Mi experiencia como activista feminista y consiguiente retirada

No sé si has llegado a este blog porque ya me conoces o por asuntos de la casualidad. Creo que lo mejor es que empiece presentándome: mi nombre es Judith Bosch Molina (Venezuela 1982), hija de un piloto catalán y una pedagoga canaria, ambos vinculados durante años a la cooperación internacional. Desde que tengo uso de razón soy atea, republicana y crítica con el sistema establecido, porque esa es la educación que recibí. Actualmente soy escritora, articulista, integrante del comité de expertas y expertos del Instituto Internacional del Valor Compartido, desde 2014 a 2019 fui pequeña empresaria del sector comunicación y marcas, y activista feminista desde 2016 hasta 2018.

Precisamente en 2018, cuando abandono el activismo, publico aquí este testimonio. 

Lo reedito ahora para dar respuesta a personas que me han conocido después de 2018 y para ofrecer mi apoyo a aquellas mujeres que puedan estar pasando por algo similar a lo que yo viví dentro del movimiento feminista.

¿Cómo y por qué empiezo a involucrarme en el activismo feminista?

En noviembre de 2016 me topo con varios artículos de «putas felices» a las que se promociona activamente para lavarle la cara al negocio y vender la situación de prostitución como emprendimiento empoderante, deseable para toda mujer que quiera salir de una situación precaria. «Mejor que trabajar en el McDonalds», alardea una de estas señoras.

Sinceramente, que este discurso cale en la opinión general, me provoca un escozor aguantable; lo que me duele muy dentro es pensar que mi sobrina pueda creerse esa mierda y venirme el día de mañana con el mantra del «trabajo sexual». En un momento dado, me bloqueo imaginando dos futuros posibles: en uno de ellos mi sobrina ha normalizado la situación de prostitución de miles de mujeres como «un trabajo como otro cualquiera», en el otro se sienta frente a mí y me recrimina «Qué hacías tú mientras en España se legalizaba el alquiler de mujeres para sexo». Yo respondo «Sacar a mi empresa adelante y ocuparme de mis cosas». Después de visualizar claramente esas dos alternativas, aparto una tarde completa de trabajo y me pongo a escribir.

Esa noche publico el artículo «Por qué soy abolicionista».

Ese artículo es para mí un grano de arena necesario. Algo que hacer para poder dormir tranquila sin esas evocaciones que me atormentan y sin la sensación continua de estar fallándole a mi sobrina y a miles de niña que, como ella, tienen derecho a crecer un poco más libres que nosotras, sabiendo la realidad de nuestras opresiones.

Por supuesto, no se me pasa por la cabeza que ese artículo pueda ser el principio de un camino marcado por las contradicciones, en el que acabo sufriendo criticoneo diario en redes sociales por parte de supuestas feministas y obstáculos continuos por parte de asociadas al movimiento y organizadoras de eventos feministas.

El complejo de descubridoras latente en el activismo feminista

El artículo «Por qué soy abolicionista» obtiene miles de visualizaciones en pocas horas. Al día siguiente tengo decenas de emails en mi bandeja de entrada: conozco de golpe a activistas de distintas edades y distintos procesos, directivas de asociaciones, supervivientes de la prostitución, periodistas, administradoras de páginas feministas… Me emociono pensando que puedo poner un buen puñado de granos de arena en el movimiento feminista haciendo lo que mejor se me da: escribir.

En los meses sucesivos continúo publicando artículos, también empiezo a tener voz en espacios de radio, defendiendo el abolicionismo del sistema prostituyente, abolición de la pornografía, abolición del alquiler de mujeres para gestación y abolición de género. Desde enero de 2017, comienzo a dar la cara en ponencias públicas junto a sociólogas y supervivientes.

Por aquel entonces estoy convencida de que este es un trabajo no remunerado necesario si quiero mirar a mi sobrina a los ojos en el futuro. Entre tanto, le resto horas a mi empresa para hacer activismo, dejó de publicar sobre otros temas, también le resto tiempo a mis amistades y pareja, y vuelvo a recibir amenazas del lobby proxeneta (ya las recibí antes, en 2008, durante mi trabajo de investigación para la novela Amazonas Dormidas).

