El Pollito Pío

LeandroTeulats_PollitoPío2
Cuento de Judith Bosch con lienzos de Leandro Teulats

Este cuento está disponible impreso, junto a 11 cuentos más, en la Antología Mascotas de La Pastilla Roja Ediciones, proyecto coordinado por David Rozas, en el que participan David Rozas, Ana Vivancos, Lorena Gil Rey, José Manuel Durán, Sergio R. Alarte, Marina Dal Molin, Nestor Allende, Rain Cross, Ricardo Corazón de León, Bea Magaña, David Gutierrez y servidora.

Me apetecía mucho que viera mundo y además creo que, viendo mundo, pone su granito de arena en la promoción de la Antología y su ventas -eso espero y deseo-.

Acompaño el cuento con fotos de la obra de Leandro Teulats, divertida y a la vez oscura, con doble sentido y un uso de la metáfora que a veces da lugar a malos entendidos -como casi todos mis cuentos-. Estoy encantada de haber conocido a este artista y cada día creo con mayor certeza que “hemos nacido el uno para el otro”.

Vale, no me enrollo más, espero y deseo que disfrutes de las letras y las imágenes.

¡Abrazos!

Sigue leyendo

La insólita confesión de Sarah Miller

Leticia Vera_ARte8
Cuento de Judith Bosch con ilustraciones de la artista Leticia Vera

El escritor Israel Alonso y servidora estamos preparando un proyecto en el que probablemente incluyamos este cuento.

De momento me apetece mucho publicarlo en mi casa, en formato blog y digital 🙂 Y, sobre todo, estoy muy contenta de poder hacerlo en compañía de las ilustraciones de Leticia Vera, una artista que he conocido recientemente y que me ha enamorado por completo.

Deseo que disfrutes del cuento y que la obra que lo acompaña te haga viajar y sentir tanto como a mí.

Un abrazo.

Sigue leyendo

La flor del dolor

moribana [111]floración [112] floración [223]

Imágenes del fotógrafo y artista plástico Rafael Hierro.

La flor del dolor

-¿Ves estas marcas? -dijo la señora Asín, señalando una gran lápida cubierta de estrellas grabadas -. Cada una de estas marcas simboliza la pérdida de un alma; no la pérdida de un cuerpo, que es lo que todos venimos a llorar aquí, me refiero a la pérdida de un alma, la pérdida de lo mejor que tenemos, lo único que nos puede hacer libres.

Fadwa deslizó su mano por aquel firmamento de piedra. Luego levantó la mirada y la dejó extendida como una sábana sobre el fatigado rostro de su madre.

-Todos los que aquí están representados han desaparecido. Todos han desaparecido en cuerpo y en alma. Un día no quisieron acompañarse más en el dolor y fueron a quitárselo, y se perdieron en los brazos del bosque con la mirada vacía y la boca reseca, en busca de la flor mágica, Fadwa; ésa que todos en este pueblo conocen de oídas,  la flor del dolor.

Fadwa había escuchado hablar de la flor del dolor. Los aldeanos aseguraban que todo aquel que mordía sus pétalos se quedaba en el bosque para siempre.

-Prométeme que pase lo que pase no acabarás aquí -continuó la señora Asín -. Prométemelo, Fadwa. Ahora estamos solas tú y yo y tenemos que ser fuertes.

Fadwa asintió en silencio y le tendió la mano. Las dos regresaron hacia el desfile de telas blancas, los errantes enlutados que se detuvieron frente a una tumba recién puesta: la tumba del padre, esposo y bien amado señor Asín.

Después de recibir todos los pésames oportunos, madre e hija se metieron en un coche conducido por el tesorero de la familia. Tenían mucho que hacer. Faltaba una semana para que la señora Asín se casara con el hermano del difunto; debían ultimar preparativos y entre tanto llorar las lágrimas que quedaran, para que el corazón no se pudriese.

El matrimonio se celebró en la fecha acordada, con una ceremonia muy austera y la presencia de algunos familiares. Ese mismo día el señor Keled Asín, hermano del difunto, se trasladó a la casa donde vivían Fadwa y su madre. Contrariado por no contar con una esposa virgen con la que celebrar una noche de bodas a su gusto –y al gusto de Dios-, exigió educadamente la compañía de la joven Fadwa. La señora Asín aceptó, empujada por el miedo no infundado a que Keled la repudiase.

-Dios nos ha hecho mujeres, cariño, y tenemos que aguantar. Si nos repudian, nos quedaremos en la calle a merced de la misericordia de las gentes de este pueblo -dijo la madre a Fadwa mientras secaba sus lágrimas y acariciaba su pelo.

-Pues viviremos de la misericordia, madre -contestó la pequeña.

La madre le pellizcó la barbilla y le dio un beso en la frente.

-No sabes lo poco misericordiosa que es la gente con las mujeres repudiadas.

Después la abrazó, con cuidado, como si estuviese abrazando un pájaro herido.

Keled esperaba detrás de la puerta.

La señora Filiz Asín y Fadwa conocían bien las perversidades del hermano gemelo del señor Asín. Incluso la anciana y difunta Imtithal, la madre de los dos hermanos, había advertido a Filiz del peligro que suponía para ella casarse con Kadin Asín, el hermano más débil, ahora el difunto esposo.

Kadin Asín era un hombre bondadoso y muy delicado de salud. Keled, sin embargo, potenciaba su tremenda maldad con una robustez de roble y una capacidad nunca vista para recuperarse de cualquier afección.

-Si Kadin muere antes que Keled, ya sabes lo que ocurrirá contigo y con los hijos que engendréis -advirtió la abuela.

Pero las cartas ya estaban echadas. Ahora Filiz y Fadwa no tenían otro remedio que soportar las fatalidades del destino.

Y así hicieron.

Durante meses curtieron sus cuerpos y sus sexos de golpes y humillaciones.

Madre e hija tragaron tantas lágrimas que sus corazones empezaron a pudrirse en el pecho, y cada vez que tosían se quedaban con un trozo de corazón en la palma de la mano.

Los ojos de las dos se marchitaron y ya no distinguían colores ni formas; ya dejó de importar que el cielo estuviese azul, o negro, o cubierto de nubes. Ni que los almendros enseñasen sus primeras flores. Madre e hija no veían. También empezaron a dejar de escuchar, de modo que los cantos de los pájaros y los insultos del señor Asín acabaron metidos en la misma bolsa rota.

Las dos mujeres fueron convirtiéndose, poco a poco, en dos sombras enjutas que moraban por los pasillos como fantasmas. Aprendieron a vivir sumidas en un sueño espeso, en el que el tiempo hubo perdido toda vinculación con la felicidad y la tortura.

Una mañana Fadwa encontró a su madre muerta, tendida a los pies de Keled.

El hombre, desesperado, la pateaba y gritaba: “¡No te puedes morir! ¿Qué hago ahora con estas legumbres? ¡Tu hija es tan mala cocinera que haría vomitar a una alimaña! ¡Levántate! ¡Vamos! ¡Arriba!”.

Fadwa se apoyó en la pared, y se dejó caer, invadida por un estremecimiento que convirtió su cuerpo en un amasijo inerte de metales carcomidos.

Encogida en el suelo, ante la mirada mezquina del asesino de su madre, sintió una pequeña punzada –un pequeño pellizco- en el minúsculo pedazo de corazón que aún no había sacado por la boca.

Todos los meses de encierro le cruzaron la frente: el dolor que hundió sus costillas hasta convertirlas en finos alambres, hilos conductores del miedo; La necesidad de huir del cuerpo y dejar la piel atrás, como una serpiente que muda su espanto; la urgencia de morir en vida, asfixiar los latidos del propio corazón.

“Tengo corazón”, pensó. “Tengo corazón, tú aún no me lo has quitado”.

Repentinamente una descarga eléctrica la convulsionó entera y sus brazos y sus piernas se convirtieron en rígidos e indestructibles hierros incandescentes.

Sus ojos se encendieron.

Sus dientes chirriaron hasta producir chispas, y de las mandíbulas de acero empezaron a emerger ríos de espuma amarga.

El señor Asín fijó la mirada en el rostro desfigurado de la pequeña Fadwa, ahora monstruosa Fadwa, y caminó hacia atrás, lentamente, con los labios trémulos y la tez pálida.

Fadwa se fue incorporando poco a poco, estudiando la anatomía del asesino como la leona que examina a su presa.

Cuando Keled derramó sobre el suelo la última gota de sangre, exhalando toda su maldad en un aliento hediondo como el caldo de azufre, la bestia se colocó en pie sobre su cuerpo, alzó la vista al techo y arrancó de su garganta un aullido aterrador como pocos se han oído en este mundo.

