Gracias por el ejemplo, machiprogre con ínfulas

En casa llevábamos meses tratando de convencer a Marc (el hijo pequeño de mi pareja) para que colabore en las tareas domésticas como hacemos el resto de habitantes. Después de leer tu artículo ¿Por qué me violenta el feminismo? con Alex (el hijo mayor de mi pareja) y echarnos las risas correspondientes, hemos resuelto imprimir estas palabras y ponerlas en la nevera:

Yo no quiero limpiar la casa. No quiero fregar los platos. No quiero comprar en el supermercado. No quiero cambiar pañales. Pero sobre todo: no quiero tener en la cabeza el orden previsor necesario para llevar una casa, no quiero llevar las cuentas, no quiero compartir esa carga, no quiero preocuparme porque faltan garbanzos o porque va a caducar el queso, no quiero, no quiero, no quiero. Quiero ser despreocupado y dejar que las cosas se hagan solas. He vivido muy bien enterrado en mierda, ¿por qué se me exige bajar la tapa del váter?

Y así, a lo tonto, como te corresponde, sin querer, nos has regalado el ejemplo que necesitábamos para demostrarle a Marc que su vagancia y su egoísmo no son asuntos de la edad sino de la consciencia y la sociedad patriarcales y que si no se pone ya las pilas, de mayor, acabará siendo como tú.

El pequeño ha crecido con un padre aliado feminista y aún no acaba de creer que existan hombres con semejante pachorra, por más que nosotras insistamos en ello. Ya sabes, a estas edades el mundo se reduce a lo que tienes cerca (carencia de comprensión que, por otro lado, en una sociedad tan dada al egocentrismo y el androcentrismo como lo es esta, se alarga hasta la muerte, y si no que te lo digan a ti, que estás vivo y tal, pero al paso que vas, cumplirás tres décadas más sin enterarte de nada).

Marc se ha sorprendido hasta tal punto con tu cínica y confesa pachorra, que nos ha pedido más —felicidades, por unos momentos te has convertido en el Máster de la desidia de un niño de 12 años con alergia al trabajo doméstico—. Entonces, Alex y yo hemos aprovechado para pasarle el siguiente ejemplo de masculinidad hegemónica que expones en tu artículo:

Estoy leyendo ‘La forja de un rebelde’. Son mil y pico páginas. Me encanta. Aprendo. Me emociono. Dedico a la lectura de Arturo Barea horas y horas. Además, estoy escribiendo un libro y publicando artículos. Durante mi lectura y mi trabajo, cada día, la comida se hace sola, la ropa se tiende mágicamente, la casa queda misteriosamente limpia. Andrea, entretanto, consigue corregir 140 exámenes, da clases en el instituto y la universidad y lee un libro de Emmanuel Lévinas. Creo que un duende mágico limpia y ordena todo para que nosotros podamos leer y trabajar.

Aquí le hemos recordado a Marc una de las bases de la lucha feminista: la deconstrucción de la familia patriarcal, profundamente tóxica, que enseña a las mujeres, desde pequeñas, a servir a los hombres, e invita a los hombres, desde que nacen, a enriquecerse y producir en todos los ámbitos a costa de explotar a las mujeres.

«¿Cómo es posible que este tipo no se haya dado cuenta de que su pareja lo hace todo en casa?», nos pregunta Marc pasmado. A lo que respondemos: «Antes de que empezáramos a vivir juntas y a educaros en el feminismo, ¿tú te dabas cuenta de que el papa lo hacía todo?».

Se queda callado, con esa mirada bajo la que se transparenta un recurrente «Es que el papa es el papa, son cosas distintas».

«¡Claro que el papa es el papa! Y de la misma manera, la mama es la mama y cuando deja de ser la mama es tu pareja. Lo que tú proyectas en el papa es lo que un macho hegemónico al uso, proyecta en su madre y luego en su pareja mujer. Llevamos meses tratando de explicarte eso. Tu relación con el papa, al margen de que él sea un tío y tú también, es análoga a la relación patriarcal niño-madre».

Para demostrarle que la relación que tenía (y quiere seguir teniendo) con su padre es patriarcal y tóxica y probablemente se reproduzca con una pareja, seguimos leyendo tu artículo. Antes, le preguntamos a Marc: «¿Por qué crees que tu hermano y yo te damos tanto la chapa para que estés pendiente de tu ropa, tu maleta de deportes, tus mudas del fútbol?». «Porque es cosa mía; no vuestra», contesta. «Sí, pero sobre todo, lo que ni tu hermano, ni tu padre, ni yo queremos es que acabes así». A continuación, le mostramos estas gloriosas líneas:

Otra: compruebo aterrorizado que no hay calcetines limpios en mi cajón. Es extraño, pero sobre todo preocupante. Tengo que irme de viaje. Ya he terminado el libro, lo he publicado, estoy de promoción. ¡Y resulta que no hay calcetines! ¡Pero cómo demonios! De mi garganta sale una pregunta que siempre suena de esta forma: ¡Andrea, ¿sabes dónde hay calcetines?! Andrea no lo sabe, pero lo supone. Había dos pares en una maleta de mi viaje anterior, que sigue en la entrada de casa, sin deshacer. Se ve que los duendes están enfermos.