A partir de esa decisión, se dan dos situaciones recurrentes: de puertas para adentro de mi vida y de mi empresa, familia, amistades, conocidas, clientas y clientes me preguntan a menudo sobre feminismo. Sobre todo, les inquieta que me haga llamar públicamente «feminista radical». ¿Eso no es malo?, preguntan, y mi tiempo de activismo se extiende a explicar, en cualquier momento y contexto, qué es el feminismo radical, haciendo hincapié en que «radical» viene de raíz. Estas situaciones son especialmente incómodas en el ambiente laboral y empiezo a tener problemas con clientes y empresas que no quieren trabajar conmigo. Por otro lado, de puertas para afuera de mi vida y de mi empresa, aparecen dos hordas de troles que me acusan de «vivir del feminismo» y de «hacerme famosa a costa del feminismo». Una horda está compuesta por machistas de manual, la otra está compuesta… ¡¡Oh, sí!! ¡¡Por supuestas feministas!! 

Aquí hay que recordar que el activismo feminista nace en el seno de una sociedad profundamente patriarcal y machista —de ahí su necesidad—, así que es absolutamente lógico que se repitan comportamientos abusivos o de acoso, así como reacciones absurdas. Lo que no tiene ninguna lógica es que estos comportamientos y reacciones no se frenen de alguna manera.

Antes de meterme en la boca del lobo, pensaba que el activismo feminista era autocrítico y reflexivo. Me equivoqué muchísimo.

Aquí también quiero destacar un fenómeno que viví muy de cerca y encuentro latente —incluso diría que inherente— en el movimiento feminista: el complejo de descubridoras. Funciona así: X escribía y publicaba sobre varios temas antes de que tú la conocieras. Tú conociste a X porque empezó a escribir y a publicar también sobre feminismo, por lo tanto, X usa el feminismo para hacerse famosa. Supongo que has captado lo egocéntrico y naif del trasfondo. Es gracioso, pero tener a una horda de troles, supuestamente feministas, llamándote Oportunista y Aprovechada cada día, cuando lo único que has hecho desde que empezaste a ser activista es enmarronarte, cansa. 

Misoginia interiorizada y mujeres que encuentran en el feminismo un lugar ideal para criticar frívolamente a otras mujeres en nombre de la autocrítica

No hay autocrítica como tal que frene los comportamientos abusivos o el acoso dentro del movimiento feminista, todo eso se silencia. El concepto autocrítica, precisamente, se usa para amparar ese acoso y fomentar criticoneo de visillo, del de toda la vida, pero con ínfulas.

Este fenómeno lo vi muy claro a principios de 2017, cuando conozco a Elena de La Vara, coincidiendo con mis primeras intervenciones en ponencias.

De entrada, Elena de La Vara me parece una mujer muy interesante y arrolladora. Le explico el problema que encuentro con feministas que empezaron a deconstruirse ayer y aprovechan el feminismo para tratar a otras mujeres como si fueran tontas. Está de acuerdo conmigo. Y en una de esas conversaciones me dice algo así como que ella hasta los veinte fue machista, que al año siguiente se hizo feminista liberal y que actualmente es feminista radical. Pienso «Precisamente eso forma parte del problema que te estoy comentando». Pero, lamentablemente, no le doy importancia porque creo que, sobre todo, Elena de La Vara es una mujer con muy buenas intenciones y muchas ganas de aportar dentro del activismo. Grave error.  Y tardo poco en darme cuenta. Elena de La Vara crea un grupo de Whatsapp conmigo y con otras dos mujeres activistas, en teoría para compartir, sumar y crear iniciativas juntas.

Entre iniciativa e iniciativa —proponemos siempre las otras tres participantes de ese grupo, ella en un año jamás propone nada—, Elena de la Vara se dedica a fomentar críticas sin el menor sentido pedagógico hacia otras compañeras que no están en el grupo.