Saltó luego hasta las piernas de la mujer muerta. Las olisqueó como si fuese una jabata buscando un hilo de vida bajo la carne. Las lamió, y siguió el rastro de las heridas hasta el pecho hundido, y allí, entre lametones y rugidos, vació en un llanto espeso como el alquitrán, los vestigios de humanidad que le quedaban.

Apenas dos horas después, corría por el bosque a cuatro patas, espantando a cualquier ser viviente que se cruzara en su camino.

Seguía el rastro de un perfume, un perfume que jamás hubo percibido antes- no siendo humana-, un perfume que estallaba en su hocico a modo de latigazo y convertía su estómago en una bola de fuego.

Terminó de perseguir el rastro en lo más profundo del bosque, a los pies de una flor de tallo grueso y duro y suaves pétalos tornasolados.

Pasó la piel de la cabeza por los pétalos hasta derretirse de caricias, dejando pender, del hocico embriagado, finas hilachas de un líquido blanco y pegajoso.

Y mordió la flor.

Cuando no pudo más con la excitación, mordió la flor lascivamente. Y engulló uno a uno, con fruición, todos los pétalos.

Y dejó a la flor sin pétalos.

Entonces comenzó a mordisquear el tallo, sintiendo cómo dentro del cráneo burbujeaba una papilla espesa, y su tráquea se expandía hasta reventar las arterias del cuello.

Comió y comió.

Hasta dejarla sin tallo.

Entonces escarbó en la tierra, en busca de la raíz tierna y jugosa. Y mientras el cuerpo tiritaba, fue comiendo de la raíz con bocados frenéticos. Escarbó y comió hasta acabar con el último pedazo de raíz y un hoyo gigantesco se abrió bajo sus patas.

Abajo, tumbada e inmóvil oyó unas pisadas que se aproximaban, luego una voz dulce y musical.

-¡Ya estás aquí! Llevo tanto… tanto tiempo esperándote.

La bestia pudo distinguir la sombra de una muchacha.

-No lo sabes, ¿verdad? No sabes quién soy -susurró la muchacha desde la penumbra.

La bestia no pudo emitir ningún sonido, ni siquiera un gruñido apagado.

-Cada vez que perdías un pedazo de corazón -continuó la muchacha -yo me hacía más fuerte, más sólida, más visible. Hasta que empecé a pensar, a hablar conmigo misma. Entonces supe que el tiempo para encontrarnos se hacía más corto. Por eso aguanté la espera, la abrumadora espera, porque sabía que cada día tu corazón se iba volviendo más pequeño, y el mío, en cambio, más grande y refulgente. ¡Esperándote! ¡Qué paradoja! Esperándote en angustiosa soledad mi corazón se hacía más fuerte. Fue tan relajante para mí sentir cómo vibraba tu último pedazo de corazón, cómo se sacudía, cómo estallaba, igual que una estrella a las puertas de la muerte, con todo el brío y la magia de una estrella. Oía el crujido de las hojas bajo tus pisadas, oía tu respiración fuerte, ansiosa…, casi podía sentir el deseo que prendía en la carne misma de tu hocico, casi podía sentirlo, y estremecerme. ¡Oh! ¡Dios! Cuando mordiste el primer pétalo… ¡No sabes cómo se sacudió todo mi cuerpo! ¡No sabes de qué manera se me erizó la piel! ¡Cómo temblaba! Más y más a medida que ibas comiendo, saciando tu hambre, hundiéndote hasta mí… Y ya estás aquí, por fin, ya has comido. Y mírame ahora, soy yo… soy tú. Tan real y tangible como lo fuiste algún día, como lo fuimos algún día.

Los ojos de la bestia se apagaban poco a poco.

La muchacha se acercó al animal y se arrodilló.

-No sufras, no sufras más, ya no hay dolor, ya no. Ahora estamos juntas. Para siempre.

Se inclinó y besó el hocico de la bestia.

La bestia la contempló en un último intento por mantenerse despierta. Aquel rostro le era tan familiar, tan conocido, tan suyo…

Sí, esa fue ella en otro tiempo, ya muy lejano, o al menos eso le habían dicho las mentirosas pieles de los espejos.

Ohne Dich

Judith Bosch 2009

LA PIEDRA MÁGICA

LAPIEDRAMAGICA1 lapiedramagica2 lapiedramagica3Fotografías: Esther González González

La piedra mágica

El joven Sulivan se pasó todo el verano limpiando las malas hierbas del jardín de la señora Lynch, una anciana bruja que apenas se tenía en pie.

El día en que Sulivan terminó su trabajo la señora Lynch lo invitó a té y le hizo un obsequio muy especial.

“Te voy a regalar un amuleto mágico”, comentó la vieja hechicera después de hurgar en los bolsillos de su bata roída y sacar una piedra completamente blanca y redonda.

“Abre la mano, chico”, ordenó.

Sulivan cogió la piedra y la examinó.

“¿Qué es esto?”, preguntó arrugando el ceño.

“Guárdala en tu bolsillo”, contestó la vieja. “Cada vez que la notes caliente sácala y mírala. La piedra cambia de color según lo que augure. Ahora atiéndeme bien. Si la piedra se pone roja, eso significa que has de cambiar la dirección de tus pasos, porque el camino esconde un peligro mortal. Si, en cambio, su color es verde esmeralda, eso querrá decir que has de obedecer a la persona que te está aconsejando. Si la piedra aparece de color naranja deberás alejarte de la persona que te está mirando. Si la piedra se pone de color amarillo, cuidado, porque corres peligro de que un amor traicionero te cause graves problemas”.

El joven Sulivan guardó la piedra tal y como le indicó la señora Lynch. Luego se despidió y prometió volver de cuando en cuando para comentarle los aciertos o errores de los pronósticos.

“Nunca se equivoca, muchacho, hazme caso”, repitió la vieja.

Al día siguiente el chico fue al pueblo para hacer algunos recados. Andaba por la calle portando dos sacos de cereales cuando notó que el bolsillo le quemaba. Rápidamente se detuvo y extrajo la piedra. Ésta, para su sorpresa, estaba de color rojo intenso. No supo qué cosa hacer, así que cambió de acera. Al cabo de unos segundos oyó un estruendo a su espalda. Un andamio, desprendido del edificio por el que hubiese pasado de no haber cambiado de acera, se precipitó contra el suelo. “Casi me mato”, pensó el muchacho.

Aquella tarde fue a ver a la señora Lynch.

“¿Qué te trae por aquí?”, preguntó la vieja.

“Vengo a decirle que hoy su piedra me ha salvado la vida”.

Al día siguiente Sulivan estuvo hablando con su madre y ésta le comento: “Vete hoy a correos que algo me dice que desde mañana tendremos tormenta para una semana”. Le volvió a quemar el bolsillo. Esta vez la piedra apareció de color verde, así que hizo caso a su madre.

A la mañana siguiente empezó una tormenta que no cesó en siete días.

El primer día que Sulivan vio a Lynch después de la tormenta, le dijo: “Su piedra ha vuelto a acertar y he podido recoger unos documentos muy importantes”.

Una semana más tarde el joven volvió al pueblo a comprar pienso para los animales. Se cruzó con la señora Bragdon, la madre de uno de sus mejores amigos. “¡Suli! ¡Hace tanto que no te veía!”, exclamó la mujer. “Acompáñame a casa y te invito a un té”. El muchacho, que volvió a sentir quemazón en el bolsillo, miró con disimulo el color de la piedra. Vio que aquella había adquirido un encendido color naranja, se alarmó y puso cualquier excusa para alejarse de la pobre señora Bragdon.

Dos días más tarde se enteró de que la mujer había sido ingresada en el hospital acusando síntomas de una afección muy contagiosa.

“Señora Lynch, una vez más su piedra me ha salvado”, admitió Súlivan en cuanto tuvo ocasión.

El joven aprovechó las predicciones del amuleto durante más de dos años. Pasado aquel tiempo la señora Lynch se puso gravemente enferma y murió. Sulivan prometió visitar su tumba de cuando en cuando y seguir relatándole los prodigiosos augurios de la piedra.

Un buen día Sulivan se sentó a desayunar en una de las cafeterías del pueblo. Una joven encapuchada que lo observaba desde la barra se acercó y le pidió permiso para sentarse a su lado. “Por supuesto que puede hacerme compañía”, respondió el muchacho cortésmente. “Es más, no me gusta nada desayunar solo”, añadió. En ese preciso instante su bolsillo empezó a arder.

Ojeó el color de la piedra y se encontró con un amarillo fuego que le dejó consternado.