Llegadas a este punto, creemos que para evitar pensar en el problema en cuestión, nos pregunta: «¿Por qué no para hablar de duendes? ¿Fuma algo este señor?».

«Lo de los duendes es en el mismo sentido en el que nosotras te decimos ¿qué crees, que esto se hace solo? Lo que pasa es que él no ha tenido la suerte de que nadie le hiciera la pregunta a tiempo y ahora, además de creer que inventa la pólvora, ya no tiene remedio».

Marc asiente en silencio.

Alex y yo reímos.

Créeme, machiprogre con ínfulas, que no le hace falta saber si escribes, eres futbolista o cantante de rock, en estos momentos lo último que querría es parecerse a ti.

Pasamos al siguiente punto, que es oro puro, más a estas horas de la tarde.

«¿Por qué tu hermano, tu padre y yo insistimos tanto en que se roten las tareas y todas hagamos de todo?».

«Para que sepa hacer de todo», responde incauto.

«Sí, por supuesto. Pero, sobre todo, para que de mayor no te acomodes y te ocurran cosas como esta».

Aquí le damos a leer esta hermosa lírica a la cocina y sus interrogantes:

Andrea me pregunta, un poco tensa, qué se me ocurre que podríamos comer hoy. Está en la cocina, mirando de arriba abajo los estantes de la despensa, abriendo y cerrando la nevera como si este movimiento pudiera atraer al duende mágico. Yo acudo. Andrea está muy agobiada, turnos malos en el instituto y la universidad, y encima el seminario por la noche. Con la antológica despreocupación masculina le digo que no importa, vámonos a comer fuera. ¿Por qué se enfada? Responde airada que pensar en la comida cada día es una putada. ¡Demonios, estas chicas! ¿Acaso no friego yo los platos casi siempre? ¡Si los friego muy bien casi siempre!

Al acabar la lírica, Marc empieza a agobiarse y se escaquea: «Vale, ya, dejadme, que tengo que hacer un directo. Luego seguimos».

«¿Nos prometes que no vas a acabar como él?».

«Os lo prometo», afirma con tono entusiasta y contundente.

No, no caerá la breva, sé que continuaremos peleando cada día para que se adapte al ritmo de casa, pero estamos seguras de que tu ejemplo acudirá a su mente en más de una ocasión y nos facilitará bastante la tarea.

Ahora permíteme devolverte el favor, contestando a tus codas.

Coda 1
El duende mágico no vuelve, y como Andrea y yo nos queremos, poco a poco me pongo las pilas. Poco a poco, repito. Cuesta horrores, pero no hay excusas. Lidiar con la culpa empieza a ser menos jodido que poner en peligro la relación. El único heroísmo aquí es su paciencia. Empiezo a hacerlo para no tener broncas (estas mujeres) pero al final, con el paso del tiempo, me parece acojonante la falta de consideración que he tenido con la persona que quiero. Tengo la impresión de que me esfuerzo como un buey haciendo tareas que a los duendes parecían no costarles trabajo, y tampoco es que nadie me aplauda. A ver si es que esto era conciliar.
Pero tampoco quiero ir de guay. A mí me queda mucho por hacer. Es lo que tienen las casas. Cuanto más construyes, más te queda por construir.

Ya que te estás autoeducando y tal, un apunte: no se hacen estas cosas por querer a nadie, se hacen porque tocan y porque la pareja colaborativa y la familia colaborativa son las bases de una sociedad sana y equitativa.

Coda 2
Todo esto me explica mi actitud hostil con el feminismo. ¿Seguiré criticando? Pues sospecho que sí, la verdad. Cuando los misiles feministas impactan en la libertad de expresión, me es difícil andar callado. No creo que lo haga. La verdad es que mi examen de conciencia no pasa por convertirme en un perro faldero. Es difícil ser un hombre en tiempos del feminismo, pero mucho menos difícil que ser una mujer en estos tiempos o en cualquier otro. Supongo que muchas tienen motivos para parecer tan cabreadas.

Alex tiene unos PPT muy chulos, con contenidos que va desarrollando para hacer en su cole exposiciones sobre el patriarcado y el sexismo. ¿Los quieres? Lo digo porque escribir sobre lo que necesitamos cambiar es bastante más inteligente que criticar a quienes intentamos cambiar las cosas, con ese talante de quien se fija en el dedo que apunta a la luna. Y no, Alex, de catorce años, no se siente como un «Perro faldero» por ser aliado feminista. Eso también podrás superarlo si le pones ganas.

 

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