Al tratarse de un grupo privado, no puedo poner aquí capturas de sus críticas, pero sí pondré algunas capturas de mis respuestas, a modo de ejemplo. Creo que leyendo mis respuestas puedes deducir perfectamente en qué circulo vicioso acabamos metiéndonos: ella critica y malmete sistemáticamente sobre compañeras y posturas, y yo contesto. Ya no por sentido moral, que quede claro, sino por una mera cuestión de sentido común. ¿Quién es Elena de La Vara para cuestionar la manera de hacer y los pensamientos de otras activistas? Es la misma persona que decía haber sido profundamente machista hasta hace dos años, luego feminista liberal y ahora feminista radical. Todo ello desde la comodidad de su sofá, en casa de su familia directa, quienes hacen esfuerzos titánicos para pagarle los estudios universitarios.

Campañas de desprestigio en grupos cerrados de Whatsapp y de Facebook

Con el tiempo las discusiones con Elena de La Vara en aquel grupo de whatsapp se van distanciando hasta que dejan de acontecer. Llego a pensar que ha madurado su manera de entender al resto de activistas. ¡Error! Lo que ocurre es que me está criticando a mí en otros grupos de whatsapp y en grupos cerrados de FB, donde hordas de activistas feministas me ven como el peor enemigo a abatir.

Aquí quiero remarcar otro fenómeno que he vivido muy de cerca en el activismo feminista. Aún subyace en este movimiento, supuestamente tan alejado de los modos patriarcales, aquello de:  «No hay nada peor para la sociedad que un a mujer que no se comporta como yo quiero que se comporte»; «No hay nada peor para la sociedad que una mujer que no da ejemplo»

El criticoneo y el ataque sistemático hacia mi persona, en redes sociales cerradas de criticonas y en mi propio muro de FB, por parte de activistas feministas, empieza en octubre de 2017 y en pocos meses acaba resultando insoportable. 

Este fenómeno es consecuencia de un error fatal que empiezo a cometer reiteradamente desde el año anterior: aceptar en mi cuenta cerrada de FB a todas las activistas feministas que me solicitan «amistad».

Soy una persona a la que le gusta compartir y que compartan conmigo, desde recetas hasta miedos profundos. En mi cuenta cerrada de FB hablo de mi vida sin ningún reparo y este ejercicio de expresión no le da derecho a nadie a juzgarme.

A las mujeres que hablan de su vida y de sus cosas sin reparo se las suele llamar descaradas, también lo hacen las feministas y ojo ¡En nombre de la autocrítica!

Así que a lo largo de ese año se me acusa de enaltecer el amor romántico por hablar de la que era mi pareja: un señor que tiene dos hijos que son dos amores. Se me acusa de invisibilizar a la madre de los niños por hablar de actividades que hago con ellos. Se me acusa de exponer a los niños. Lo mejor viene cuando estas activistas acusan directamente a Alex, el hijo mayor, de querer hacerse famoso a costa del feminismo (todo porque comienza a hablar sobre feminismo y adultocentrismo en su canal de Youtube).

Llega un momento en el que se me juzga hasta por la ropa que uso y a Alex se le empieza a llamar por el cariñoso apelativo de «Ese niño». Resuelvo una buena limpieza de contactos, reflexiono acerca del silencio y las vidas recatadas dentro de las sociedades patriarcales y escribo el artículo Recuperemos el poder de la palabra

A esas alturas da igual lo que reflexione, lo que diga, lo que escriba para tratar de detener esta situación. No hay nada que hacer. Mi muro de FB es ya la plaza a la que acuden diariamente mujeres acomplejadas sedientas de sangre. Cualquier mujer que se tome la libertad de hacerlo puede lapidarme. Para eso soy activista, ¿no? Tengo que lidiar con ello.

Lo mejor de todo es que estas actitudes hacia mi persona —y seguro que hacia más mujeres—  son alentadas y aplaudidas por «lideresas» del movimiento como Elena de La Vara, Aliza Díaz, Lula Gómez (Eres una Caca) y un triste etcétera.

