no valoran o “instrumentalizan” el arte, sino que son valorados a través del arte, tampoco son sexuales desde un “yo”, sino que son sexualizados. El maquillaje y la sexualidad en sujetos no implica ningún tipo de subyugación al otro. Aquí podemos poner como ejemplo, rápido y superfluo, a los cantantes masculinos de los ochenta; muchos de ellos se maquillaban como puertas, exploraban abiertamente su sexualidad a través del movimiento y utilizaban la libertad de sus genitales como forma de expresión y rebeldía (igual que lo hicieron los cantantes de Rock de los cincuenta). Eran y son sujetos: el maquillaje para ellos es un instrumento y la sexualidad parte de su identidad y su manera de entenderse y entender el mundo. La mujer, TODAVÍA, es objeto que el maquillaje arregla y objeto que el hombre sexualiza a su gusto. Esa es la diferencia fundamental cuando hablamos de manifestaciones e instrumentos que no tienen connotaciones claras y en ellos confluyen varios elementos culturales. Por eso hago tanto hincapié en aquellos tres: ropas religiosas femeninas cuyo significado es quitarle visibilidad a la mujer o someterla bajo el cuento del respeto (estoy en un grupo de feministas árabes que están alucinando mucho con el cambio de rumbo que ha tomado la opresión religiosa y cómo, el velo, que aún es obligatorio en la mayoría de países musulmanes, trata de venderse en occidente como símbolo feminista. Es para llorar. Es terrible eso. Terrible. Intentamos apoyar a las compañeras de este círculo feminista compartiendo artículos y críticas de feministas árabes laicas que contrarresten esta locura). El feminismo es laico. Al menos lo es en un contexto de religiones patriarcales que sirven para consolidar la subyugación de la mujer; ropas y estilos estéticos nacidos para establecer una diferenciación de sexos a través del “yo” masculino y el “otro” femenino; y explotación/auto-explotación sexual. Últimamente estos tres fenómenos intentan colarse como feministas y elecciones de nosotras y nada más lejos de la realidad. Un abrazo, Ana, muchas gracias por comentar.

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  7. Como explicarlo… Sé que no me creerás,pero es mi verdad. Al contrario que a ti,a mi me crió una mujer sumisa y machista. Bastantes bofetadas me costó de niña, mi rebelión constante con las “tareas femeninas”. Si eramos 4 hermanos, dos chicas y dos chicos,por qué demonios teníamos nosotras que hacer las camas de los chicos? Y te hablo de muy niña,no más de 9 años. Crecer no fue fácil, porque la rebeldía se acentuó. Siempre fui independiente, eso sí, sin jamás levantar la voz. Decía mi madre de mi, que la mosquita muerta sin abrir la boca,jode a quien habla. También tuve un tío de manos muy largas…del que simplemente hui. Una me llego para no volver a ponerme a su alcance, pero como siempre, no dije nada.
    Quizás también fue una huida hacia adelante mi matrimonio precoz con la consiguiente maternidad, lo único de lo que no me arrepiento. También como siempre, una vez me llego. Nunca más volví a dejar mi bienestar,ni mi felicidad en manos de nadie. He sido madre soltera casi toda la infancia de mis hijos,niña y niño, y no es que le regalara Legos a la niña, es que le daba muñecas al niño porque le gustaban muchísimo. Por supuesto, sin ningún tipo de ayuda del donante de esperma…no merece el título de padre.
    Con todo esto intento explicarte, que jamás he permitido que me dominen ni sometan. Que, como bien dices, tenemos la responsabilidad de luchar por nuestros derechos, nadie lo va a hacer por nosotras. Y sin embargo, nunca me definí feminista. Porque siempre pensé en mi como persona.