Luego volvió a mirar a la joven. Ésta se quitó la capucha.

“¡Dios santo!”, exclamó Súlivan involuntariamente. La joven tenía el rostro completamente desfigurado y plagado de úlceras.

“¿Le molesta mi presencia?”, preguntó la muchacha. “¿Quiere usted que me vaya? Si quiere que me vaya lo entenderé”.

“¡No! Por favor, no se vaya”, expresó Súlivan en tono de disculpa.

Permaneció largo rato hablando con la joven. Después se despidieron.

“¿Podremos vernos mañana?”, propuso ella. “Es usted él único hombre que ha aceptado mi compañía después de ver mi rostro”.

Súlivan sin pensárselo mucho aceptó.

Aquella tarde fue a la tumba de Lynch y contó lo ocurrido.

“Difunta señora Lynch, algo está fallando. Hoy se me acercó una joven desfigurada y el amuleto se puso color amarillo fuego”.

Guardó silencio a la espera de alguna señal. Al cabo de dos minutos un enorme cuervo se posó sobre la tumba y con voz de inframundo anunció: “Tienes tres días y tres noches para corregir el error. Ándate con ojo, pues tu desgracia puede ser inminente”.

“¡Pero es imposible! ¡Ese no puede ser mi amor traicionero!”, repuso el muchacho.

El cuervo movió sus alas con violencia y se aproximó al rostro de Sulivan. “El amuleto nunca se equivoca”, adujo.

A la mañana siguiente los dos jóvenes volvieron a desayunar juntos.

Sulivan no dejó de observar a la muchacha un solo segundo. El amuleto nunca se equivocaba, luego tendría que haber algo en ella que lo enamorase hasta enloquecer.

“¿Cual es tu nombre?”, preguntó antes de despedirse.

“Me llamo Lucy Cornwell”, contestó ella. “¿Podremos mañana vernos de nuevo?”.

“No sé si eso será posible”, respondió él. “No sé si es conveniente que siga viéndote”.

La joven sonrió y se marchó.

Aquella tarde Sulivan regresó al cementerio. “¡No es posible!”, gritó. “¡Lucy es bondadosa y sencilla! ¡No puede ser ella mi amor traicionero!”.

El cuervo bajó a posarse sobre la tumba y afirmó tajantemente: “Esa mujer es y será tu perdición a menos que tú pongas remedio”.

“¿Pero por qué?”.

El cuervo levantó el vuelo y se llevó consigo el eco de los alaridos y los rumores del viento, dejando a Sulivan en el más desolador de los olvidos.

Al día siguiente, muerto de curiosidad, Sulivan fue en busca de Lucy Cornwell.

“El destino no quiere que nos juntemos, dicen los sabios que eres un amor prohibido”, declaró tendiéndole las manos.

La joven cogió sus manos y las besó. “No temas. Yo nunca podría dañarte”.

Sulivan se quedó mirándola fijamente y descubrió un brillo especial en sus ojos. Los bolsillos le quemaban hasta doler, y las manos, que confundieron el ardor de la pernera con enamoramiento ciego, temblaron. “No puedo seguir viéndote, no puedo”, le confesó entre lágrimas. La joven lo tomó entre sus brazos y lo besó en la frente. “Sólo te pido un día más. Mañana nos vemos. Yo te haré sentir lo que no has sentido en tu vida. Tú si lo deseas podrás irte para siempre”.

Sulivan, rendido ante su propio destino, aceptó.

Aquella tarde, cuando regresó al cementerio, sacó una voz rabiosa y desesperada. “¿Por qué tiene que ser ella? ¿Por qué ella y no otra?”. Sólo escuchó el eco de sus propias palabras.

Al día siguiente Lucy Cornwell lo llevó a lo más profundo del bosque. Allí se besaron con violento deseo y se amaron hasta que el muchacho cayó rendido. Después Lucy se incorporó, se inclinó hasta la cabeza del joven y susurró: “Ahora quiero que me des mi piedra”.

Sulivan palideció. “¿Qué piedra?”.

“Mi piedra”, repitió Lucy.

El joven intentó levantarse pero su cuerpo no le respondía.

“No lo intentes”, le advirtió ella. “Mis labios y mi cuerpo están recubiertos de un veneno letal. Mientras menos te muevas más tardará en hacerte efecto. Si te portas bien y me das mi piedra tendrás una oportunidad de vivir”.

“¡Cógela tú! ¡Está en el bolsillo de mis pantalones!”.

“Me la tienes que dar tú. Ese es el trato”, repuso Lucy.

“¿Qué trato?”.

Lucy se sentó y se recogió el cabello. “Primero dame mi piedra”.

Sulivan con movimientos lentos y confusos llegó hasta los pantalones y sacó el amuleto. “¡Quema! ¡Quema!”. “¡Dámelo!”, repitió ella. El muchacho obedeció. Luego volvió a quedar tendido en el suelo, completamente exhausto.

“Mi abuela, una poderosa hechicera, me castigó a vivir con este rostro después de que yo traicionase su confianza intentando robar sus cinco piedras mágicas. Para resarcirte, me dijo, tendrás que acometer la siguiente tarea: Cada cinco años yo entregaré una piedra mágica a un hombre muy especial. Tú tendrás que encontrar a ese hombre, conseguir que te ame y que te entregue de su propia mano la piedra.  Nunca amarás por el camino, porque tu amor será pura traición, forjado con la malicia de tus ojos y el veneno de tu cuerpo. Cuando reúnas las cinco piedras, ponlas tres días y tres noches a la luz de la luna llena. Así desharás el hechizo y recuperarás tu hermosura. ¿Cómo podrá un hombre enamorarse de este engendro?, pregunté yo. Ella simplemente sonrió. Conforme empezó a pasar el tiempo empecé a entenderlo. Y supe que mi abuela, aún enfadada, lo había dispuesto todo para que yo finalmente pudiera completar mi tarea”.

Mientras Lucy hablaba los ojos de Sulivan se iban cerrando poco a poco. En sus manos conservaba el tacto de un cuerpo imposible, en sus labios el sabor del veneno, en su recuerdo confuso la tumba de la señora Lynch y las palabras amenazantes de un cuervo.

Judith Bosch 2009

 

LA VISITA

visita1 visita3 visita5 visita7 visita8visita9visita10

Fotografías: Sergio Rosales Medina

LA VISITA (Judith Bosch 2010)

Miró el reloj de Minnie Mouse que llevaba en la muñeca.

A veces se acordaba de que cuando su madre le regaló ese reloj ella aún no la odiaba. Apenas sentía ese escozor en los pulmones, los arañazos de sus propias costillas, y mucho menos aquella sensación permanente de estar patinando en una pista de hielo, muy fría y solitaria, sin tener ni idea de patinaje y con las ruedas untadas de vaselina.

Pero eso ocurría sólo a veces.

La mayoría de las ojeadas, que caían a rápidas ráfagas sobre las manecillas del reloj y su correa roja, no buscaban recuerdos.

Y ahora, a tres horas del toque de queda, el único pensamiento que le rondaba la cabeza era el de huir.

Así que se agarró con fuerza al manillar de su bicicleta y pedaleó sin descanso hacia el lugar de siempre, sintiéndose más libre a medida que ganaba velocidad el asfalto que se deslizaba bajo las ruedas, y el viento, con furiosa melancolía, le golpeaba la frente.

La carretera acabó en el lugar de siempre y en el mismo momento, justo delante de aquel descampado plagado de hierbajos, insectos, lagartijas, y cardos del tamaño de un jugador de baloncesto. Justo cuando el horizonte empezaba a encenderse y las siluetas de los cipreses, que asomaban sus cabezas por encima del cementerio, comenzaban a teñirse de un luto especial.

Bajó de la bicicleta y anduvo con ella -las dos con las manos entrelazadas- hasta su escondite, su santuario, el único lugar del mundo en el único momento del día en que todo podía ser posible.

Y se sentó, como siempre, a esperar a las estrellas.

Los cipreses lloraban ese tipo de soledad que araña el alma y el cielo ya se había tintado de rojo, cuando oyó aquellos pasos a las espaldas.

Se giró.

Una mujer se aproximaba despacio, examinándola con una mirada muy difícil de definir. Una mirada que le resultó extrañamente familiar.

No supo calcular la edad de la mujer, se le daba mal adivinar las edades de los adultos, y tampoco es que le importase demasiado. Sólo se preguntaba qué demonios hacía allí y cómo había podido encontrarla.

Cuando la mujer, que caminaba en silencio, se acercó lo suficiente y se quedó parada, un puño invisible golpeó el centro de su pecho y se le revolvió el estómago. Dios… se parecía tanto a su madre.