En septiembre de 2018 escribo un post público en el que recrimino a la izquierda Española sus afinidades con la dictadura encubierta de Venezuela, así como con movimientos de liberación de países que fueron en su momento colonias españolas. Esto es: coartas el desarrollo de sociedades a las que sometes a tu yugo y, siglos después de que logren independizarse de ti, las tomas como referencia para tu avance como sociedad equitativa. Menciono el término Excolonias.

Al ser un post público, caen sobre él todas las activistas que había sacado de mi cuenta privada meses antes. Están esperando el momento de saltar y lo hacen con ganas, hasta acumular un total de 300 comentarios.

También aparece por allí Lula Gómez, a la que aún no había sacado de mi cuenta privada, no imagino —como sé después— que está detrás de estos ataques.

Ojo a su comentario:

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De este comentario de Lula Gómez plagado de machistadas infames podrían salir al menos tres guiones cortos de Eres una caca. Pero no es un comentario que haya soltado ningún machista de Foro Coches, no, es un comentario de una supuesta feminista radical que en su muro de FB pone cosas como estas:

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El tema no acaba con un hilo de 300 comentarios y la influencer feminista Lula Gómez llamándome pederasta. Semanas después, estas activistas feministas no pierden oportunidad de desprestigiar el libro que publico con mi empresa sobre estereotipos de género. Es un libro de análisis práctico y ejemplos sencillos, para todos los públicos, cuyos beneficios se donan a asociaciones e iniciativas vinculadas al RADFEM.

El año anterior mi empresa publica un libro sobre historias de emprendimiento, cuyos beneficios están destinados a SECOT.

Para que nos entendamos, es como si emprendedoras y emprendedores hubieran boicoteado ese libro anterior sobre emprendimiento diciendo que tengo poca experiencia de emprendimiento, no he estudiado ADE y seguro que saco el libro para ganar fama. ¿Rematadamente estúpido, verdad? Pues eso es lo que hacen centenares de activistas feministas.

En el ambiente del activismo feminista he encontrado más estupidez y más troleo gratuito que en ningún otro ambiente. Es más, las situaciones de violencia por violencia, enemistad y ataques absurdos que se ven dentro de este movimiento serían inadmisibles en cualquier otro ámbito.

 

Hipocresía nivel LULA GÓMEZ, creadora de Eres una Caca, que además es apoyada y encubierta por decenas de activistas, al rezo de «Otras mujeres la instigaron para que actuara así. Se ha arrepentido de lo que hizo». ¡Y a correr velo!

En la captura que sigue tienes a Lula Gómez con Alex, mucho antes de supiéramos que formaba parte de los grupos cerrados que me criticaban día sí y día también. 

Sí, Alex, que adora a Lula Gómez y me pide ir a todos los lugares donde va ella a presentar sus cacas y charlar sobre feminismo, tiene que leer el comentario público que viste antes.

Me parece de una falta de responsabilidad que roza el absurdo permitirte esa desfachatez hacia un niño de 14 años que te admira: en un hilo público llamas a la que es su madrastra pederasta y anuncias allí que la eliminas a ella de sus contactos y a él, llamándolo «Ese niño». Me parece demencial.

Aquí, Alex demuestra una madurez ejemplar. Me dice: «Judith, tranquila. No es nada personal. Por alguna razón, Lula Gómez te ve como a una enemiga. Pero tranquila, que es un problema suyo, no tuyo».

Varios meses después, Alex edita una de las fotos de su página de FB de fotografía para poner esto:

lulagomez2

Realmente, el comentario de Lula Gómez en aquel hilo público me sienta muy mal. Me hace vomitar. Y Alex, que tiene mucha más inteligencia, sensatez y empatía que estas tipejas, me acompaña en todo momento.

No crees que tu cuerpo pueda reaccionar vomitando ante un ataque verbal hasta que pasa, ¿y quien lo propicia? UNA SUPUESTA FEMINISTA.