    Soy un ser un tanto raro(hasta padezco una enfermedad rara), para nada femenina, no uso ni maquillaje,ni tacones,ni faldas. Intente depilarme una vez,que horror! Duele así que me niego. No comprendo esa máxima de para presumir hay que sufrir. No presumo nada y listo. Nunca me ha preocupado “gustar”. Al que no le guste que no mire. Siempre he sido así, los años sólo me han reafirmado en mis posiciones. Sin embargo, no sé como, tengo un hijo al que crié yo sola que es un machista redomado. Como es eso posible, no lo puedo entender. El mismo al que le daba muñecas… Para mi, es algo inaudito. Y sin embargo, es la verdad.
    Y llegamos al presente, en que ya, hasta soy abuela.
    Un día, por casualidad, empiezo a leeros,me refiero a las feministas,u me peleo con vosotras, porque cuando os digo que jamás me he dejado someter, me decís que es imposible. Perdona? Yo sé lo que he vivido. No gano nada inventando.
    Pero sobre todo, me peleo por negarme a definirme feminista,pues para mi, una persona es válida en cuanto a ser humano, me da igual el sexo.
    Hoy…. Hoy si,lo que no ha conseguido nadie, lo consigue este debate… Igual hasta les tengo que dar las gracias…
    A ti,sin duda,gracias y un bico

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    1. Hola Yandra, gracias por tan extenso y nutrido comentario. No sé cuál es tu edad, la madre que me crió tuvo esas experiencias que cuentas de tu infancia y por eso, más adelante se hizo feminista. Muchas de mis amigas de mi edad también fueron educadas para servir a los hombres y por eso son feministas y millones de niñas ahora mismo, en España y en países de todo el mundo, están siendo educadas de esa manera, con mayor o menos violencia según la cultura machista de cada lugar. Solo en algunos países del norte de Europa las feministas han conseguido algunas cuotas interesantes de igualdad y es, por supuesto, gracias a la lucha feminista y siguen luchando. En Suecia las feministas siguen haciendo su trabajo, no dicen: “Ya hay igualdad, yo es que prefiero decir que soy un ser humano” (No lo digo por tu comentario, lo digo por centenares de comentarios que he oído). Y en España, un país en el que el machismo estructural es de los más fuertes de Europa (Alemania no se queda atrás, ni Italia, ni Grecia, ni Francia… pero ahí estamos nosotros, con fama nacional y europea), en el que se denuncian novecientas violaciones cada año (son una quinta parte de las totales, ya que muchas mujeres siguen teniendo miedo a contar que las han violado), el acoso callejero hasta hace un par de años era considerado poco menos que deporte nacional, la mayoría de altos cargos hombres es aplastante y la violencia contra mujeres que se quieren “introducir en reductos masculinos” es bestial (véase el caso de las árbitros), aún muchas mujeres y hombres abiertos de mente y supuestamente progresistas dicen: “yo es que no veo que el feminismo haga falta y no quiero considerarme feminista. Yo soy un ser humano”. Fíjate en una cosa: muchas mujeres y hombres abiertamente machistas, también dicen que el feminismo no hace falta, que mejor seamos “personas”. Esto nos tendría que hacer pensar. No culpar ni atosigar a quien dice que el feminismo no hace falta, sino pensar.
      Recordemos que el feminismo en sí, es la unión de muchas mujeres. Se libran batallas por separado pero las grandes guerras se ganan juntas (como el derecho al voto, que ganaron juntas nuestras bisabuelas feministas y que disfrutamos ahora, o el derecho a ser libre de las imposiciones religiosas que, lamentablemente, pese a manifestaciones multitudinarias y acciones muy duras, no ganaron nuestras hermanas afganas en el 76. Las aplastó un estado islámico opresor, misógino y femicida y ahora lo sufren sus hijas y nietas). Recordemos que los dos tipos de asociaciones de mujeres que se nos ha enseñado a entender dentro de nuestras shortlist mentales son “grupos de coser y cocina” y “aquelarres”. Aún nos cuesta entender las asociaciones femeninas como algo fuerte y con sentido pleno. “¿Para qué se iban a reunir las mujeres?”.