Pensó que podría ser una tía o una prima que todavía no conocía, y que había venido de visita, una visita que ella habría olvidado. Y aquellos tiempos no estaban para olvidos, los olvidos siempre traían consigo consecuencias bastante desagradables (antes o después de un buen manto de tortas).

Hizo amago de incorporarse. Entonces la mujer la detuvo con un rápido gesto de las manos.

-No te preocupes- dijo-. Ya me agacho yo.

Y eso fue lo que hizo. Se acuclilló y quedó frente a ella, cara a cara.

Sí que se asemejaba a su madre, a cada instante más. En el fondo de la mirada, quizá, o en lo que decían los disimulados pliegues de su rostro, o en la frente enorme que también parecía estar cargada de tormentos. Y no supo por qué le evocaba a su madre, de aquella manera tan viva y repentina, porque tenía el pelo largo y castaño, los ojos pequeños y verdes, las cejas no demasiado espesas y la nariz menuda. Pero daban igual las escasas similitudes físicas, ya podría ser china o escandinava o sudafricana, que seguiría pareciéndose muchísimo a su madre.

La mujer sonrió a medio labio. A lo mejor le estaba leyendo el pensamiento.

Ella abrió mucho los ojos. En ese momento se percató de que los ojos de la mujer estaban cargados de agua.

-¿Quién eres?- preguntó.

La mujer volvió a sonreír, esta vez dibujando en su rostro un gesto más bien triste.

Sin dejar de mirarla y sin vaciar con un solo parpadeo los destellos de las pupilas, rebuscó en los bolsillos de los pantalones, sacó un paquete de tabaco y se sentó.

-Ruth…- susurró, ahora encendiendo el cigarrillo con la vista puesta sobre el horizonte, como si no estuviese hablando con nadie, como si se hubiese acordado de un nombre, pero sin intención de mencionar a nadie.

Pero lo cierto es que, adrede o sin querer, aquel nombre que la mujer acababa de pronunciar era el suyo.

-Ahora me gusta tu nombre- continuó. Y ahora volvió a mirarla.

-A mí no- contestó Ruth, como empujada por un resorte.

-Ya lo sé.

En ese preciso instante chocó contra el vacío inmenso que ahuecaba las pupilas de la mujer, las pupilas que ya no estaban cargadas de agua, ni brillaban, pero que le seguían evocando a su madre.

Crueldad… La crueldad no tiene por qué derivar de ningún tipo de perversión disciplinada, basta con que se unan el hastío y el jugo verdoso y ácido que derraman los sueños rotos.

-Esto no significa nada- continuó la mujer-. Pero eso aún no lo sabes. Y mañana lo recordarás, lo recordarás siempre. Y siempre que recuerdes estos momentos sentirás algo especial y pensarás que ya sabías, desde hace tiempo, que tu destino estaba escrito. Pero no significa nada, no significa nada de nada. Lo que sientes ahora, si acaso te sirve, y ya está. Eso es lo único que significa.

Al terminar la frase la mujer se giró hacia ella y le escupió una bocanada de humo en la cara.

-¿Qué sientes ahora?- preguntó.

-Asco- contestó Ruth, arrugando la nariz, frunciendo el ceño y espantando la nicotina quemada con una mano.

-No, no me refiero a eso. Me refiero a lo que sientes aquí, ahora.

-Estoy asustada -susurró con voz rota.

-No… Me refiero a lo que sientes aquí, no ahora porque esté yo. Me refiero a lo que sientes aquí, ¿entiendes? Necesito saberlo.

-¿Qué pretendes? No puedo pensar ahora- adujo Ruth, con un tono seco y palabras entrecortadas.

-No pienses… sólo siente. Recuerda lo que sientes aquí. ¡Vamos! No puede ser tan complicado, tienes buena memoria.

Ruth apoyó las manos sobre la hierba, respiró hondo y miró hacia el horizonte ensangrentado, como si fuese un día más, en el lugar de siempre, como si estuviese sola, una vez más, sola junto a la soledad de los cipreses, que lloran el escozor rabioso de los recuerdos y el estridente palpitar de las fantasías -aquellas que se estallan contra el futuro incierto- en un ejercicio liberador, extenuante.

-Emoción- dijo por fin, aún con los ojos cerrados.

La mujer esbozó una sonrisa cansada.

-Vaya… sí que cambian las sensaciones después del recuerdo. Yo hubiese jurado que sentías paz, que sientes paz. Paz, calma…, tranquilidad.

Ruth negó con la cabeza.

-No es eso lo que siento aquí.

-Supongo que es porque piensas en el futuro más de lo necesario. Sí… reconozco esa mirada. Eso sí que lo reconozco. Esas ganas de escapar que te destruyen por dentro sin querer y te convierten en una jodida y estúpida soñadora.

Ruth pegó un respingo. Fue igual que si le hubiesen dado un susto terrible. La sensación fue la misma, aquel estallido de sangre en la cabeza que luego bajaba precipitadamente hasta los pies, dejando a su paso una negrura, tan cruda… tan apabullante.

-Sí. Veo que entiendes lo que estoy diciendo- musitó la mujer.

-No- mintió –no lo entiendo.

-Claro que sí. No te hagas la tonta. No puedes engañarme, es imposible. Sólo puedes engañarte a ti misma. Sí, eso es lo que vas a hacer, continuar el camino, a ciegas. Convertir tus frustraciones en sueños, como todo el mundo, y pensar que te espera algo más, algo mejor, como todo el mundo hace; creerás que el sufrimiento no deja más sufrimiento, que hay una razón para todo, que las circunstancias te están fortaleciendo y que mañana serás recompensada, que encontrarás un sentido a todo y serás feliz, y recordarás esto y te reirás, bueno… o sonreirás satisfecha, que queda más cinematográfico. ¡Bah! Maldito mundo de mierda.

La mujer volvió a girarse hacia Ruth. Antes de seguir hablando le clavó con saña el vacío de las pupilas.

-Esto- sentenció. Mientras tanto dibujaba una uve con los dedos, apretando con las yemas la carne fatigada que caía de los ojos-. Esto será lo que descubras mañana cuando te mires al espejo, vete haciéndote a la idea. Y cuando eso ocurra, cuando te coloques frente al espejo y me encuentres, y te encuentres, después de tanto tiempo, ni siquiera tendrás memoria para darme la razón, ni memoria ni malditas ganas.

Ruth se quedó paralizada frente a los dos pozos negros e infinitos que a duras penas podían contener aquellas aguas verdes, embalsamadas y sucias, y cientos de imágenes cruzaron su mente a gran velocidad.

Las tardes que pasaba allí, en su lugar secreto. Luego los atardeceres que se dejaban observar en la playa, mezclándose con el rojo de la sangre que brotaba de sus labios heridos. Los cielos morados de las montañas, cuando se perdía después de una paliza, para jurarse no volver más.

Soles, soles y más soles, cayendo, una y otra vez, en cientos de lugares distintos. Y las cuartillas de dibujo pintadas con ceras, lápices o carboncillos, que se amontonaban en los cajones de su habitación y que, sin poder decir lo que ella pretendía que dijesen, lo que ella quería escuchar, daban un sentido al recuerdo, daban un sentido a su vida, al sinsentido, al dolor y a las curvas enfermizas que trazaban los sueños.

-No vas a ser nadie- rió sarcástica la mujer-. No vas a ser nadie, niña pintora. Ni ahora, ni mañana, ni después de muerta. Y cuanto antes lo sepas, antes dejarás de soñar tontamente aquí, como una maldita estúpida, creyendo que por tener una infancia de mierda el destino te va a deparar algo distinto de lo que ahora ves.

Ruth se incorporó despacio, sin dejar de mirar a la mujer, que seguía sentada, con esa sombra en el rostro que le resultaba tan familiar y que en aquellos momentos golpeaba cada trozo del pensamiento.

Sí, le recordaba a su madre. Ahora supo por qué.

-¡Nada!- gritó la mujer-. ¡Nada es lo que te espera! La misma repugnante soledad que sientes ahora pero sin un atisbo de ese romanticismo estúpido que confundes con vete a saber qué. ¡Nada! ¡Y más dolor si cabe!

Ruth anduvo hacia atrás, cuatro, cinco, seis pasos… Luego echó a correr.

Atrás se perdían, junto al viento, los alaridos rasposos.