Mi expareja, Alex y Marc se vuelcan varios días en mí y me ayudan a retomar la calma emocional.

Pienso entonces: «Qué feminismo es este que me causa daños que tratan de curar ahora tres hombres».

Algunas activistas con mucha visibilidad en redes sociales ayudan a encubrir el comportamiento de Lula Gómez, alegando que se arrepiente, que fue fruto de «La comida de tarro de otras». Esto no es cierto. Es más, esta es su reacción cuando publico este artículo en 2018 —obviamente la etiqueto—  

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Intentan dañarte de la manera más baja posible y después se vanaglorian de no recordar ni tu nombre. No, no es un machista de manual, es una INFLUENCER FEMINISTA. 

Gente mediocre, sin criterio, sin capacidad de colaborar y con exceso de protagonismo que encuentra en el feminismo un lugar en el que destacar

Toda esta situación asquerosa en redes sociales se combina deliciosamente con desencuentros presenciales de lo más curiosos. Conozco a un señor llamado Xavi Bernard, que cuando se presenta me pide perdón por no ser periodista, a lo que yo respondo con un «qué más da, importa lo bien que hagas las cosas, no los títulos que tengas. Titulitis al cuerno». Después, sorprendentemente, pasa de pedir perdón por existir a pedir perdón por organizar y moderar decenas de debates feministas. Dice: «Soy un hombre, no tendría que estar moderando esto». Pero ahí está.

En febrero de 2018 me invita a una ponencia sobre ablación que, por supuesto, él organiza y modera. Le digo «mejor no voy, que estoy muy alterada y además no entiendo la ablación como algo separado del resto de violencias estructurales. Entiendo que es la cumbre de una pirámide de violencias que empiezan con la imposición de silencio que deben visibilizar las activistas africanas y afroeuropeas». Aún así, insiste en que vaya.

Voy. Le envío la ponencia por email, para que sepa de lo que voy a hablar. Me dice que estupendo. Llega el día y hablo lo que me he preparado y él conoce de antemano. Pues el Sr. Bernard dice que mi intervención falta al respeto a las mujeres extranjeras, además me he levantado y me he movido del sitio (normal porque estoy muy alterada por aquellas fechas y se lo digo), lo cual, según Bernard es una falta de respeto para los técnicos de iluminación y sonido. SÍ, TAL CUAL LEES. Concluye informándome de que jamás volverá a llamarme para nada. Estupendo. Suma y sigue.

Una tal Maite Melich, encargada de gestionar espacios de intervenciones, que interrumpe a las ponentes en los actos feministas para coger ella el micrófono, decir que queda poco tiempo y marcarse a colación de la falta de tiempo sermones de cinco minutos, se me acerca en reiteradas ocasiones para sugerirme menos ímpetu en mis ponencias. Le digo que el ímpetu o la falta del mismo es cosa mía. Lo siguiente que hace es invertir todos los esfuerzos posibles en que yo no vuelva a intervenir ni organizar nada en los espacios que ella gestiona. Estupendo. Suma y sigue.

Me invitan a una asociación feminista que de entrada valoro mucho y allí, una señora que no tiene maldita idea de comunicación y quiere desplazar y anular a dos compañeras de la asociación (además amigas mías) profesionales de la comunicación, me pilla como su becaria. Le digo «A no ser que tengas esguinces en los dedos, que no es el caso, no voy a sacar tiempo de mi trabajo para enviar emails que puedes enviar tú misma», me tilda de inmadura y convoca al resto de la asociación para que insista en la necesidad de que yo sea su becaria. Estupendo. No duro ni una semana en la asociación. Las otras dos compañeras, amigas mías y profesionales de la comunicación como la copa de un pino, me dicen: «Queríamos avisarte del rollo que lleva encima esta señora, pero ni siquiera nos ha dado tiempo».