      Entonces el feminismo, en este contexto, es entendido por muchas supervivientes como un reducto en el que se cuentan desgracias y una se regodea en lo desgraciada que fue y que es. NADA MÁS LEJOS DE LA REALIDAD. También es fácil que muchas supervivientes caigan en la trampa de pensar que si ellas pudieron superar la opresión, todas las demás mujeres pueden, y si no lo hacen es porque no quieren. Muchas supervivientes han luchado solas, como lo has hecho tú, durante años y años y no entienden que lucharon solas contra toda una estructura, que el patriarcado no va de contar personas machistas, el patriarcado es global y estructural y está en cada ámbito de desarrollo individual y social, por eso tiene que deconstruirse de manera organizada y tenemos que alcanzar objetivos de manera organizada, tal y como hicieron y hacen nuestras hermanas Suecas, por ejemplo, o tal y como hicimos nosotras en tiempos todavía más oscuros.
      Otra cosa que me gustaría apuntar de cerca: fíjate en cuando comentas que no eres femenina porque no te maquillas. Pese a tus esfuerzos por liberarte de los individuos que han intentado someterte (porque hay un sistema detrás que apoya eso y les educa a pensar y sentir que la función de los hombres es someter a las mujeres y la función de las madres es criar niñas sumisas. No has luchado contra individuos concretos, quiero que te quede claro, te has opuesto a todo un sistema. Te has negado a que el sistema te mastique entre sus hélices), tienes pensamientos que no son nada ni similar a la libertad y dices, por ejemplo, que la femineidad está en maquillarse y sufrir para estar guapa, que tú no eres femenina, sin detenerte a reconocer que esa femineidad es masculina: la femineidad nuestra no es eso, no es sufrir y tener caras de muñecas. Por supuesto que eres femenina y eliges cual es tu propia femineidad. No estás renunciando a ser femenina, has cosntruido tu propia expresión acorde a tus prioridades y tu filosofía de vida.
      Tampoco eres capaz de percatarte de que tu hijo es machista porque todo un sistema lo empuja a ser machista y tú sola no puedes contra eso, la única manera de poder contra eso es hacerlo consciente desde pequeño de que el sistema es machista y que ha de contribuir a cambiarlo y eso, amiga, es feminismo (y aún así, si no está respaldado por las Instituciones, Medios de Comunicación, Sistema de Valores… cabe la posibilidad de que incluso conscienciándolo desde la familia, también caiga).
      Todas y todos somos machistas, luchando para desaprender, pero siempre nos queda algo y siempre seguimos deconstruyéndonos. Cuando decimos “fulanito no es machista” en realidad queremos decir: “fulanito es menos machista que muchos otros hombres”. Si tu hijo es más machista que muchos otros hombres, o así lo percibes, es por infinitas causas. Bebe el machismo en la calle, en la música, en el colegio, en las series y programas de TV, en el lenguaje… Actualmente, supongo que lo sabes, hay una recesión fuerte en los jóvenes respecto su manera de entender las relaciones. Un porcentaje alarmante de jóvenes cree que el control dentro de la pareja es sinónimo de amor, las jóvenes bailan encantadas canciones con letras que las violentan y los jóvenes retoman ese concepto tan dañino de masculinidad que queremos cambiar todas y todos desde el feminismo.
      A veces no queremos acercarnos a grupos de activismo porque tememos encontrarnos de frente con dolores que habíamos enterrado. Pero es mejor, créeme. Esa aproximación nos da la oportunidad de desenterrar circunstancias que siempre entendimos como responsabilidad nuestra o mala intención expresa por parte de otras personas y enterrarlas donde tienen que estar: en una lápida que pone “ESTRUCTURA”. Reconocer las opresiones estructurales es doloroso pero liberador y más liberador es luchar en contra de ellas 😉
      Un abrazo enorme.

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