Sabía que correría hasta caer exhausta, sabía que se perdería, a saber dónde, hasta terminar tan confundida, tan agotada, que no le quedase otro remedio que dejar de pensar. Y sabía que llegaría muy tarde a casa, sabía que se iba a llevar una buena paliza por llegar tan tarde y sin bicicleta, y sabía que la noche se iba a derrumbar sobre su cuerpo, cuando tapase el dolor con las sábanas, junto con todo el peso de su pequeño gran mundo destrozado. Pero le daba lo mismo. Ahora le daba lo mismo. Tenía que recuperar fuerzas, tenía que pasar aquella noche como fuese, porque mañana sería otro día, y a partir de mañana pondría todo su empeño en prepararse a conciencia.

Cuando llegase el ansiado momento, se miraría al espejo y no encontraría aguas verdes cansadas, sino dos lagos refulgentes, y no habría tormentos en su frente ni pupilas vacías, y sonreiría, pero no con una sonrisa amarga, y gritaría al recuerdo, a la mujer que la visitó, para decirle que no formaba parte del futuro, sino del pasado, y que sus palabras, en aquel atardecer, eran lo único que no significaba nada.

Detuvo la carrera para tomar un poco de aire y agarrarse las rodillas temblorosas. Luego miro hacia arriba, hacia el cielo que ya estaba oscuro, y pensó que no esperaría a mañana. Aquella noche, después de la paliza, se pondría a dibujar estrellas.

La niña mimada

Imagen

Fotografía: Sergio Rosales Medina

«Por aquel entonces la muerte sólo se llevaba a los viejos.

Había tanta tranquilidad que los jóvenes alcanzaban la sabiduría a una edad muy temprana, pues desde muy pequeños se iniciaban en el arte de descubrir el mundo, ajenos a cualquier tipo de temor.

Las madres dejaban que sus bebés gateasen por las calles, que se sumergiesen en los lagos y en los ríos, e incluso que danzasen dentro de las hogueras.

Cada vez que algún niño o algún joven era atropellado por una carretilla, o tropezaba y caía por un despeñadero, o se tiraba por una ventana para experimentar el roce de la piedra contra su cuerpo, simplemente se levantaba, guardaba algo de reposo y continuaba su vida como si nada.

Eso sí, en aquel entonces, cuando la muerte sólo se llevaba a los viejos, el dolor que padecían los vivos, que no significaba un aviso de enfermedad ni de peligro, sino una experiencia más que gozar con plenitud, llegaba a límites insufribles. Los ancianos decían que por eso y no por otra cosa existían jóvenes sabios.

Algunos, los más débiles, se perdían entre una marabunta de hombres y mujeres que deambulaban por las calles sumidos en su propio mundo. Escupían improperios, gritaban de madrugada, o giraban en círculos sin parar hasta que caían rendidos.

Algunos se lanzaban una y otra vez desde acantilados, barrancos y puentes, en vanos intentos de suicidio que se desvanecían en el mismo momento en que los huesos estallaban contra el suelo, dejando en el alma sólo una ración más de dolor.

La muerte, solitaria y aburrida, pasaba una vez al mes por las aldeas a recoger a los que se iban haciendo abuelos —éste era el requisito para acompañarla, haber visto crecer a dos generaciones— y como la elección se echaba a suertes y nadie podía padecer ningún tipo de enfermedad, ocurrían cosas realmente curiosas. Algunas familias de padres prematuros veían morir a hombres de cuarenta años, mientras que otras convivían con abuelos de ciento cuarenta. Había incluso quienes renunciaban a tener hijos sólo para vivir eternamente, y muchos de ellos terminaban formando parte de la masa de dementes que inundaba las calles.

Había quien afirmaba que la muerte sentía predilección por los progenitores de familia numerosa, pues seguía guardándole rencor al nacimiento, con el que convivió algunos años, mucho tiempo atrás, cuando aún el mundo no estaba construido.

Había quien aseguraba que, después de que la muerte y el nacimiento se separasen, cada uno le hacía la existencia imposible al otro. Así que la muerte, para vengarse, se ensañaba con quienes habían traído muchos niños al mundo y amañaba los resultados de sus rifas para que todas las semanas al menos un progenitor de las doce o trece grandes familias que poblaban cada comunidad cayese entre sus brazos.

Cuando no tocaba rifa, la muerte pasaba los días sentada en su trono de calaveras, meditando, encerrada en el castillo de osamentas que mandó levantar cuando se divorció del nacimiento.

Así de apacible seguiría viviendo hoy la muerte si no llega a interponerse en todo este asunto ese temible sentimiento que siempre echa por tierra cualquier proyecto de prosperidad: el amor.

Concretamente el amor que le profesaba Zoila, la madre biológica de nuestra protagonista, a su abuelo Marno.

Los padres de Zoila habían caído en la demencia cuando la pequeña apenas tenía cuatro años de edad, desde entonces sus abuelos se encargaron de cuidarla y enseñarle.

La muerte, por rifa, esta vez limpia como una patena, se llevó a Nara, la abuela de Zoila, dos años después de que los padres se entregasen a la locura, y desde entonces la niña, que ahora estaba a punto de cumplir los catorce años, dependía de su abuelo, al que amaba y veneraba por encima de todas las cosas.

Una noche de luna rabiosa e incandescente, la muerte irrumpió en la casa de Zoila y se puso a pasear frente a la mecedora del abuelo.

—Ven conmigo, viejo —susurró—, ha llegado tu hora.

Marno entreabrió los ojos y se incorporó muy lentamente.

—Mañana es el cumpleaños de mi nieta —arguyó—, no tiene a nadie más en el mundo y no quiero que lo celebre sola, ¿no puedes esperar un día más?

—¡Vamos a ver, viejo! —exclamó la muerte. Y antes de que siguiese hablando, Marno le hizo una señal para que bajase el volumen de la voz, pues Zoila se encontraba durmiendo—. Esto no es una democracia y ya ves lo que me importa que cumpla años tu nieta.

—Únicamente te estaba haciendo una sugerencia —repuso el anciano— pero si no queda otro remedio hoy mismo me voy contigo. Déjame quince minutos que piense un poco en mi vida… y en paz.

—Pensar… pensar… pensar, estos humanos… siempre lo tienen que dejar todo para el último momento.

Marno cruzó los brazos y suspiró. Luego puso una mano sobre la barbilla y se quedó mirando a la muerte, fijamente, con unos ojos serenos y azules como el primer océano que se formó en la tierra.

—¿Qué miras?— inquirió la dama de negro.

—Estaba pensando… —comenzó a decir el viejo acariciándose la barbilla—, ¿has visto los locos que abarrotan las calles? Ellos no cuidan de nadie y nadie les echará en falta, y la mayoría desea que te los lleves. Todos están tan acostumbrados al dolor, que ni se detienen a reposar las heridas que se infligen a sí mismos.

La muerte esbozó una sonrisa sarcástica.

—¿Tengo yo pinta de ser justa? Además, no he venido aquí a charlar contigo.

—Sólo te estaba dando una idea.

—Ideas… sugerencias… Si quisiese algo de eso habría puesto un buzón. ¡Venga! ¡Andando! ¡No hay más que hablar!

—Espera, ya te he dicho que necesito unos momentos para pensar en mi vida.

—¡Pues, hala! Calladito y a lo tuyo, y no me vengas con más chorradas, si no, te mando a pensar al infierno.

Zoila, alertada por las voces que venían del salón, abrió los ojos y se levantó de la cama.

Anduvo en siliencio por el pasillo. Se preguntaba con quién podría estar charlando su abuelo a las tres de la mañana.

Por fin, asomó la cabeza por la puerta del salón y descubrió a Marno cabizbajo, meditabundo, y a un ser desconocido que, vestido de negro y sosteniendo una guadaña con la mano izquierda, lo observaba en silencio.

—¿Qué ocurre aquí? —preguntó desde la puerta.

—¡Lo que faltaba! —exclamó la muerte.

El abuelo y la dama de negro se sentaron en el sillón. Explicaron a Zoila, con toda la paciencia que permitía el momento, que la vida era incertidumbre y que tarde o temprano, por una cuestión más física que metafísica, debía llegar a su fin, y que en aquel caso, después de un sorteo honesto, era su abuelo uno de los elegidos para abandonar el mundo.

Zoila lloró.

—No es justo —le reprochó a la muerte—, mi abuelo es lo único que me queda.

La muerte, cansada ya de los lamentos humanos, se tapó los oídos y se levantó del sillón.

—¡Arreglen ustedes sus miserias! —exclamó—. ¡Yo ya no puedo hacer más! ¡Madre mía! ¡Van a conseguir sacarme de quicio!

Zoila se arrastró hasta los pies de la casi impasible señora de la guadaña. Besó sus sandalias y tiró con ternura de su toga lúgubre.