Suma y sigue con librerías feministas que te sueltan las palabras caché y exclusividad; grupos de apoyo feministas en los que se oculta la identidad de mujeres que piden ayuda económica y al dar ellas la identidad, se las expulsa; activistas feministas criticando a compañeras que cobran sus cursos; activistas feministas llamando nadie a compañeras que invierten su tiempo y su esfuerzo en formar a otras compañeras. Estupendo. Y el suma y sigue acaba haciéndose interminable e inaguantable.

El feminismo, igual que otras corrientes de izquierdas, ha pasado de ser un movimiento de valientes y kamikaces a ser una congregación de mediocres, directamente escupidos del patriarcado y del capitalismo más competitivos, que le hacen la vida imposible a la gente abierta y colaborativa, así de claro lo pienso y así de claro te lo digo.

¿Y quiero yo estar en esos fregaos? ¿Lo necesito? ¿Me hace bien de alguna manera? ¿Me ayuda o ayudo a alguien estando en esos fregaos? ROTUNDAMENTE, NO.

Violencia pasivo agresiva y luz de gas

Durante el mes siguiente a dejar el activismo me digo «Hay que hablar sobre esto, seguro que hay muchísimas mujeres que han pasado o están pasando por lo mismo». Y por supuesto, doy nombres. Doy el nombre de Elena de La Vara, Lula Gómez, Aliza Díaz y de algunas mujeres más del ejército de troles que fomentan ellas tres en sus grupos privados.

Algunas de las activistas que llevan meses a acoso y derribo conmigo, responden con esto.

El comentario rodeado en rojo lo hace una señora que, además de feminista, dice ser psicóloga.

Reitero que estas tipas, al igual que Lula Gómez, Aliza Díaz o Elena de La Vara no son sino ejemplos. Ojalá fueran únicas y respondieran a casos aislados, pero no lo son. Son simples ejemplos de lo que ocurre en el activismo y de lo que, por desgracia, no solo he vivido yo. Estoy segura de que muchísimas mujeres, igual que yo, se han ido asqueadas de estos lares que acaban reflejando todo aquello que queremos cambiar de la sociedad. 

Adiós desgaste de energía, hola vida

Para mí, el activismo feminista ha sido un vampiro integral de tiempo, dinero, relaciones personales, emociones, energía a todos los niveles.

Salir de la situación desoladora e infame que para mí ha supuesto el activismo, obviamente, solo me ha traído cosas buenas. He recuperado mi vida, muchísimo tiempo para mi trabajo y mis aficiones, y he recuperado quien soy: una mujer activa, curiosa, luchadora y comprometida a la que le gusta rodearse de buena gente y asumir metas concretas y factibles.

Dar la cara públicamente por el feminismo, en artículos, ponencias y redes sociales, a día de hoy, a mí, por lo menos, no me facilita la consecución de metas concretas y factibles sino lo contrario. Además, me aproxima hasta la nausea a gente profundamente gilipollas. Y la vida es corta como para codearte por elección con ese tipo de gente.

Aprovecho para recomendarte este artículo. Por favor, si eres activista feminista, léelo: Trashing: el lado oscuro de la sororidad – Jo Freeman (1976)

No soy la única que ha tenido esas experiencias dentro del activismo, nada más lejos de la realidad. Ni tampoco viene de ayer.

Gracias por haberme leído hasta aquí.

2 comentarios en “Mi experiencia como activista feminista y consiguiente retirada

  1. Tranquila, Judith. Vuelve al espacio en que te sientas cómoda y puedas disfrutar de lo que haces, que no por eso vas a ser mejor ni peor, ni vas a dejar de pensar como piensas y sentir como sientes, pero probablemente serás un poquito más feliz. Y muchos amigos agradecerán que dediques más tiempo a los juegos literarios. Y yo, que me siento como tú, feminista radical, de raiz, seguiré sintiendo que mujeres como tú son una esperanza de cambio, y seguiré disfrutando con tus libros y tus escritos. Un abrazo.

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    1. En las distancias cortas y en los círculos de confianza somos más fuertes, hacemos más cosas y perdemos menos tiempo. Volverán los juegos literarios, desde luego, y los microrrelatos para pensar. Te adoro, amiga mía.

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