—No te lleves a mi abuelo —suplicó—. Por favor, no te lo lleves. Si eres misericordiosa y lo dejas a mi lado, haré lo que quieras, te lo juro.

Era la primera vez que la muerte vivía una situación semejante. Nunca antes había tenido tantos problemas a la hora de arrastrar a un viejo a la tumba, y sobre todo, nunca antes había escudriñado, con tanta determinación, la inocencia y la avidez que se entremezclan en las pupilas de una niña. Nunca. Y aquella experiencia, fabulosa, casi mágica, la volvió eufórica.

—¡Dios Santo! ¡Es terrible! —exclamó—. ¿Cómo puedes pensar que quiero algo de ti? ¿Cómo osas imaginar que eres capaz que ofrecerme algo que yo no tenga?

—No tienes compañía —espetó Zoila con voz fría y pausada—. Y si me devuelves a mi abuelo yo podré dártela.

—¿Compañía? —inquirió la muerte rabiosa—. ¿Qué es eso?

—Es lo que sientes mientras me miras —dijo la muchacha—; es saberte importante porque alguien te admira, te necesita, te siente. Es saberte única, es morar por el mundo con la certeza de que hagas lo que hagas, seas lo que seas, mientras la otra persona exista, siempre tendrás un hueco imprescindible en el mundo.

La muerte, inexplicablemente y por primera y única vez, se quedó sin palabras.

—Está bien —dijo por fin—. ¿Qué pretendes con todo esto? Todo cuanto toco deja de existir, todos los que me acompañan se convierten en polvo, ¿quién me va a dar esa compañía de la que hablas, tú? No me hagas reír.

Zoila sonrió con timidez.

—Yo no. Mi hija, la niña que conciba en mi vientre será tu compañera.

—Estamos en las mismas, niña del demonio —repuso la muerte.

Zoila negó con la cabeza.

—Troya, la hechicera, hará que esa niña pueda acompañarte, la convertirá en inmortal a tus abrazos. Te lo juro.

—¿Quién es esa hechicera?

La muerte jamás había oído hablar de Troya.

Troya fue una joven ambiciosa que se negó a bailar sobre las cuerdas de la incertidumbre.

Hija de un hortelano y una costurera, un buen día hizo uso de las herramientas de sus padres para arrancar de su vientre todo aquello que pudiese engendrar vida. Después naufragó en la locura, como la mayoría de los hombres que amañaron sus destinos para ser inmortales, y vagó por los bosques a lo largo de cientos de años.

Nadie sabe qué ocurrió durante aquel tiempo y ningún cuerdo puede dar testimonio directo de ello, pero lo cierto es que se dice que Troya regresó de los bosques con un ojo vacío, toda la sabiduría del mundo de los locos, la capacidad de comunicar del de los cuerdos y un halcón negro sobre el hombro que jamás la abandonaría.

—La única manera de que esta niña sea tuya y viva por toda la eternidad es engañar al nacimiento —afirmó la hechicera.

Zoila y la muerte se miraron recelosas.

La hechicera rebuscó entre sus sucias estanterías y extrajo por fin un frasco de cristal de gran tamaño, otro frasco más pequeño y un paquete de yerbas.

Luego desplegó una camilla e invitó a Zoila a que se tumbase en ella.

—Ahora te sacaré el vientre y lo meteré en este frasco —sentenció.

Zoila lanzó sus ojos hacia la mirada fría y comatosa de la muerte, como si ésta no fuese tristeza y olvido, sino un lugar donde perderse para ignorar el ardor de la incertidumbre.

—No la mires a ella —adujo la hechicera—, mírame a mí. Si quieres que tu abuelo siga estando en este mundo tienes que acometer todas las instrucciones que yo te diga, ¿entendido?

Zoila asintió en silencio.

—Andarás sin estómago por el pueblo y buscarás un hombre sano, fuerte y honrado. Después de tres lunas lo amarás, como si deseases amarlo por encima de todas las cosas, y guardarás en este frasco pequeño los restos de sus ansias. Luego añade un puñado de yerbas. Tráelo todo aquí cuando termines.

Zoila volvió a asentir en silencio.

Miró a la muerte, como esperando una aprobación o algún tipo de consuelo.

—A mí no me mires así —contestó la muerte—. Yo estaré vigilando a tu abuelo de cerca, no vaya a ser que al final tenga que llevármelo.

Los días siguientes, mientras la muerte caminaba pegada a las espaldas del viejo, Zoila recorrió sin descanso y sin estómago las calles del pueblo que la vio crecer y venderse después, con catorce años de edad, a la muerte, a cambio de un trozo más de vida.

¡Busco un hombre honrado, sano y fuerte que me quiera! —gritaba—. ¡Es lo único que deseo en esta vida!

Los aldeanos, desconcertados, la observaban como si estuviesen estudiando a una loca. “Una loca más” —pensaban—, “pero está deseando sobrevivir a dos generaciones para poder descansar en paz”.

Un buen día como cualquier otro, de esos tantos que prometen ninguna novedad a cambio de un ventajoso cielo despejado, apareció sin previo aviso su hombre; relativamente honrado, sano y fuerte y con cierto amor que ofrecer.

—Si me prometes un plato de comida diario y cuidados para mi pequeña hermana huérfana, yo seré quien quieras que sea —sentenció el joven de piel aceituna y ojos silvestres.

Zoila dejó escapar las palabras entre un revuelo de lágrimas calladas y emociones ya corrompidas.

—Te daré lo que pidas —contestó—. Tú sólo hazme madre.

Matusán, quien se convertiría en esposo de Zoila y  padre de nuestra protagonista, era un muchacho apuesto y diestro en el arte de ganarse la vida. Se había quedado huérfano por asuntos de la locura y desde los doce años tuvo que cargar con su hermana pequeña, Felisa, una niña consentida de dorados cabellos rizados y mirada arrogante.

Tan pronto Zoila y su pretendiente zanjaron el trato, la pareja y la hermana huérfana fueron a vivir a la casa de Marno.

La misma noche en que los cuatro constituyeron la nueva familia, la muerte dio fe de su irrevocable presencia.

—Ya me estoy cansando de tanta ceremonia —adujo la Dama con tono amenazante—. Si no me dais una niña en nueve meses, la vida de Marno pasará a formar parte de la historia.

A los jóvenes no les quedó otro remedio que pasar toda la noche con los cuerpos entrelazados. Así se mantuvieron durante tres lunas seguidas.

Tan pronto se escondió entre los destellos de la mañana la tercera luna, Zoila se presentó en la puerta de Troya, la hechicera, calentando entre las manos un pequeño frasco de cristal, en donde brillaban la pasión y el desaliento a partes iguales.

—Aquí tienes lo prometido —dijo—. Los restos del amor aderezados con un puñado de yerbas.

La hechicera, satisfecha, esbozó una esmerada sonrisa.

Nueve meses después, Zoila, Marno, Matusán, la muerte y la misma Troya, se juntaron alrededor de un frasco de cristal. Allí flotaba toda la incertidumbre y la ternura que pueden emerger de los ojos cerrados de un bebé no nacido.

—El nacimiento no va a asistir este parto —canturreó la hechicera a la luz de unas velas largas de cera carmesí—. Saca tú, muerte, a esta criatura de su encierro y mécela entre tus brazos.

Zoila, acongojada, quiso contemplar la primera mirada de su niña, el fruto de su amor y su osadía.

Se entremezclaron en un mejunje que ardía en la garganta, la devoción que sentía por su abuelo y el primer impulso de posesión que había experimentado en su corta vida.

Allí mismo, frente al lecho mortuorio de la gran dama y los ojos negrísimos que se abrieron hacia la calavera, supo que todas las lágrimas las lloraría en vano.

—Mía, eres mía —susurró la muerte— y mía me acompañarás hasta el fin de los tiempos.

Durante varios meses, o ninguno, pues el tiempo y la muerte jamás acercaron cuentas, la dama de negro amamantó a su niña mimada de desesperanza y soledad, y paseó su cuerpo tierno por cada recoveco de aquel castillo de osamentas en el que peleaban cuerpo a cuerpo la sed del recuerdo y los vómitos del olvido.

Un buen día,  la muerte explicó a la niña el porqué de sus existencias.

—Todo lo que ha empezado ha de luchar por perdurar. Nosotras sentenciamos el destino de los acabados —afirmó la muerte con voz oscura y metálica—. Hoy me acompañarás y juntas nos llevaremos los vestigios de la derrota.

—¿Todos tienen que morir? —preguntó la pequeña, de cabellos duros y enredados y ojos infinitos.

—Todos no —contestó la muerte—. Sólo los viejos.

—¿Quiénes son los viejos? —volvió a preguntar la niña.

—Los que han sobrevivido a dos generaciones.

—¿Y por qué?

—¿Por qué, qué?

—¿Por qué esos son los viejos y no otros?

—Porque así se ha decidido.

—¿Quién lo ha decidido?

—La conciencia universal.

—¿Y qué es eso?

—Es lo que pone orden al mundo.

—¿Y por qué?

—Por que el mundo por sí mismo tiende al caos.

—¿Y qué es el caos?

—La ausencia de todo orden y toda lógica.

—¿Y eso es malo?

La muerte se acarició la huesuda barbilla y quedó sumergida en los ojos buscadores de su niña mimada.

—Tenemos que llevarnos a los viejos, eso es lo que tienes que saber —sentenció con tono implacable.

La niña se revolvió entre sus negros atuendos, cruzó los brazos y escondió el rostro.

—Pero ¿por qué?

La muerte alargó sus brazos.

—Acompáñame y lo verás —concluyó.

La niña negó con la cabeza, pero ya estaba todo decidido.

Lo que la gran dama ignoraba era que aquella iba a ser la peor jornada laboral de su existencia.

“¿Por qué éste y no aquél?, preguntaba la niña con insistencia. “Porque a éste le ha tocado y al otro no”, contestaba la muerte. “¿Y por qué no nos llevamos a los dos?”, reponía la pequeña. “Porque hay una rifa”, respondía la dama. “¿Y por qué hay una rifa?”. “Porque no nos los podemos llevar a todos”. “¿Por qué?”.

Al terminar su ronda, la muerte dejó a la niña en el castillo de osamentas y corrió a buscar paciencia en la primera taberna que encontró por el camino.

—¿No les decía yo que el hígado terminaría por darme problemas? —comentó un hombre que apenas se tenía en pie y que vislumbró dos muertes en vez de una.

—¡Calla, desgraciado!, tu hígado está tan bien como el del resto. He venido a pedir un trago, eso es todo.

—¿Y a qué debemos tu fatal presencia? —preguntó el tabernero.

La muerte puso los ojos en blanco y apretó los nudosos y fríos dedos contra las palmas.

—Tengo una niña que no hace más que preguntar y ya no sé qué decir para que calle y me está volviendo loca y… ¡Madre santa! ¡No aguanto más!

—Eso es que está en la etapa del “por qué” —explicó el tabernero—, ya se le pasará.

—¿Cuándo se le pasará? —inquirió la dama con voz temblorosa.

—¿Qué sé yo? A los cinco años, seis, no sé…, depende del crío.

La muerte, que jamás supo qué entresijos se traía entre manos el tiempo, intentó contar con los dedos. Entonces le sobrevino el primer sentimiento que tuvo y el único que podría albergar hasta el fin de los días: la angustia.

—¡Ponme otra copa! ¡Rápido!

—No te asustes, mujer —adujo el tabernero mientras limpiaba un vaso—. El tiempo pasa más rápido de lo que crees.

Pero al girarse, sólo encontró un asiento vacío frente a una copa sin acabar.

Aquella noche la muerte decidió que no respondería a más preguntas y que atajaría todas las dudas de su criatura, su eterna acompañante, su niña mimada, de la única manera que ella conocía y jamás conocerá: el súbito final de toda existencia.

“¿Por qué éste y no aquél?”. Y la muerte eliminó a ambos.

“¿Por qué son viejos sólo los que sobreviven a dos generaciones?”. Y la muerte empezó a llevarse por delante a todo aquel que hubiese visto nacer a un sólo vástago.

“¿Por qué estos no son viejos?”, preguntaba la niña señalando a la turba de locos. “Si han nacido, han crecido, han pensado y han enloquecido… ¿por qué no son viejos?”.

La muerte, desesperada, ordenó una cena en el castillo de osamentas. Allí se reunirían ella misma, la niña de los demonios y la conciencia universal.

—Tengo entendido que últimamente trabajas más de lo habitual —empezó la conciencia universal—. ¿Quién te ha dado permiso para ello?

—Ahora somos dos en lugar de una —respondió la muerte señalando a la niña.

La conciencia universal no pudo evitar sumergirse en los ojos infinitos, crueles e inocentes de la niña mimada de la muerte.

—Es un encanto —espetó—, pero eso no soluciona el problema.

—Ella no entiende el concepto de vejez —explicó la muerte. De nuevo señaló a la niña, ahora rozando su suave y huesudo mentón con los dedos.

—¿Qué no entiendes, pequeña? —inquirió con dulzura la conciencia universal.

—No entiendo que sean viejos sólo los que han sobrevivido a dos generaciones.

—Bueno —repuso la conciencia universal, sin cambiar el tono de su voz—, ahora os lleváis también a los que sólo han sobrevivido a una.

—Tampoco entiendo que sean viejos ellos y no los otros.

—¿Quiénes son los otros?

—Los que jamás han tenido hijos.

La conciencia universal irguió el busto y frunció el ceño. La niña, por su parte, carraspeó, levantó la cabeza y el volumen de sus palabras y continuó el discurso.

—Ellos han nacido, han visto mundo, han pensado, ¿por qué no son viejos? ¿Es viejo quien ha vivido lo que otros creen suficiente o lo es quien piensa haberlo visto y sentido todo? ¿Es viejo el sabio o el que ya no quiere aprender más? ¿Es viejo quien acumula arrugas y huesos que chirrían? ¿Acaso no lo son también los que ya no se ven el alma por cuantos surcos la cruzan? ¿Quién es viejo y quién no? ¿Puedes decírmelo tú? ¿Eres lo bastante vieja como para decirme quién lo es y quién no?

—¡Basta! ¡Maldita sea! ¿Es que quieres volverme loca? —exclamó la conciencia universal. Acto seguido se levantó de la mesa y se giró hacia la muerte, colocando entre las dos cuencas vacías su trémulo dedo acusador.

—¿De dónde diablos has sacado a esta criatura?

—Es mi compañera, mi compañera eterna —contestó la muerte.

—Pues si es así, te harás tú cargo de sus caprichos. Para siempre. ¿No quiere que no os llevéis sólo a los viejos? Pues desde ahora tendréis trabajo para hartaros, y te puedo asegurar que cuando terminéis cada ronda a ninguna de las dos le va a dar por filosofar ni por tocarme más las narices. ¿Una vez al mes? ¿Qué es eso? Desde ahora trabajaréis todos los días, ¡todos! A ver si le quedan ganas a esta enana de hacer preguntas absurdas. Y nada de rifas, desde ahora quien se risque se fastidia, e ídem para los atropellados y los que pasen demasiado tiempo dentro del agua o del fuego. ¡Ah! y voy a crear enfermedades hasta que me canse y vosotras iréis como perros detrás de ellas. ¿No queríais democracia y muerte para todos? ¡Pues, hala! Y esto no ha acabado, como volváis a requerir mi presencia para alguna bobada semejante, veréis lo que es bueno.

A la niña le brillaron los ojos y una sonrisa de sedienta euforia brotó de sus finos y resecos labios. La muerte, con un gesto melancólico, se detuvo un momento a contemplar el rostro feliz de su niña mimada. Se preguntó si todo aquel enredo valía la pena sólo por complacer a su eterna compañera, a su niña. Un suspiro de madre enamorada, y en el fondo orgullosa, fue todo lo que obtuvo por respuesta.

A partir de entonces el castillo de osamentas empezó a llenarse de polvo. Por cada uno de sus rincones se acumularon los silencios y las ausencias. El suntuoso trono de calaveras se vació por completo de palabras pensadas. Ya nadie meditaría sobre sus huesos milenarios, nunca jamás.

Los humanos, incapaces de asumir de un golpe las nuevas circunstancias, empezaron a adoptar comportamientos de lo más extraños. Muchos de los locos suicidas, al ver a la muerte rondando sus espaldas, se volvieron cuerdos repentinamente y dejaron de tirarse de barrancos y acantilados, de girar y girar hasta caer rendidos y de gritar por las calles de madrugada.

Algunos de ellos, reacios a abandonar la idea del suicidio, pero incapaces de practicarla en sus propias carnes, quisieron probar la experiencia de matar al prójimo, lo que dio lugar a dos clases de nuevos cuerdos: los que se recluían en sus casas o se suicidaban después del crimen y los que se agrupaban en manadas para continuar matando. Estos últimos, en un primer lugar llamados “vándalos”, empezaron asesinando y torturando sin ninguna justificación, sólo por el hecho de experimentar el placer de saberse dioses de otras vidas. Sin embargo, por aquello de la ética, terminaron estableciendo un listado de criterios escritos que sentenciaban quién debía morir y quién no, y pasaron a autodenominarse “comités”.

Los nuevos cuerdos que no quisieron inmiscuirse en los asuntos de la muerte, sino más bien evitarla de todas las maneras posibles, regresaron con sus familias, como si no se acordasen de haberlas abandonado en una vida anterior.

Zoila volvió a tener padres de la noche a la mañana y Marno volvió a tener hijos. Matusán y la hermana huérfana también se reencontraron con sus familiares locos, cosa que no gustó nada a la pequeña de rizos dorados y mirada arrogante, pues ya se había acostumbrado a tiranizar a su otra familia.

Se decidió que los recién llegados del mundo de los locos debían adaptarse al modo de vida que habían dispuesto los que siempre fueron cuerdos. Así que Zoila y Matusán, con ayuda de Marno y Felisa, ampliaron la casa para que allí cupieran los padres de ambos. Esta operación finalmente no resultó nada provechosa, pues apenas un mes más tarde murieron todos a causa de una epidemia de gripe.

La muerte y su niña, una convertida en burócrata, casi satisfecha de que su existencia se limitase a adorar a su eterna acompañante, sin tener que actuar de mediadora en los asuntos de los vivos, la otra, sedienta de destrucción, recogieron los cuerpos sin mirar sus rostros ni tener la más mínima intención de recordar sus nombres. Y lo mismo ocurrió semanas después con la hechicera. Eso sí, el fenecimiento de Troya no fue fruto de la gripe, sino de un comité que salió a buscarla al grito de “Bruja”.

Por su lado la suerte, que acostumbraba a andar ociosa por los países exóticos del mundo, fue llamada al trabajo por la conciencia universal. Y como jamás supo qué era aquello de la responsabilidad y la disciplina, empezaron a ocurrir cosas extrañas: algunos hombres caían de un acantilado accidentalmente y quedaban enganchados en una rama, después regresaban a sus casas y se salvaban de una epidemia de sarampión y más tarde se veían envueltos en una trifulca y salían completamente ilesos. Mientras que otros iban un momento a comprar el pan, resbalaban, se daban en la cabeza y morían en el acto.

Eso sí, como la suerte, y no la muerte, se convirtió en uno de los motores más eficaces y a la vez incomprensibles de la vida, los humanos comenzaron a inventarse rezos extraños para invocarla, amuletos mágicos y danzas rituales que hacían las veces de secuencias cómicas para la sempiterna mirada de la conciencia universal, que de tanto reír rejuveneció varios milenios.

La suerte al principio no comprendía lo que sucedía en torno a sus decisiones, pero pronto entró en razón y no tardó en alegrarse por su nueva condición de diosa, así como tampoco tardó en recompensar a los que más devoción le mostraban.

Con la nueva situación de los humanos, todos los servidores del universo parecían estar más ocupados y satisfechos que nunca, salvo la lógica, que desde tiempos ancestrales había sido la mano derecha de la conciencia universal y ahora estaba relegada a un segundo plano.

Sin más que hacer que contemplar cómo el caos no necesitaba de su orden para prosperar, la lógica pasaba los días en un club de carretera, inflando su extenuado ego con licores de alta graduación.

Y allí fue, en un club de carretera, donde se encontró por casualidad con el nacimiento.

—Eso no es sano —dijo el nacimiento mientras echaba un vistazo a la copa vacía.

—¡Déjame en paz!

—¿Sabes que ahora los hombres pueden morir por excederse con eso que bebes? Con tanto cambio no me extrañaría que pronto también nos sucediese a nosotros.

—¡Qué va! ¡No sabes lo que dices! Todo esto no es cosa de la conciencia universal. En realidad, la verdadera responsable es tu queridísima ex mujer. Así que para los que no estemos sujetos a la bendita muerte, ¡a beber que son dos eternidades!

—Ya sabes el aprecio que le tengo a mi querida ex compañera, ¿pero qué diablos tiene que ver ella en todo esto?

—¿No lo sabías?

—¿Saber qué?

—Lo de la niña.

El nacimiento abrió la boca enorme con forma de vagina que tenía colocada bajo los ojos, cruzó los brazos y arqueó las cejas, en un gesto que cabalgaba entre la indignación y la sorpresa.

Algunas horas más tarde, después de que la lógica le relatase todo lo que tendría que haber sabido hace mucho tiempo pero que nadie se atrevió a contarle, el nacimiento tocaba con rabia los portones del castillo de osamentas.

—¿Quién anda ahí? —inquirió la muerte—. No tengo tiempo para chácharas, ahora mismo debo salir a trabajar.

—La putrefacción puede esperar, querida —escupió el nacimiento entre dientes—. Ahora usted y yo debemos charlar sobre un asunto muy serio.

En el salón del castillo de osamentas, mientras la niña los observaba en silencio, la muerte y su ex marido se ensalzaron en una de las tantas discusiones que demostraban que alguna vez fueron pareja.

—Pero cómo pudo ocurrírsete esconderme el nacimiento de una niña ¡Esa niña es mía! ¡Si no crece y es inmortal es mía!

—¡Crece en conocimientos, así que técnicamente hablando sí crece! Y ya que tocamos conceptos técnicos, ¡no nació! ¡La saqué de un frasco de cristal!

—¿Me vas a decir que no tiene padres humanos?

—No exactamente.

—Tiene padres humanos, o animales o lo que sea, si no, no sería una niña, ¡y todo ser vivo que sea engendrado por otro ha de pasar por mi supervisión!

—Tu supervisión…, tu supervisión… ¡Tú me la habrías quitado!

—¡Pues si te la hubiese quitado es precisamente porque no puedes tenerla! ¡Maldita sea! ¡Mira el caos que habéis montado!

—El caos se está rigiendo por sí mismo y todos estamos más ocupados que nunca y más felices, y lo sabes. Incluso tú. ¿No ves que ahora los mortales no temen tener descendencia?

La niña se incorporó con cautela de su sillita de huesos y caminó hasta la pareja.

—Papá, mamá, tengo hambre de muerte —dijo con una voz muy melosa mientras tiraba de la toga blanca del nacimiento.

El nacimiento abrió mucho los ojos. Sintió cómo su boca en forma de vagina se le derretía por la cara.

—Me ha llamado papá —susurró—. ¿Has oído? Me ha llamado papá.

—Sí, últimamente no rige mucho —contestó la muerte—, es el estrés.

Pero ya nadie estaba escuchando sus palabras.

El nacimiento se había perdido en los ojos infinitos de la pequeña. De su rostro sereno emergió una sonrisa, parecida a la de un adolescente después de dar su primer beso.

—Es un encanto —musitó—. Yo también quiero tenerla de vez en cuando.

—¿Compartir su custodia? —inquirió la muerte—. ¡Ni hablar! Además, ¿no te das cuenta? Matará todo lo que toque. A ti no te hará más que daño.

Nadie sabe en qué terminó la discusión ni cómo se las arregló la pareja en lo sucesivo. Pero lo cierto es que desde entonces empezaron a morir niños apenas cumplidas sus primeras horas de vida, niños al nacer, y niños en el vientre de sus madres.

Algunos dicen que fue cosa de la conciencia universal para terminar de ordenar el caos al que mal llamamos mundo, pero yo estoy convencida de que tras la muerte de cada bebé está la sonrisa cruel de la niña mimada.

En fin, sea lo que sea, el mensaje está claro, ¿no?».

La abuela cerró el libro, abrió mucho los ojos y acercó su rostro blanco y ajado a los labios de su nieta.

Luego sonrió y dijo: “Así que deja ya de darme la lata a la hora de dormir con que si me voy a morir o no me voy a morir. A estas alturas del cuento ya debes saber que todos tenemos las mismas posibilidades de irnos al carajo”.

La nieta subió las sábanas hasta dejar sólo al descubierto su encharcada y dilatada mirada.

—Qué quieres que te diga —continuó la abuela—, deberías preocuparte más por ese hermanito que pediste las navidades pasadas. Últimamente, cuando me desvelo de madrugada, veo a una sombra de tu altura, algo más pequeña quizá, con una toga negra que arrastra por los pasillos, quedarse de pie frente a la habitación de tus padres”.

La nieta lloró una lágrima silenciosa. Apretó las sábanas entre los dedos, al tiempo que sentía cómo una corriente helada iba paralizando todo su cuerpecito.

—Pero basta ya —concluyó la abuela—. A dormir, que se está haciendo tarde.

Dicho esto se levantó de la cama, apagó la luz y cerró la puerta.

Judith Bosch 2009 (publicado en aperitivos tóxicos y otros relatos).